Anécdotas de la ciencia (física)



Pese a que han transcurrido ya cincuenta años, recuerdo todavía las clases de mi profesor de química en COU, el cual nos la enseñaba -y sabía mucha- desde un enfoque histórico y, si se me apura, anecdótico, lo que me permitió aprenderla de una manera amena e influyó de manera decisiva en mi elección posterior de estudiar esta disciplina en la universidad. Aquí intento recoger su testigo, dedicando este artículo a lo que he denominado anécdotas científicas aunque muchas de ellas si no todas de anecdóticas tienen poco. Lo que sí pretendo es contar episodios interesantes o curiosos de forma que estén al alcance de todos y les diviertan, o cuanto menos llamen su atención lo suficiente como para llegar hasta el final.

Dada su naturaleza rehúyo las explicaciones prolijas o aptas tan sólo para entendidos, así como de citas bibliográficas o reseñas que considero innecesarias dado que mi principal fuente de información ha sido internet y quien quiera profundizar en alguno de estos temas no tiene más que introducir su nombre en el buscador para encontrar toda la información que desee. Huelga decir que éste no es un trabajo de investigación ni pretende serlo y ni tan siquiera es original, ya que me he limitado a buscar y a extractar las historias que me interesaban, muchas de ellas oídas por vez primera a mi profesor.

Aunque en principio lo estructuré como un artículo único, su crecimiento recomendó dividirlo en varios siguiendo criterios temáticos aunque no estrictos, cuatro por el momento dedicados a la astronomía, las matemáticas, la química y éste a la física. Esta clasificación no es definitiva, y podrá variar en un futuro dependiendo de las circunstancias.




El Premio Nobel de Albert Einstein




Albert Einstein


No existe la menor duda de que la principal aportación de Albert Einstein al acervo científico fue la Teoría de la Relatividad o mejor dicho las teorías, puesto que en realidad fueron dos: la Teoría de la Relatividad Especial, publicada en 1905, y la Teoría de la Relatividad General, que lo fue en 1915.

Asimismo recibió el Premio Nobel de Física en 1921, cuando ya era un renombrado científico. Si preguntamos a alguien por qué se lo concedieron, lo más probable es que responda que por la Teoría de la Relatividad, con lo cual se equivocará ya que en realidad lo fue por otro de sus descubrimientos, el efecto fotoeléctrico, que describió en 1905.

Aunque el efecto fotoeléctrico tiene unas aplicaciones prácticas de lo más cotidiano -por ejemplo en las puertas automáticas de los ascensores o de muchos establecimientos- mientras la Relatividad permanece en el plano de la física teórica, lo cierto es que no hace falta ser muy ducho en la materia para concluir que se trató de un premio de consolación, ya que esta última resultó ser uno de los pilares de la física moderna.

Así pues, la pregunta que surge de inmediato es: ¿por qué razón no se le concedió el Nobel por la Teoría de la Relatividad, sin discusión su obra cumbre y la razón por la que ha pasado a la historia de la ciencia? Al parecer, el veto a la Relatividad se debió a celos profesionales o bien por inquina personal, tanto da, por parte de los miembros del Comité Nobel o, más probablemente, de los seleccionadores encargados de nominar a los candidatos, pesando también prejuicios por el hecho de que Einstein era judío, de ideas socialistas y pacifista en una época en la que empezaban a estar en auge las ideologías opuestas.

De hecho, Einstein contó con dos enconados rivales que hicieron cuanto les fue posible por desacreditar sus descubrimientos: Philipp Lenard, un físico húngaro nacionalizado alemán que ganó el Nobel de Física en 1905 por sus investigaciones sobre los rayos catódicos, y Johannes Stark, físico alemán galardonado con este mismo premio en 1919 por el descubrimiento del efecto que lleva su nombre dentro de la espectroscopía.

Ambos, científicos renombrados, se convertirían años después en fervientes partidarios del nazismo, defendiendo una presunta ciencia aria en la que las teorías de Einstein estaban excluidas por su condición de judío. Aunque la polémica del Nobel que finalmente se le entregó a regañadientes fue anterior al surgimiento del nazismo, desde mucho antes tanto Lenard como Stark eran fervientes antisemitas, lo que probablemente influyó en el ostracismo al que éste y su teoría fueron sometidos.

