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La presencia de san Diego en Madrid Aunque la presencia iconográfica de san Diego en Madrid es no sólo numerosa, sino asimismo de gran importancia, por razones prácticas he estimado conveniente repartirla en diferentes artículos organizados de forma temática, por lo que en realidad en este artículo tan sólo me voy a hacer eco de parte de ella remitiendo al lector al resto de los mismos. Para empezar hay que tener en cuenta los cuadros de pintores de primera línea que están repartidos por diversos museos e iglesias de la capital española: un Zurbarán (y quizá otro) en el museo del Prado, otro Zurbarán en la Fundación Lázaro Galdiano, un tercero en la parroquia de los Santos Justo y Pastor y un Murillo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Todos ellos están recogidos en el artículo correspondiente a la presencia del fraile franciscano en la pintura española. Por otro lado la parroquia de la que es titular san Diego, radicada en el barrio de Vallecas, también cuenta con artículo propio. Así pues, ¿qué nos queda tras estos descartes? Pues sendas representaciones iconográficas en dos de los más importantes templos madrileños, la iglesia de las Descalzas Reales y la imponente iglesia de San Francisco el Grande. Comencemos por las Descalzas Reales. Este convento de clarisas franciscanas está situado en pleno corazón de Madrid, entre las calles Arenal, Preciados y la Gran Vía, en la pequeña plaza a la que da nombre. Como se deduce de su nombre fue una fundación de Juana de Austria, hija del emperador Carlos V, y acogido al patronazgo real fue protegido por diferentes miembros de la casa de Austria, varias de cuyas infantas profesaron en él como religiosas. Fruto de todo ello fue la conversión del monasterio en un auténtico museo que atesora una gran cantidad de importantes obras de arte. Sin embargo no es en esta ocasión el museo del convento lo que nos interesa, aunque no descarto que entre su abigarrado inventario pudiera existir algún objeto relacionado con san Diego, sino la propia iglesia. Aunque nuestro santo no figura en ninguno de los cuadros ni en las esculturas que adornan el interior del templo, conviene que fijemos nuestra atención en el fresco que decora la bóveda del mismo, y que representa la apoteosis de san Francisco. En éste aparece como figura principal el fundador de la orden franciscana arrodillado sobre una nube, con los brazos en cruz y rodeado por un nimbo luminoso; frente a él se encuentra la Virgen, y por encima de ambos la Santísima Trinidad. El complejo aparato iconográfico se completa con numerosas figuras de santos -en especial franciscanos- y ángeles. El fresco fue realizado por los hermanos González Velázquez -Luis (1715-1763), Alejandro (1719-1772) y Antonio (1723-1793)- a raíz de la profunda remodelación que experimentó el templo a mediados del siglo XVIII, siendo dañado por el incendio que devastó la iglesia en 1862 y restaurado un año después por Antonio García, gracias a un dibujo que se conservaba de él1.
Lo que a nosotros nos interesa, como cabe suponer, es la representación de san Diego, que aparece justo debajo de la Virgen en su inconfundible representación del milagro de las flores, que sostiene en su hábito recogido junto con el también habitual crucifijo en la mano derecha. Lamentablemente la ampliación de la fotografía no tiene demasiada nitidez, pero por el momento no dispongo de una copia de mayor calidad. Y de las Descalzas Reales a San Francisco el Grande. Esta iglesia, que tiene la consideración de Real Basílica, es una de las más monumentales de Madrid, y se encuentra situada en la confluencia de la Gran Vía de San Francisco con el arranque de la calle Bailén, no demasiado lejos de la catedral de la Almudena y en pleno corazón del barrio de La Latina. Inicialmente perteneció a un convento franciscano que en la segunda mitad del siglo XVIII fue reedificado por completo interviniendo en su accidentado proyecto varios arquitectos, algunos de ellos de la talla de Ventura Rodríguez o Sabatini. Fruto de estas intervenciones fue su monumental cúpula, una de las mayores del mundo, superior en tamaño a las de Santa Sofía, San Pablo de Londres o el Panteón de París, y rebasada tan sólo por las del Vaticano y el Panteón de Roma. Lamentablemente la iglesia sufrió diversos avatares a lo largo del tiempo, los cuales acabaron provocándole considerables daños. El monasterio fue desamortizado en 1836 por Mendizábal, lo que acabaría provocando su desaparición a excepción de la iglesia, y ésta llegó a ser fugazmente sede de un fracasado Panteón de Hombres Ilustres, hasta que ya durante la Restauración recuperó su condición original de templo católico. La magnitud de su cúpula también provocó serios problemas estructurales no resueltos hasta fechas recientes, lo que motivó su cierre temporal hasta 2001, aunque su interior estuvo repleto de andamios que sólo fueron retirados, una vez terminadas las obras de consolidación y restauración, en 2006. San Francisco el Grande cuenta con un interesante museo donde se conservan tres cuadros procedentes del desaparecido convento alcalaíno de San Diego: San Antonio de Padua y la Estigmatización de San Francisco, ambos de Alonso Cano, y San Buenaventura, de Zurbarán.
Sin embargo donde debemos centrar nuestra atención en esta ocasión no es en el museo sino en una de las seis capillas laterales, en concreto la primera del lado derecho según se accede al interior del templo o, si se prefiere, la tercera del lado de la epístola en términos técnicos. El titular de esta capilla es san Antonio de Padua, otro significado santo franciscano, y es una imagen suya la que preside la capilla sobre un pequeño altar al que se accede por una escalinata de mármol.
Flanqueando a la imagen de san Antonio se encuentran otras dos de menor tamaño, la de una santa que no pude identificar a la izquierda, y la de san Diego a la derecha. Lamentablemente carezco de datos acerca de su autor o de su origen dado que, a causa de su accidentada trayectoria histórica, el templo perdió buena parte de su patrimonio original al tiempo que, una vez recuperado como lugar de culto, recibió numerosos objetos procedentes de otros lugares -como ocurrió con los tres lienzos alcalaínos anteriormente mencionados- u otros realizados ex-profeso para él a raíz de la restauración de finales del siglo XIX. Así pues tan sólo nos queda la opción de contemplar la imagen. Pido disculpas si la calidad de las fotografías no es lo suficientemente buena, pero un inoportuno foco colocado junto a la cabeza de la escultura dificultó notablemente la toma de las mismas.
Para terminar, consultando el catálogo de la Fundación Lázaro Galdiano nos encontramos con una ficha referente a una placa de bronce conservada en este museo. Carezco de datos respecto de la misma salvo los proporcionados por la propia ficha, que son los que copio aquí. Es una obra anónima de la segunda mitad del siglo XVI, y se le atribuye una procedencia italiana. Está realizada en bronce fundido y dorado, con unas dimensiones de 104 x 73 mm., y representa en relieve al santo franciscano rodeado de toda su iconografía habitual. San Diego abraza a una cruz con el brazo derecho, al tiempo que con la mano sostiene un rosario. Con la otra mano, la izquierda, levanta el hábito en la representación clásica del milagro de las rosas. Por último, le acompaña un niño que porta el rosco de pan, mientras al fondo se entrevé su capilla. Resulta llamativa la similitud de este relieve con el de los Santos Niños que también se conserva en este museo, lo que mueve a pensar sobre una probable procedencia común de ambos, pudiéndose incluso atribuir esta procedencia a la propia ciudad de Alcalá dado que, fuera de ella, resulta difícil imaginar esta coincidencia. En cualquier caso, sería interesante investigar este hecho. Ver
también: Publicado el 8-1-2012 |
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