El desmadre de las tallas

A más de uno le
vendrían bien las lecciones de Coco sobre los conceptos de grande y
pequeño
El tema de las tallas de ropa es ya un clásico por derecho propio, pero pese a ello no me puedo resistir a relatar una experiencia propia... y eso que en la ropa masculina, por lo general, suele haber menos desmadre que la femenina.
Y es lo que no entiendo. Mientras los zapatos siguen una numeración fija y si tienes un 42 de pie lo pides en la zapatería y el zapato normalmente te viene bien al menos de largo -el ancho, el empeine y la horma son otra historia-, con la ropa no pasa en modo alguno lo mismo, incluso en la más normal comprada en una tienda normal de esas que cada vez quedan menos, esas en las que al dueño le basta con echarte un vistazo para acertar con tu talla, algo que agradece cualquiera que como yo aborrezca ir de compras y, por encima de todo, andar probándose ropa.
Yo recuerdo que hace no tantos años la cosa era razonablemente sencilla; la talla de los pantalones era la mitad del perímetro de la cintura, por lo cual si tenías 92 centímetros de cintura pedías la talla 46. Podía haber ligeras diferencias debido al corte en bloque de las piezas de tela conforme a los patrones, pero por lo general solían ser pequeñas. Solamente si engordabas o adelgazabas demasiado podía cambiar tu talla, pero la de los pantalones no.
Para las prendas superiores -chaquetas, camisas, jerseys, polos, camisetas...- era algo más complicado al seguir una numeración de un dígito sin correlación directa con el tamaño corporal la cual nunca logré aprenderme, aunque tampoco era demasiado difícil recordar si tu talla era la 6, la 7 o la 8, porque éstas tampoco cambiaban.
Esta regularidad se acabó cuando el sistema español -o el europeo- fue sustituido, como siempre en este país de papanatas, por el anglosajón sin molestarse siquiera en traducir las letras en inglés por las correspondientes españolas: S (small, pequeña), M (medium, media) y L (large, grande), con el añadido de una X para rebajar las tallas pequeñas (XS) o aumentar las grandes (XL). Una escala única tanto para las prendas superiores como para las inferiores, así como para las masculinas y las femeninas.
En principio la cosa parecía fácil, aunque un sistema de tan sólo cinco tallas era evidentemente corto. Por esa razón aparecieron también las tallas XXL, XXXL... -supongo que las habrá todavía mayores con más X añadidas-, y también por el otro extremo las XXS, etc.
Aunque los criterios de pequeña, media o grande, con sus correspondientes aumentativos y diminutivos parecían tomados de programas como Barrio Sésamo y eran objetivamente menos precisos que los de la escala tradicional, éste podría haber sido un sistema aceptable una vez acostumbrados -¿una talla 46 de pantalones correspondía a la L o a la XL?-, siempre y cuando se hubiera mantenido constante.
El problema fue que no se mantuvo, y no sólo empecé a leer quejas -por lo general femeninas- sobre la arbitrariedad de las etiquetas, sino que llegó el momento en el que empecé a padecerlo personalmente. Tal como he dicho me gusta comprarme la ropa en las tiendas de toda la vida, huyendo como gato escaldado de esas cadenas clónicas que brotan como setas en los centros comerciales, las cuales me resultan artificiales e incómodas empezando por la falta de profesionalidad de sus empleados, que cuando te diriges a ellos se limitan a decirte que busques lo que te guste.
Pero en una ocasión mi mujer me llevó a una tienda perteneciente a una marca muy conocida, insistiéndome en que me comprara una camisa. Después de buscar en plan autoservicio encontré una que me gustaba, pero al probarme la talla más grande que tenían, rotulada con no sé cuantas X antes de la L, descubrí que ni siquiera me la podía abrochar. Ciertamente no tengo un cuerpo de maniquí, pero tampoco es ni de lejos elefantiásico; de hecho, los profesionales de las tiendas de ropa de toda la vida siempre me han dicho que mi talla es de lo más corriente, y supongo que entenderán de ello. En consecuencia no he vuelto a pisar ningún establecimiento ni de esa marca ni de otras similares, puesto que según todas las evidencias la talla de la ropa que venden, al menos la de mi interés, parece estar cortada pensando exclusivamente en los anoréxicos.
No es esta anécdota la que ha motivado el artículo, sino otra mucho más reciente que me ocurrió hace tan sólo unos días. En verano suelo vestir polos por resultar más cómodos que las camisas. Tengo un par de ellos de una marca que no es de las más conocidas pero siempre me han dado muy buen resultado, hasta el extremo de que, pese a tener los más antiguos más de quince años, los sigo usando puesto que se conservan en perfecto estado y además son cómodos y frescos.
Pues bien, encontré un sitio donde los vendían, así que aproveché para comprarme dos polos nuevos. Al vendedor le bastó con echarme un vistazo para dármelos de la talla XXXL, algo que inicialmente me sorprendió; no obstante me fié de él y, cuando me probé uno de ellos, comprobé que había dado en el clavo, puesto que me estaba perfecto. Pero a mí lo de las tres X me tenía un tanto mosca así que, aprovechando la casualidad de que el polo que llevaba puesto ese día era precisamente uno de los antiguos, miré su talla: XL, es decir, dos X menos.
Dado que soy de ciencias me propuse hacer bien las cosas, recurriendo al método experimental: cogí los dos polos, el antiguo XL y el nuevo XXXL, y comparé su anchura: ¡eran prácticamente idénticos tanto por la cintura como por los hombros! E incluso, si me apuran, el antiguo era un pelín más ancho -apenas unos milímetros- que el nuevo, aunque esta diferencia podría deberse a que la trama del tejido estuviera más distendida por el uso, que en todos estos años no había sido poco.
Lo que resultaba evidente es que la talla real de los dos polos era la misma, mientras sus tallas oficiales diferían en dos saltos de escala.
Y no quedó ahí la cosa. Recordé que tenía otro polo más de la misma marca comprado con posterioridad a los dos antiguos, aunque no puedo precisar cuando. Resultó tener una etiqueta XXL, siendo ligeramente mayor que el primero aunque por muy poco. Hasta aquí todo más o menos concordaba aunque el salto entre tallas era mínimo, pero al compararlo con el recién comprado encontré una diferencia de aproximadamente un centímetro -dos contando la parte delantera y la trasera- a favor del XXL, pese a tener una X menos que el XXXL.
¿Es esto normal? Para mí, desde luego, no.
Publicado el 5-7-2025