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Radares y chocolatinas




Horno de microondas


Serendipia es un término inglés, sorprendentemente aceptado por la RAE, que según la definición de su Diccionario, significa “hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual”. A mí me parece, discrepando con los ilustres académicos, que se trata de uno de tantos barbarismos innecesarios ya que disponemos de la tradicional expresión de chiripa, que viene a significar lo mismo y además es igual de larga -cuatro sílabas contando la preposición- que su hispanización, mientras en su idioma original serendipity tiene todavía una más; lo cual desmiente la presunta justificación de que los términos ingleses desplazan a los españoles por ser más cortos y sintéticos.

Pero, mucho me temo, la batalla frente a la papanatería está por desgracia perdida, así que será mejor dejarse de disquisiciones lingüísticas e ir al grano: los descubrimientos casuales que acaban en resultados útiles no buscados ni esperados. Y, aunque la lista es larga, ahora voy a abordar el caso de uno de los electrodomésticos más comunes, el horno de microondas.

Todo empezó cuando durante la II Guerra Mundial se desarrolló el radar -a diferencia del anterior este neologismo anglosajón sí es aceptable, puesto que no existía un término español equivalente- como sistema de detección de los barcos y los aviones enemigos. Aunque ya se conocían con anterioridad los principios básicos de su funcionamiento, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones fue necesario un conflicto bélico para acelerar su perfeccionamiento. Y aunque ambos bandos conocían su potencialidad, serían los aliados quienes se adelantaron llevándose el gato al agua.

Tras la finalización de la guerra el radar siguió utilizándose con fines militares, pero también se le encontró un uso civil para la navegación aérea y marítima, sin el cual éstas no habrían alcanzado la importancia que tienen ahora.

Como es sabido, el radar consiste en un emisor de ondas de radio, en el rango de las microondas, asociado a un receptor, la característica antena parabólica. El emisor, llamado técnicamente magnetrón, emite un haz de microondas que al tropezar con un objeto es reflejado rebotando hacia el receptor, que lo señala en una pantalla.

Hasta aquí, me dirán, nada de esto tiene que ver con los hornos de microondas; pero es ahora cuando entra en juego la chiripa. Cuenta la historia que en 1945 Percy Spencer, un ingeniero norteamericano, estaba trabajando con un radar cuando descubrió que una chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido. Tras varios ensayos descubrió que la emisión de microondas en esas frecuencias calentaba los alimentos, con lo cual el horno de microondas quedó inventado.

La razón de que ocurra este fenómeno se debe a que las microondas provocan la vibración de las moléculas de agua, lo que causa su calentamiento. Puesto que la materia orgánica contiene mucha agua, este calentamiento se extiende al conjunto de los alimentos como podemos comprobar cotidianamente en nuestro propio hogar, dándose la circunstancia de que, a diferencia de las cocinas convencionales de gas o eléctricas, el calentamiento no es externo, sino interno.

Percy Spencer quizás corrió el riesgo -no conozco las condiciones exactas del experimento- de que al calentamiento de la chocolatina le acompañara el de su propio cuerpo. En cualquier caso, si se fijan en el cristal de la puerta verán que cuenta con un enrejado metálico -una plancha con agujeritos- cuya misión es ejercer de filtro para evitar que las microondas generadas por el magnetrón puedan salir del horno provocando potenciales accidentes, por lo cual son absurdas esas manías -conozco algún caso- de no querer utilizarlo porque podría provocar cáncer... cuando lo que provocaría en todo caso serían quemaduras internas. Pero no hay peligro, y por esta misma razón sólo se puede encender con la puerta cerrada para evitar que un despistado se pudiera dejar la mano dentro.

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Los rayos que no eran




René Blondlot


En 1903, ocho años después de que Wilhelm Röntgen descubriera los rayos X, el físico francés René Blondlot anunció el descubrimiento de otro tipo de radiación que bautizó con el nombre de rayos N en reconocimiento a la universidad en la que trabajaba, la de la ciudad francesa de Nancy. Los rayos N eran una misteriosa radiación -tan misteriosa como los rayos X entonces- que pronto llamó la atención de los investigadores, dado que aparentemente estaban en todos los sitios; aunque Blondlot los generaba calentando hasta la incandescencia en un alambre de platino encerrado en un tubo de hierro cerrado por una lámina de aluminio que oficiaba de ventana, se comunicó el descubrimiento de emisiones de rayos N en el Sol, en varios minerales, en el agua marina e incluso en los músculos, los nervios y hasta en el cerebro.

