Los Santos Niños en el Flos Sanctorum
de Pedro de Ribadeneyra

Son numerosos los santorales publicados a lo largo del tiempo, bastantes de los cuales eran reediciones, actualizaciones o simplemente copias de otros anteriores, por lo que en realidad los textos dedicados a un determinado santo suelen ser bastante similares dado que aun en el caso de ser inéditos solían de las mismas fuentes, poco de fiar desde un punto de vista histórico.
A los que ya he recogido en esta sección se suma ahora el texto correspondiente a Flos Sanctorum de las vidas de los santos, escrito por el jesuita Pedro de Ribadeneyra en torno a 1600 aunque sus orígenes se remontan hasta la Leyenda Áurea de Santiago de la Vorágine, datada en la segunda mitad del siglo XIII. El Flos Sanctorum alcanzó una gran popularidad en el barroco postridentino, siendo reeditado y ampliado en varias ocasiones hasta finales del siglo XVIII.
La edición que yo he manejado, disponible en internet, es la de Barcelona de 1705 ampliada por los jesuitas Juan Eusebio Nieremberg -antiguo estudiante en Alcalá- y Francisco García, contando también con añadidos recientes -así lo indica la portada- del carmelita Andrés López Guerrero, aunque no tengo manera de saber si las sucesivas reformas afectaron o no al texto correspondiente a los Santos Niños.
El libro está dividido en tres tomos, el segundo de los cuales contiene las vidas de Cristo y su santísima madre, y de los santos incluidos en los meses de mayo, junio, julio y agosto, estando colocados los Santos Niños el 7 de agosto y no el 6 porque, tal como se explica al final de la entrada, aunque murieron a los seis de agosto, en el arzobispado de Toledo se celebra su fiesta a los siete, por estar el día precedente ocupado con la de la gloriosa Transfiguración del Señor, lo cual aunque tiene una justificación litúrgica no se cumplió a rajatabla, ya que en Alcalá siempre se celebró su fiesta el día 6 mientras que en otras poblaciones la trasladaron al 9.
Me he tomado la libertad de modernizar el texto para hacerlo más legible, cambiando letras obsoletas como la cedilla (ç) por z o la ese larga (ſ) por s, la ortografía, la puntuación y algunas contracciones que hoy no se utilizan como dellos, aunque he respetado algunas construcciones gramaticales de la época. Por el mismo motivo lo he dividido en párrafos, inexistentes en el texto original.
La vida y martirio de san Justo y Pastor, Hermanos Mártires
Entre las otras victorias que por medio de sus mártires y esforzados guerreros alcanzó Dios Nuestro Señor de los tiranos que persiguieron a su Iglesia, fueron muy ilustres las que tuvo en España de Daciano presidente y ministro de los emperadores Diocleciano y Maximiano, tan crueles y fieros tiranos que nunca se vieron hartos de sangre de cristianos. Pero de todas ellas es muy esclarecida y gustosa la de dos niños y bienaventurados hermanos, San Justo y Pastor, que en edad tierna y delicada, vestidos del espíritu y favor del Cielo, triunfaron del malvado presidente y volando al Cielo dejaron en la tierra el trofeo de su victoria.
Vino Daciano a Alcalá de Henares, para perseguir (como lo hacía en todas partes) a los cristianos; publicó un edicto en que mandaba que todos sacrificasen a los dioses protectores del Imperio Romano, o que fuesen muertos con exquisitos y atroces tormentos. Divulgose luego este mandato, y estando muchos temerosos y encogidos salieron al campo dos niños valerosos para hacer burla del tirano. Ellos fueron Justo y Pastor, hermanos; el primero de siete años y el segundo de nueve (como lo dice el Papa Pío V) los cuales eran cristianos hijos de padres nobles y cristianos, y en aquella sazón iban a la escuela para aprender (conforme a su edad) las primeras letras.
Luego que oyeron la voz y el edicto del tirano entró en sus tiernos pechos un nuevo fervor y encendido deseo de padre [sic, quizás errata de padecer] y morir por Cristo, y arrojando las cartillas que tenían se partieron de la escuela y se fueron a casa de Daciano para ofrecerse al martirio.
Cuando el tirano supo que aquellos dos niños sin ser llamados ni buscados, ni apremiados, sino de grado y por su voluntad venían con tanta alegría a morir por la fe de Cristo, quedó sobremanera atónito y confuso, y pensando que aquélla sería liviandad y muchachería, los mandó azotar secretamente creyendo que con este castigo (que es propio de aquella edad) los amedrentaría.
