Nobleza vegetal




Paseando por la ribera del Henares me encontré con estos dos cadáveres de árboles, cercanos el uno al otro. El primero se mantenía tenazmente arraigado, en patente demostración de que había sido capaz de morir dignamente de pie. El segundo, convertido en poco más de despojo mutilado, había corrido peor suerte y yacía inerte en el suelo.

Por el porte de los restos se adivinaba que en su día ambos debieron ser unos espléndidos ejemplares que vieron pasar el tiempo sin prisa, como lo saben hacer los árboles lejos de apresurado frenesí de quienes como nosotros estamos sometidos a los avatares de una vida tan agitada como breve.

Aunque longevos a los árboles también les llega su hora. En ocasiones sucumben a su destino por catástrofes naturales o bien a causa de lo provecto de su edad, por más que ésta se mida en siglos. Y, recordando la frase de Antonio Gala en la que compara a la muerte, cuando ésta aparece a su hora, con uno de los nombres de Dios, me gustaría imaginar unas moradas celestiales gratamente adornadas con las siluetas de todos aquellos árboles que en su momento nos regalaron generosamente y sin pedir nada a cambio con su sombra, con la fragancia de sus flores, con la belleza de su estampa o con sus frutos.

Pero no siempre ocurre así. Y aun cuando según todos los indicios -lo que quedaba de los troncos estaba hueco y carcomido- estos tristes despojos debieron gozar de un final sosegado, son infinidad sus congéneres que en plena lozanía sucumben víctimas de la peor plaga posible, las cada vez más graves y frecuentes agresiones al medio ambiente motivadas por la codicia, la insidia y el desdén con los que la humanidad los maltrata, una humanidad convertida en la peor plaga de toda la larga historia de nuestro planeta.

Lo cual, se mire como se mire, resulta infinitamente más triste que un tranquilo descanso como colofón a una vida fructífera.


Publicado el 9-6-2026