Los omnipresentes rayos N presentaban una serie de peculiaridades llamativas: excitaban una llama de gas o una pantalla de sulfuro de calcio, atravesaban los metales y prácticamente cualquier sustancia opaca, aumentaban la agudeza visual, potenciaban la acción de los fármacos, interaccionaban con los anestésicos...

Tan bonita resultaba la historia que proliferaron los artículos que avalaban su descubrimiento. 120 científicos algunos tan prestigiosos como Henri Becquerel, descubridor de la radiactividad, Henri Poincaré y Arsène d'Arsonval lo apoyaron sin fisuras, e incluso surgieron varios pretendientes que reclamaron la prioridad del descubrimiento. Tal fue el delirio, que en 1904 la Academia de Ciencias Francesa otorgó su prestigioso premio Lecont a Blondlot dejando fuera nada menos que al mismísimo Pierre Curie.

Pero la realidad se mostró cruel. Pronto comenzaron a ser muchos, tanto en Francia como sobre todo en otros países, los que manifestaron su escepticismo acerca de la naturaleza de los rayos N, principalmente porque no lograban repetir los resultados de Blondlot, algo fundamental en la investigación científica. Quien finalmente demostró que los rayos N no existían fue el físico norteamericano Robert Williams Wood, experto en varios campos y principalmente en el estudio de la radiación ultravioleta. Wood no acusó a Blondlot de farsante, defendiendo su buena fe pero acusándole de falta de rigor experimental y de haberse autoengañado con su presunto descubrimiento, siendo su ayudante quien cargó con las sospechas de haber actuado de manera fraudulenta. En cualquier caso Blondlot quedó desacreditado como científico y murió olvidado en 1930.

Aunque desde el punto de vista científico no hay mucho más que decir, existe un factor externo que conviene considerar. Tras la humillante derrota francesa de 1870 en la guerra franco-prusiana, Francia y Alemania mantuvieron una rivalidad total que acabó derivando en la I Guerra Mundial dentro del marco de los exacerbados nacionalismos que surgieron, no sólo en estos dos países, en esa época. El resentimiento francés no se limitó al ámbito político y militar, abarcando otros como el cultural -basta con leer la novela de Julio Verne Los quinientos millones de la Begún- o el científico, donde el sonado descubrimiento de los rayos X por el alemán Röntgen habría encontrado su contrapartida en los ficticios rayos N, para satisfacción del orgullo francés, incluyendo con toda probabilidad al propio Blondlot. Porque, como es de sobra sabido, los nacionalismos ciegan.

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Edison, cara y cruz




Thomas Alva Edison


Thomas Alva Edison (1847-1931) es uno de los iconos de la ciencia y la ingeniería norteamericanas, así como símbolo del modelo de norteamericano hecho a sí mismo a partir de la nada. De hecho careció no sólo de estudios universitarios sino de una formación docente normal, siendo su talento el que le llevó a convertirse en uno de los inventores más famosos no sólo de su país, sino de todo el mundo.

Las cifras dan buena muestra de su valía: registró a su nombre más de mil patentes, y se le reconoce como el inventor, o cuanto menos el desarrollador, de tecnologías tales como las redes de luz eléctrica, la lámpara incandescente, el fonógrafo, las baterías eléctricas o el kinetoscopio -un antecedente del cine-, entre los más conocidos.

Asimismo Edison fue un empresario de éxito convirtiéndose en millonario, otro de los mitos norteamericanos que identifica talento con triunfo económico, lo cual dicho sea de paso resulta discutible; aunque en este caso sí se cumplió.

Sin embargo la imagen mitificada de Edison, reflejada en dos famosas películas rodadas en 1940 -El joven Edison y Edison, el hombre-, y sus innegables méritos, no pueden ocultar la cruz del prolífico inventor y exitoso empresario, mucho menos luminosa que su biografía oficial. Porque Edison fue también un empresario rapaz y sin escrúpulos que no dudaba en apropiarse de inventos ajenos o en recurrir a métodos discutibles para imponerse ante sus rivales.

