Anécdotas de la ciencia (astronomía)



Pese a que han transcurrido ya cincuenta años, recuerdo todavía las clases de mi profesor de química en COU, el cual nos la enseñaba -y sabía mucha- desde un enfoque histórico y, si se me apura, anecdótico, lo que me permitió aprenderla de una manera amena e influyó de manera decisiva en mi elección posterior de estudiar esta disciplina en la universidad. Aquí intento recoger su testigo, dedicando este artículo a lo que he denominado anécdotas científicas aunque muchas de ellas si no todas de anecdóticas tienen poco. Lo que sí pretendo es contar episodios interesantes o curiosos de forma que estén al alcance de todos y les diviertan, o cuanto menos llamen su atención lo suficiente como para llegar hasta el final.

Dada su naturaleza rehúyo las explicaciones prolijas o aptas tan sólo para entendidos, así como de citas bibliográficas o reseñas que considero innecesarias dado que mi principal fuente de información ha sido internet y quien quiera profundizar en alguno de estos temas no tiene más que introducir su nombre en el buscador para encontrar toda la información que desee. Huelga decir que éste no es un trabajo de investigación ni pretende serlo y ni tan siquiera es original, ya que me he limitado a buscar y a extractar las historias que me interesaban, muchas de ellas oídas por vez primera a mi profesor.

Aunque en principio lo estructuré como un artículo único, su crecimiento recomendó dividirlo en varios siguiendo criterios temáticos aunque no estrictos, cuatro por el momento dedicados a la física, las matemáticas, la química y éste a la astronomía. Esta clasificación no es definitiva, y podrá variar en un futuro dependiendo de las circunstancias.




El descubrimiento de Neptuno




Neptuno, fotografiado por la sonda Voyager 2


En el siglo XIX la astronomía experimentó un gran desarrollo apoyada en dos puntales: los telescopios cada vez más perfeccionados y potentes, y las matemáticas que desarrollando la teoría gravitatoria de Newton llegaron a un grado de sofisticación que permitía calcular las órbitas de los planetas, satélites y otros cuerpos menores del Sistema Solar con una precisión si precedentes.

Así pues, no es de extrañar que ya en 1821, cuatro décadas después del descubrimiento de Urano y cuando éste había recorrido aproximadamente la mitad de su órbita, los astrónomos descubrieron discrepancias entre sus cálculos y la trayectoria real del planeta. La suposición que manejaron fue la posible existencia de un planeta exterior a Urano cuya atracción gravitatoria alteraría la trayectoria de éste, por lo que procedieron a su búsqueda.

Sin embargo, desde un punto de vista estricto Neptuno no fue descubierto, sino calculado. O, más concretamente, lo fueron su órbita y el lugar de ella en el que se encontraría en un momento dado. Quien se encargó de hacerlo fue el matemático inglés John Couch Adams, que mandó sus resultados al astrónomo real George Airy, quien le solicitó más datos que Adams, según cuentan las crónicas, no le llegó a enviar.


John Couch Adams (izquierda) y Urbain Le Verrier (derecha)


Este retraso sería fundamental para que otro matemático, el francés Urbain Le Verrier, realizara sus propios cálculos de manera independiente, publicándolos el 31 de agosto de 1846 y adelantándose a Adams en dos días. El 18 de septiembre de ese mismo año Le Verrier envió sus resultados al astrónomo alemán -esto ocurrió 24 años antes de la derrota francesa de 1870- Johann Galle, el cual la misma noche del día en el que le llegó la carta, el 23 de septiembre, descubrió Neptuno a tan sólo un grado de distancia -aproximadamente el doble del diámetro de la luna llena- del punto calculado por Le Verrier, bastante más preciso que el determinado por Adams.

El triunfo del modelo matemático para calcular órbitas animó a los astrónomos a aplicarlo en otros casos en los que también se apreciaron anomalías, aunque los resultados fueron dispares. Mercurio presentaba un comportamiento similar, por lo que Le Verrier propuso en 1859 la existencia de un planeta más cercano al Sol al que bautizó con el nombre de Vulcano. Tanto Le Verrier como otros astrónomos se aplicaron a la tarea, siendo varias las comunicaciones del descubrimiento de Vulcano pese a la dificultad de observar las regiones cercanas al Sol donde teóricamente debía orbitar. Finalmente los astrónomos acabaron aceptando la inexistencia del escurridizo planeta, pero no sería hasta 1915 cuando la Teoría de la Relatividad explicó las perturbaciones de la órbita de Mercurio a causa de la atracción gravitatoria del Sol.

