Pan y circo 2.0





Ya lo vaticinó Ortega y Gasset hace casi cien años en su profético libro La rebelión de las masas, por lo que en realidad no debería pillarnos de sorpresa. Cierto es que el filósofo lo escribió en un entorno muy diferente del actual, en pleno auge del fascismo y el comunismo bolchevique y justo antes del surgimiento del nazismo y de los extremismos de uno y otro signo que estrangularon la Segunda República, por lo que la comparación con el momento actual es, evidentemente, inviable.

Lo que sí sigue resultando válido es su concepto de hombre-masa, que yo prefiero llamar borreguismo, aunque aplicado a una interpretación muy distinta de la de Ortega y, en general, al concepto de élite que se tenía en su época, donde la ascensión social era prácticamente imposible puesto que la gran mayoría de la población no sólo de España -aunque aquí todavía era más grave-, sino de la gran mayoría de los países desarrollados -en el resto ni eso- estaba condenada a permanecer durante toda su vida en el estrato social que el azar le había designado.

Para Ortega, que en esta cuestión no pensaba de forma esencialmente diferente del resto de sus coetáneos, era natural que las élites se perpetuaran generación tras generación, obviando algo tan fundamental como que la inteligencia y la aptitud no se heredan, sin considerar que si el pueblo estaba embrutecido -el índice de analfabetismo en España era del 40% cuando publicó La rebelión de las masas- no era por una cuestión genética, sino porque la mayor parte de la población tan sólo tenía acceso, y eso con suerte, a una educación que no iba más allá de unos rudimentos básicos como leer, escribir y las cuatro reglas matemáticas, así como que sus ingresos, que apenas les permitían la mera subsistencia, les impedían también dar una educación conveniente a sus hijos.

Sin embargo, y no olvidando que muchos de esos hombres-masa lo eran forzados y muy a su pesar, el concepto en sí sigue siendo válido cuando lo trasplantamos a la sociedad actual, en la que sin haberse llegado ni de lejos a una situación de equidad que no de igualdad -error fatal del comunismo-, la situación es mucho más favorable que la existente en tiempos de nuestros abuelos o bisabuelos. Dicho con otras palabras, aun partiendo de una situación de clara desventaja frente a los retoños de las clases acomodadas, tanto en España como en los países de nuestro entorno es relativamente posible una promoción social y económica insospechada hace tan sólo cien y aún bastantes menos años, aprovechando la educación pública que hoy está al alcance de todos inclusive la universitaria, no demasiado cara si se compara con los gastos superfluos de muchos y sobre todo teniendo en cuenta que no se trata de un gasto, sino de una inversión.

Por desgracia, cuando logramos alcanzar una situación por la que suspiraban todos los movimientos progresistas -progresistas de verdad, no las ideologías radicales, cuando no sectarias, que pretenden pasar por tales- desde la Ilustración para acá, que veían en la educación la forma de redimir al pueblo del rígido sistema de castas típico del Antiguo Régimen, que al menos en España logró sobrevivir a al menos hasta la etapa final del franquismo.

Yo personalmente me beneficié del todavía tímido ascensor social -mi padre era obrero, y estudié con beca- en la etapa final del franquismo, y desde luego no me arrepiento aunque ello me supuso renunciar temporalmente, en plena adolescencia y primera juventud, a muchos de los pequeños placeres de la gente de mi edad porque, literalmente, no tenía un duro para gastos no imprescindibles. Pero mereció la pena.

Sin embargo, cual ha sido mi sorpresa, y sobre todo mi decepción, al comprobar varias décadas después que, pese a disponer de los medios que en mi época escaseaban, son mayoría los jóvenes procedentes de las clases populares que rehúsan aprovechar la que probablemente será la única oportunidad de su vida para progresar social y económicamente, chavales con sobrada inteligencia pero con nula voluntad de sacrificarse estudiando, malogrando así una baza que ya la hubieran querido muchos de nuestros padres o abuelos y condenándose ellos mismos a ser poco más que carne de cañón laboral.

Cierto es que no siempre la culpa es suya, ya que en ocasiones son los propios padres quienes les desaniman arguyendo que ellos tampoco estudiaron -como si los tiempos no hubieran cambiado- y que esto no les había impedido sacar adelante a sus familias. O bien cuando una persona bastante más joven que yo se burlaba de quienes habían estudiado -él evidentemente no había ido más allá del bachiller- porque tenía compañeros universitarios en su trabajo que ganaban lo mismo que él... sin pararse a pensar que con el paso de los años ellos tendrían la oportunidad de mejorar laboralmente puesto que disponían de las herramientas, mientras él no.

Huelga decir que en todos los casos de este tipo de los que tengo conocimiento directo los resultados fueron los que cabía imaginar, sin que los arrepentimientos tardíos, cuando los hubo, les sirvieran para mucho.

Pero no creo en la casualidad, ni tan siquiera en la innata tendencia a la molicie. Aunque disto mucho de ser conspiranoico, no dejo de sospechar que detrás de esta alienación, presuntamente voluntaria, existe un plan mucho más sutil que las brutales barreras sociales de tiempos pasado, pero con exactamente la misma intención, de forma que las élites sociales de siempre, nada deseosas de que sus cachorros tropiecen con una competencia no deseada, puedan seguir detentando el control económico de la sociedad. Lo cual no es nada disparatado teniendo en cuenta que éstos, por azares de la genética, tienen la misma probabilidad de ser mediocres que los hijos de cualquier otra persona con independencia de su clase social, por lo que en una situación de libre competencia correrían el riesgo de ser desplazados de las tartas más jugosas por plebeyos más inteligentes y mucho mejor preparados que ellos.

Si no es así, no se explica que las sucesivas reformas educativas, mucho más frecuentes de lo que objetivamente parecería razonable, hayan supuesto una continua cuesta abajo en los niveles de formación de las nuevas generaciones, o que la vieja práctica romana del pan y circo haya alcanzado hoy las máximas cotas de virtuosismo con instrumentos mucho más sofisticados -fútbol, telebasura, ocio improductivo, consumismo sin freno- y asimismo mucho más efectivos, puesto que inducen a la renuncia voluntaria al menor atisbo crítico. Como bien saben los pastores no existe rebaño más manejable que aquél que disfruta siéndolo, algo que también predijo Huxley en Un mundo feliz en la misma época que Ortega.

Todos sabemos como acabó el mundo que conocieron los dos pensadores, con la catástrofe de la II Guerra Mundial y el rosario de conflictos secundarios que arrastró, entre ellos nuestra propia Guerra Civil. Fueron años extremadamente duros, pero que sirvieron para crear unas sociedades, si no justas, sí menos injustas que sus predecesoras. En España, por desgracia, tuvimos que esperar bastante más por culpa de la losa del franquismo, pero finalmente conseguimos librarnos de ella apresurándonos a recuperar el tiempo perdido.

Sin embargo, basta con comparar la sociedad actual con la de hace tan sólo unas décadas para constatar que marcha a la deriva no sólo en España, sino también en buena parte de Europa, si no en toda ella. La deprimente conclusión es que, según todos los indicios, la Europa libre y avanzada que surgió de las cenizas de la antigua puede estar llegando al final de sus días, irónicamente con la entusiasta colaboración de muchos de sus ciudadanos incapaces de constatar que están cavando no sólo su propia fosa, sino también la de sus descendientes.

Ojalá esté equivocado.


Publicado el 24-6-2020