Aparte de que también cometió errores, algunos de bulto como su conocido empecinamiento en utilizar corriente continua en las incipientes redes de distribución de luz eléctrica, pese a las evidencias -y la demostración de Nikola Tesla- de las ventajas de hacerlo con corriente alterna. Lo que no evitó que se enzarzara en una guerra comercial con la compañía Westinghouse Electric, partidaria de la corriente alterna y en la que recaló Tesla tras su brusca salida de la compañía de Edison.

Ya que he citado a Tesla conviene recordar que este genial ingeniero checo llegó a estar contratado por Edison, pero acabó abandonando su empresa con cajas destempladas; no se sabe muy bien lo que ocurrió, pero se especula con que Edison o sus gerentes maltrataron a Tesla, e incluso se insinúa que Edison pudiera haberse aprovechado de sus descubrimientos en beneficio propio.

Edison no tenía escrúpulos a la hora de sacar rendimiento económico a sus inventos, muchos de los cuales no eran en realidad suyos sino modificaciones o ensayos sobre otros ya existentes, pero que patentaba a su nombre. Éste fue el caso de la lámpara incandescente, que no inventó pero sí perfeccionó mediante una mejora del material del filamento.

Caso aparte es la invención en 1895 del cinematógrafo por los hermanos Lumière. Edison había creado un año antes el kinetoscopio, al que se puede considerar como un precursor del cine, y a partir de éste desarrolló el vitascopio. No fueron éstos los únicos intentos de perfeccionar el nuevo invento, pero el problema surgió cuando Edison patentó a su nombre el cinematógrafo litigando primero con los Lumière, que vieron frenada su expansión en los Estados Unidos a causa de la imposición de leyes proteccionistas, y posteriormente por su pretensión de detentar el control de los derechos de explotación en los Estados Unidos.

No contento con querer cobrar por la exhibición de cualquier película, pretendió también hacerlo con la venta de cámaras, proyectores y hasta de la película virgen, pese a que ésta había sido inventada por George Eastman, el fundador de la conocida compañía Kodak, y él sólo introdujo la innovación de las perforaciones laterales para arrastrarla. Se trataba claramente de apropiaciones arbitrarias y abusivas, pero ante la perspectiva del dinero que podrían generar, y en esto no se equivocó, sobraban los escrúpulos y bastaban los abogados.

Quienes pagaron el pato de la codicia de Edison fueron los productores independientes que habían empezado a surgir en Nueva York, desarrollándose la disputa no sólo en el plano legal sino también con coacciones por parte de los detectives, o matones según se interprete, contratados por Edison. La solución fue drástica: los productores emigraron en masa a California, justo al otro extremo del país, asentándose en lo que entonces era un pequeño poblado llamado Hollywood. Un sitio ideal no sólo por su aislamiento y buen clima para los rodajes, sino también porque estaba suficientemente lejos de los abogados y los matones de Edison y lo suficientemente cerca de México como para poder poner tierra por medio en caso de necesidad. El resto es historia.

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El mejor escribano echa un borrón




Y sin embargo, vuelan. Fotografía tomada de www.iberia.com


Una de las virtudes del método científico es su capacidad de rectificar cuando una teoría resulta errónea, lejos del dogmatismo de otras escuelas de pensamiento. Pese a ello los cambios no siempre se producen con la conveniente rapidez y, ya a título individual, existen en la historia de la ciencia casos de meteduras de pata garrafales por parte de científicos justamente renombrados.

Uno de los más llamativos es el de William Thomson, más conocido como lord Kelvin, uno de los más importantes científicos de finales del siglo XIX. Son de sobra conocidas sus aportaciones en diversos campos de la ciencia como la termodinámica -fue él quien definió el cero absoluto de temperatura proponiendo una escala de temperaturas conocida con su nombre-, la electricidad o la ingeniería, colaborando en la instalación del primer cable telegráfico trasatlántico.