Al tiempo que los llevaban a este tormento, dice San Isidoro que los dos inocentes corderos se iban animando para sufrir cualquier pena, por grave que fuese, por el Señor; y que Justo, que era el menor (temiendo por ventura que su hermano Pastor, por verle de tan poca edad, estaría con algún recelo de su constancia) le habló primero y le dijo:
No temas, hermano Pastor, esta muerte del cuerpo que se nos apareja ni te espanten los tormentos, pensando que no los podrás sufrir por ser de tan poca y tierna edad; ni hagas caso del cuchillo que ha de atravesar tu garganta; porque Dios, que nos hace merced que muramos por él, nos dará todo el esfuerzo necesario para que podamos morir y alcanzar la corona del martirio. Él nos dará fortaleza para que no desmayemos en esta flaca edad y para que lleguemos a la bienaventuranza que tienen los ángeles en el cielo y todos sus escogidos.
Quedó Pastor maravillado y regocijado con estas palabras de Justo, y díjole:
Oh hermano mío Justo, con cuanta razón te llaman Justo, pues tienes este espíritu tan valeroso como se ve en esta amonestación. Hablas como Justo, queriendo que yo lo sea. Ligera cosa me será morir contigo por ganar a Jesucristo en tu compañía. No temeré morir y ofrecer en sacrificio a Dios este mi tierno cuerpo viendo con cuanta alegría tú has de ofrecer el tuyo, ni derramar mi sangre por aquel Señor que derramó la suya por mí, y por verle en el cielo y gozar para siempre de su gloria.
Éstas y otras semejantes palabras iban los santos hermanos hablando y confiriendo entre sí, y con ellas manifestaban la virtud y gracia del Señor que hablaba en ellos; y (como dice el Real Profeta) saca alabanza de la boca de los niños y de los que toman el pecho.
Oyeron este razonamiento los ministros de Daciano; y admirados de tan grande esfuerzo y constancia, le avisaron luego de lo que habían oído para que proveyesen sobre el caso. Quedó asombrado el tirano, y temiendo de ser vencido de aquellos niños, y que los varones y todos los otros cristianos, movidos con aquel ejemplo, se ofrecerían al cuchillo, mandó que sin más dilación los degollasen secretamente en algún lugar apartado y fuera del pueblo.
Sacáronlos a un campo que llamaban Loable y allí les cortaron las cabezas sobre una grande piedra, en la cual quedaron impresas las señales (como hoy día se ven) de sus rodillas y manos.
Dándonos a entender con este milagro el Señor cuanto más duros eran los corazones de aquellos verdugos e impíos ministros de Daciano, que las mismas piedras que se ablandaban para regalar a los santos niños y certificar su inocencia y la gloria y poder de Dios.
Los cristianos recogieron con gran veneración las cabezas y cuerpecitos de los santos hermanos y les dieron sepultura en el mismo lugar de su martirio; porque no había otro más digno para su reposo que aquél en que alcanzaron tan grande triunfo, ni se podía hallar más precioso bálsamo para ungirlos que la sangre sagrada y fresca que acababan de verter.
Y algunos dicen que Cristo nuestro Señor, para honrar a los que tan bien le habían honrado dando su sangre por su fe, vino del cielo a su entierro. Edificose allí una capilla en su nombre. Fue su muerte a los seis de agosto, cerca de los años de Cristo de trecientos y siete, imperando Diocleciano y Maximiano. Después, con las varias y grandes persecuciones que padeció la Iglesia en España se perdió la memoria de estos santos niños, hasta que Asturio, arzobispo de Toledo, teniendo noticia de ellos con particular instinto de Dios los buscó y halló, y tuvo tanta devoción con ellos que dejó a Toledo y se pasó a Alcalá para servirlos toda su vida, como lo escribe San Ildefonso, arzobispo asimismo de Toledo.
Mas habiendo los moros destruido los reinos de España, un Urbicio (el cual en la ciudad de Huesca y su obispado es tenido por santo) llevó los santos cuerpos de Alcalá, después de varios sucesos vinieron a parar en la ciudad de Huesca, de donde el año de mil y quinientos y sesenta y ocho (con breve del Papa Pío V y por mandado del rey católico don Felipe II) fueron traídas gran parte de sus preciosas reliquias a Alcalá de Henares y recibidas con gran fiesta y regocijo, y colocadas en el Templo Colegial de su nombre; allí son tenidas con gran reverencia y devoción en la capilla que está debajo del altar mayor, que es (a lo que se entiende) el mismo lugar de su martirio, y en él está la piedra sobre que fueron degollados.
Escribió la vida de estos Santos Niños S. Isidoro y Prudencio, y los Martirologios Romanos el de Beda, Usuardo y Adón, y otros autores hacen mención de ello; y Ambrosio de Morales hizo un libro de su martirio y traslación, y aunque murieron a los seis de agosto, en el arzobispado de Toledo se celebra su fiesta a los siete, por estar el día precedente ocupado con la de la gloriosa Transfiguración del Señor.
Publicado el 4-3-2026