La última cabina




Durante décadas, incluyendo varias de mi vida, las cabinas telefónicas fueron uno de los elementos más icónicos del ahora denominado mobiliario urbano, símbolo en su día de modernidad tras los tiempos que también llegué a conocer en los que la única manera de llamar por teléfono, salvo si tenías el privilegio de disponer de una línea en casa, era acudir a la central más cercana o en la España rural a la vivienda en la que había instalado uno público, en muchas ocasiones el único, desde la cual venían a avisarte de que tenías una conferencia.

Las cabinas democratizaron el acceso al teléfono incluso cuando ya prácticamente todo el mundo lo tenía en casa, puesto que eran necesarias estando de viaje o de vacaciones. Así pues, era habitual encontrarlas en todos los rincones de España e incluso llegaron a convertirse en un icono del terror patrio gracias a la magistral película homónima en la que José Luis Garci y Antonio Mercero nos estremecieron con las tribulaciones de un ciudadano anónimo, encarnado por un genial José Luis López Vázquez, atrapado en una de ellas como una mosca cae prisionera en la tela de una voraz araña.

Incluso podían tener otros usos fuera del suyo primordial tales como refugio ante un inesperado chaparrón o como lugar de camuflaje cuando intentabas esquivar a alguien que por la razón que fuera no querías que te viera.

Pero con el tiempo las cabinas clásicas empezaron a desaparecer siendo reemplazadas por unos feos y antiestéticos postes prismáticos con uno o varios teléfonos adosados a otras tantas de sus caras, los cuales ni respetaban la privacidad sobre todo si alguien estaba hablando en el teléfono de al lado, ni resguardaban de las inclemencias del tiempo, una modernización fruto probable de la voracidad recaudatoria de la compañía que durante muchos años detentó el monopolio telefónico en nuestro país.

A raíz de la generalización de los teléfonos móviles tanto las cada vez más escasas cabinas como los antipáticos e incómodos postes fueron desapareciendo de forma paulatina, aunque la obligación legal de mantener este servicio público por parte del antiguo monopolio no se derogó hasta una fecha tan cercana como 2022, cuando tanto su cada vez más escaso uso como su estado de conservación a causa del vandalismo y de la falta de mantenimiento las habían reducido a un número mínimo.

Mientras en otros países se conservaron al menos en parte por su valor histórico y social, adaptándolas para nuevos fines, aquí se limitaron a desmantelarlas siendo hoy en día prácticamente imposible encontrar una sola aunque sea como ornato, salvo la reproducción de la utilizada en la película La cabina, que era un simple decorado, instalada en el barrio madrileño de Chamberí muy cerca de donde ésta fue rodada.

Sin embargo, logré descubrir una en un pueblo de la España rural cuyo nombre prefiero omitir no sea que se enteren y ésta también sea desmantelada. La cabina, de la que reproduzco un par de fotografías, ha perdido la puerta pero todavía conserva el teléfono que, como cabe suponer, no funciona.

Aunque mutilada ojalá se siga respetando como símbolo que fue de una España que hace mucho dejó de existir pero que no por ello su recuerdo ha de ser ignorado.


Publicado el 4-8-2026