Justamente respetado y considerado en su época acumuló nombramientos y homenajes, lo que no impidió que cometiera errores tan garrafales como cuando en 1895 declaró tajantemente que era imposible que los aviones pudieran volar y en 1902 predijo que ningún globo ni avión tendrían éxito. Y no fue el único; el prestigioso astrónomo y matemático Simon Newcomb lo demostró matemáticamente en 1903 afirmando que “el vuelo en máquinas más pesadas que el aire es poco práctico e insignificante, si no imposible”, mientras George Wallace Melville, ingeniero jefe de la Armada de los Estados Unidos, también por esas fechas, describía a las máquinas voladoras como “totalmente injustificadas, por no decir absurdas”.

Apenas unos meses después, en diciembre 1903, dos fabricantes de bicicletas sin conocimientos científicos ni matemáticos, los hermanos Wright, realizaron el primer vuelo de la historia en su tosco aparato, y pocos años más tarde los aviones eran ya una realidad.

No fue ésta la única metedura de pata de Lord Kelvin; también se columpió afirmando en 1895 que los rayos X eran un engaño, aunque posteriormente se retractaría; en 1897 que la radio no tenía futuro y en 1898 que el oxígeno del planeta se agotaría en tan sólo cuatro siglos a causa de la quema de combustibles. Sin olvidar tampoco que en su juventud entró en contradicción con Darwin y los geólogos al postular que la edad de la Tierra oscilaba entre los 24 y los 100 millones de años.

Y es que, como dice el refrán, el mejor escribano echa un borrón... o varios.

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Velocidades de vértigo




The Rocket (el Cohete), locomotora construida por Robert Stephenson en 1829,
en el Museo de la Ciencia de Londres. Fotografía tomada de la Wikipedia


La invención del ferrocarril a principios del siglo XIX fue sin duda uno de los mayores avances tecnológicos de esta centuria, así como la extensión de la red ferroviaria por todos los continentes acarreó unos cambios sociales impensables hasta entonces, al tiempo que obligaba a acuerdos de índole mundial tales como la implantación del sistema de husos horarios en sustitución de los seculares horarios locales de cada población. En conjunto, se trató de unos cambios revolucionarios e irreversibles en la vida de muchos millones de personas, ya que por primera vez en la historia existía un medio de transporte rápido que en sus inicios alcanzaba unas velocidades medias de 30-40 kilómetros por hora; aunque ahora nos parezcan irrisorias, entonces era mucho más de lo que se podía alcanzar por medios tradicionales como los coches de caballos o las diligencias, y conforme se fue desarrollando la tecnología ferroviaria la diferencia fue haciéndose cada vez mayor.

Pese a las ventajas que acarreó el transporte ferroviario, tanto de pasajeros como de mercancías, éste se tuvo que enfrentar a críticas y protestas, en ocasiones razonables y en otras provocadas por intereses espurios de diversa índole: políticos, económicos, sociales, religiosos... que en determinadas ocasiones provocarían retrasos en el desarrollo de la red ferroviaria, desvíos de líneas e incluso supresión de su trazado. Éste es un tema extremadamente interesante, pero cae fuera del enfoque de esta sección.

Lo que sí voy a resaltar son algunas de las objeciones planteadas por los médicos de la época advirtiendo sobre los peligros que correrían los audaces pasajeros de los primeros trenes; y no, no era por riesgos presumibles tales como los accidentes y descarrilamientos o los atropellos, sino por cosas tan pintorescas como la presunción de que una velocidad mayor de 20 millas -unos 32 kilómetros- por hora provocaría la muerte por asfixia de los viajeros, algo que evidentemente no consta que ocurriera. También temían que las aceleraciones y las frenadas de los trenes causaran lesiones físicas, que la trepidación desatara enfermedades nerviosas, que el veloz paso del paisaje inflamara las retinas, que el polvo y el humo fomentaran las bronquitis, que el cambio excesivamente rápido -para la época- del clima de una ciudad al de otra afectara a las vías respiratorias, o que las embarazadas corrieran riesgo de abortar. Casi nada.

Si estos sesudos galenos resucitaran ahora y se les montara en un tren de alta velocidad, seguro que volverían despavoridos a sus tumbas.

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Ver también:
Anécdotas de la ciencia (astronomía)
Anécdotas de la ciencia (matemáticas)
Anécdotas de la ciencia (química)


Publicado el 12-12-2024
Actualizado el 1-1-2026