El caso del descubrimiento de Plutón es más complejo, ya que se trató de una chiripa científica. A finales del siglo XIX se descubrió que la existencia de Neptuno no bastaba para explicar la totalidad de las irregularidades de la órbita de Urano, por lo que se postuló la posible existencia de un planeta transneptuniano. Unos años después, en 1906, Percival Lowell, en colaboración con William Pickering , iniciaron la búsqueda del que denominaron Planeta X en el lugar donde indicaban los cálculos. Aunque años después se encontraron varias fotografías que recogían su existencia, en ese momento no supieron identificarlo confundiéndolo con una estrella lejana.

Hubieron de pasar dos décadas hasta que el 13 de marzo de 1930 Clyde Tombaugh, un joven astrónomo que trabajaba en el observatorio fundado por Lowell, descubrió oficialmente al planeta que sería bautizado con el nombre de Plutón. En un principio se pensó que Plutón sería el responsable del resto de las perturbaciones ajenas a Neptuno, pero como no se le conocía ningún satélite no se pudo determinar su masa a partir del radio y el período orbital de éstos, por lo que ésta se estimó en base a la cantidad necesaria para justificar estas perturbaciones, dando como resultado un valor de magnitud similar a la de la Tierra aunque su lejanía impedía realizar cálculos más precisos.

No obstante, otras observaciones posteriores parecieron indicar que Plutón debía tener un tamaño menor. La confirmación a estas sospechas llegó cuando en 1978 James W. Christy descubrió Caronte, el primero de los cinco satélites que se le conocen ahora, y el de mayor tamaño; de hecho algunos astrónomos consideran al sistema Plutón-Caronte como un planeta binario. La existencia de Caronte permitió calcular la masa y el tamaño de ambos, que en 2015 confirmaría la sonda New Horizons.




Plutón (derecha) y Caronte (izquierda) fotografiados por la sonda New Horizons


Plutón resultó ser más pequeño de lo que se pensaba, menor incluso que la Luna ya que su diámetro es de tan sólo 2.370 kilómetros, apenas un 70% del lunar, y su masa es todavía menor dado que su densidad es de 1,75 gramos por centímetro cúbico frente a los 3,34 de nuestro satélite y los 5,51 de la Tierra. Caronte es todavía menor, con un diámetro de 1.208 kilómetros y una densidad de 1,65 g/cm3. Dadas sus reducidas dimensiones, en 2006 Plutón fue degradado a la categoría de planeta enano.

En resumen, ni siquiera considerando la masa conjunta de Plutón y Caronte -las de los restantes satélites son insignificantes- se justifican las anomalías orbitales de Urano que motivaron su descubrimiento, el cual se debió en realidad a una afortunada casualidad. Por si fuera poco el descubrimiento a partir de 1992 de numerosos cuerpos similares orbitando más allá de Neptuno, los transneptunianos, ha demostrado que Plutón es tan sólo uno más de ellos, algunos de tamaño similar al suyo pero ninguno que pueda ser considerado planeta.

Esto no ha frenado las teorías de la posible existencia de uno o más planetas en las regiones remotas del Sistema Solar, pero al día de hoy no existen indicios fehacientes de su presencia.

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¿Cuándo fueron descubiertos Urano y Neptuno?


Urano (izquierda) y Neptuno (derecha) fotografiados por la sonda Voyager 2


Seguramente se extrañarán ustedes de la pregunta, puesto que bastará con buscar en internet para encontrar la respuesta: Urano fue descubierto por William Herschel el 13 de marzo de 1781 desde la ciudad inglesa de Bath y Neptuno, tal como he comentado anteriormente, lo fue por Johann Galle el 23 de septiembre de 1846 desde el Observatorio de Berlín siguiendo los cálculos matemáticos de Urbain Le Verrier, realizados en paralelo con los de John Couch Adams. Además, del descubrimiento de Neptuno ya he hablado. Así pues, ¿qué tienen de curiosidad estos datos?

Pues la tienen, dado que en realidad tanto el uno como el otro habían sido observados con anterioridad por varios astrónomos. Digo observados, y no descubiertos, puesto que los primeros que los identificaron como planetas fueron efectivamente Herschel y Galle en las fechas y los lugares citados, por lo que a ellos corresponde el honor de sus respectivos descubrimientos; pero tampoco sería justo olvidar a sus predecesores, por más que no llegaran a identificar su naturaleza confundiéndolos con estrellas débiles.

Comencemos por Urano. La observación más antigua que se conoce, casi un siglo anterior a la de Herschel, fue la del astrónomo británico John Flamsteed en 1690, el cual lo catalogó erróneamente como la estrella 34 Tauri. En 1738 el también inglés John Bevis lo registró en tres ocasiones consecutivas, a lo largo de tres meses, como tres estrellas diferentes -obviamente Urano se desplazaba por el firmamento-, que ya fue “afinar”. Por último, entre 1750 y 1769 el francés Pierre Charles Le Monnier lo observó en varias ocasiones. Incluso el propio Herschel lo catalogó inicialmente como un cometa antes de identificar su verdadera naturaleza.

