La presencia de san Diego en Villafranca del Bierzo (León)





Vista general del retablo de la iglesia de la Anunciada
El cuadro de san Diego es el tercero de la izquierda, en la predela superior



Villafranca del Bierzo, capital histórica de esta comarca leonesa antes de ser desbancada por la pujanza económica y demográfica de la vecina Ponferrada, es hoy una apacible población de algo más de tres mil habitantes que atesora un importante patrimonio artístico surgido a la vera del Camino de Santiago que por ella atraviesa antes de continuar a Galicia.

Presidida por la maciza mole de su castillo, Villafranca presume de una colegiata imponente, aun habiendo quedado inacabada; de las iglesias románicas de Santiago, con la célebre Puerta del Perdón, y de San Juan; de la iglesia del antiguo convento de San Francisco y de los conventos de San Nicolás (antiguo colegio de Jesuitas), de San José, de las Concepcionistas Franciscanas y de la Anunciada, engarzados en una trama urbana abierta en torno a su plaza soportalada y en la cual se pueden contemplar un buen puñado de casonas solariegas.

Villafranca se asienta asimismo en un paisaje idílico regado por los dos ríos -el Burbia y el Valcárce- que en ella se abrazan, por todo lo cual se hace indispensable no ya una visita, sino una estancia en su tranquilo caserío, espléndida base de operaciones para recorrer la interesante y muchas veces sorprendente comarca berciana.

En esta ocasión es uno de sus conventos, el de la Anunciada, el que requiere nuestra atención, dado que en él se conservan recuerdos de san Diego. Fundado a principios del siglo XVII por don Pedro Álvarez de Toledo y Osorio, V Marqués de Villafranca e importante militar y político español, muestra en su fábrica unas claras influencias italianas como no podía ser de otra manera en quien fuera gobernador de Milán e hijo del virrey de Nápoles, ciudad en la que él mismo había nacido.

Está ocupado el convento por una comunidad de monjas clarisas, lo que explica la existencia de iconografía dedicada a nuestro santo. Su iglesia, soberbiamente decorada, alberga el cuerpo de san Lorenzo de Brindis junto con el panteón de los marqueses y una notable colección de cuadros italianos y flamencos.

El retablo, profusamente barroco, cuenta con relieves dedicados a la Anunciación, a la Natividad y a los Desposorios de Santa Catalina, junto con un busto de san Francisco y un baldaquino que recuerda bastante al de la iglesia alcalaína de las Bernardas. Completan su decoración dos cuadros situados en la predela inferior y otros cuatro, de menor tamaño, cubriendo la predela que se alza por encima de los dos relieves laterales. Estos cuadros representan al parecer retratos de santos franciscanos aunque, por despiste mío, no les presté la atención debida cuando visité la iglesia, ya que me fijé exclusivamente en los mucho más llamativos relieves.




Cuadro de san Diego de la predela del retablo. Fotografía de José Prieto


Éste fue mi error, del que me sacó don José Prieto a mi vuelta de las vacaciones, cuando, como huelga suponer, ya no tenía remedio; porque, según me dijo, uno de ellos, el tercero de la izquierda, estaba dedicado a san Diego. Yo había hecho una foto general del retablo y, ampliándola, pude comprobar que efectivamente era así, pero la fotografía ampliada no tenía la suficiente resolución para conseguir una buena representación del cuadro. Gracias a la amabilidad de don José pude disponer de una espléndida fotografía, razón por la que le muestro mi agradecimiento. Mide 41 × 80 centímetros, es de autoría anónima -estos datos se los debo también a don José- y representa a san Diego con las rosas en una mano y la cruz en la otra, tan sólo de medio cuerpo a causa de su formato apaisado.




Imagen de san Diego. Fotografía de José Prieto


Y no quedó ahí todo. Mucho mejor informado, y también más decidido que yo, pidió a las monjas que le mostraran una talla que conservan en el interior del convento, de la cual también me envió una fotografía. La talla es también anónima, tiene una altura de 86 centímetros y, al igual que en el caso anterior, reproduce el milagro de las rosas, con el santo sosteniendo el regazo del hábito al tiempo que porta la habitual cruz. Doble agradecimiento pues, ya que sin su ayuda este artículo no habría podido ser escrito.

Queda añadir por último, a modo de comentario final, que mi búsqueda en la cercana iglesia de san Francisco resultó infructuosa, aunque dado que el hoy desaparecido convento -tan sólo se conserva el templo- fue desamortizado en el siglo XIX, entra dentro de lo posible que, de haber existido iconografía suya, ésta pudiera haberse perdido. Curiosamente, en la aneja capilla de Ambrosio de Castro encontré un pequeño cuadro representando a santo Tomás de Villanueva, otro santo con vínculos alcalaínos pero ajeno tanto a Villafranca -al menos que yo sepa- como a la orden franciscana, puesto que era agustino.


Publicado el 19-9--2018