Neptuno también contó con predescubridores, aunque su mayor lejanía y por consiguiente su menor brillo que Urano -su magnitud aparente es de 7,84, frente a 5,52 de aquél- dificultaba su observación para los telescopios de la época. El primero de ellos fue nada menos que Galileo en 1612, y de nuevo en 1613, quien lo localizó con su recién inventado y rudimentario telescopio, apenas dos años después de sus observaciones de la superficie lunar y del descubrimiento de los cuatro satélites principales de Júpiter, confundiéndolo en ambas ocasiones con una estrella. Se dio así la paradoja de que no sólo se adelantó en 234 años al descubrimiento oficial de Neptuno, sino que también lo hizo en 78 años al primer avistamiento de Urano. A la observación de Galileo siguieron las dos del francés Joseph de Lalande en 1795, la de John Herschel -hijo de William Herschel- en 1830 y las tres del astrónomo alemán Johann Von Lamont entre 1845 y 1846.

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Los canales de Marte




Fotografía de Marte tomada por el Viking 1 en 1980. No existen los canales,
pero sí el el largo y profundo cañón del Valles Marineris.


Es de sobra conocida la afirmación de que una mala traducción puede arruinar un texto, pero en pocas ocasiones una palabra traducida equivocadamente pudo causar un error de tanta repercusión como el de la presunta -e inexistente- existencia en Marte de canales excavados por una hipotética civilización marciana, con objeto de conducir la escasa cantidad de agua presente en el planeta desde los polos hasta el resto de la superficie del moribundo -así lo consideraban los astrónomos del siglo XIX y principios del XX- planeta rojo.

Todo empezó cuando el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli comunicó en 1877 el descubrimiento de una red de “canales” recorriendo la superficie del planeta, aunque nunca afirmó que fueran artificiales ni los dibujó rectilíneos, atribuyéndoles un origen geológico. Quien propaló su presunta naturaleza artificial fue el estadounidense Percival Lowell que, con independencia de su innegable talla científica, tenía una irreprimible tendencia hacia lo que hoy denominaríamos magufismo. En consecuencia, y dado su prestigio, se desató una martemanía en la que otros astrónomos creyeron ver también los canales, llegando a dibujarse unos completos mapas de la superficie marciana en los que se reflejaban sus trazados inequívocamente rectilíneos.




Los presuntos canales marcianos dibujados por Percival Lowell. Ilustración tomada de la Wikipedia


Observaciones posteriores más detalladas y con telescopios más precisos de otros astrónomos, entre ellos el español José Comas Solá, pusieron en duda la existencia de estos canales artificiales, argumentando que en realidad se trataba de accidentes geográficos de índole natural. Con el tiempo se confirmaría que ésta era la teoría correcta, y las sucesivas misiones espaciales enviadas a Marte demostraron la inexistencia de estos “canales” aunque sí encontraron antiguos cauces excavados por ríos hoy desaparecidos, algunos de enorme magnitud como el impresionante Valles Marineris. No obstante, la romántica idea de un planeta moribundo surcado por canales excavados por sus extintos -o todavía supervivientes- habitantes tendría un hondo calado en la ciencia ficción aun mucho después de que hubiera sido descartada por los astrónomos.

El error, magnificado por la tozudez de Lowell, estuvo provocado por lo que los profesores de idiomas denominan falsos amigos, palabras similares en dos lenguas que, sin embargo, tienen significados distintos. Error, por cierto, que no habría sido posible en español puesto que nosotros disponemos de dos palabras diferentes para definir los cursos naturales de agua -cauces- y los artificiales -canales-, aunque existen algunas excepciones como el Canal de la Mancha o el Canal Beagle, en el extremo sur del continente americano.

En otros idiomas, por lo que he podido indagar aunque disto mucho de tener soltura con las lenguas extranjeras, la situación suele ser más o menos similar, pero el problema radica tal como he comentado en las traducciones. Schiaparelli utilizó el término italiano “canali”, que en esta lengua no tiene la connotación de cauce artificial, pero al traducirse al inglés en lugar de escribir “channels”, que tiene un significado similar al español “cauces”, se hizo con “canals”, equivalente a nuestro “canales”. Con lo cual la confusión y el afán de Percival Lowell hicieron el resto.




Ver también:
Anécdotas de la ciencia (física)
Anécdotas de la ciencia (matemáticas)
Anécdotas de la ciencia (química)

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Publicado el 12-12-2024
Actualizado el 12-11-2025