Medias verdades





Pinocho, ¿medio niño o medio muñeco?



Como ya estoy harto de decir, desde hace tiempo la publicidad de todo tipo de productos acostumbra a utilizar información que, sin ser estrictamente falsa desde un punto de vista legal, se entiende, incurre en una deliberada ambigüedad que busca confundir, o cuanto menos desorientar, a los posibles compradores sin que nadie les pueda acusar de haber mentido pese a que el mensaje resulte, sutilezas legales aparte, cuanto menos cuestionable y difícil de filtrar por quienes carezcan de suficientes conocimientos técnicos o científicos, que mucho me temo es precisamente lo que se pretende.

Un ejemplo paradigmático es el que me encontré en el etiquetado de una caja de leche, aunque en esta ocasión no me voy a referir a las presuntas cualidades del contenido sino al triunfalista etiquetado del continente, es decir, el propio envase.

Así, ya para empezar me encontré con la afirmación de que este nuevo envase era “sostenible” y estaba “hecho a partir de caña de azúcar”. Como químico que soy me llamó la atención ya que no veía en él nada que lo diferenciara lo más mínimo de los envases similares no sostenibles, así que estudié con detalle un segundo rótulo que ocupaba, en uno de los laterales, tanto espacio como el destinado a la información sobre la propia leche. Transcribo literalmente:


“Este envase es reciclable y 82% renovable. Tiene un 62% menos de plástico fósil respecto al envase anterior. Tanto el tapón como el envase son de origen vegetal, hechos a partir de caña de azúcar. Gracias a que hemos cambiado a plástico a base de plantas la huella de carbono de este envase se ha reducido en un 18%.”


Acompañaban al texto sendos certificados de otras tantas empresas que, sospecho, deben de ser de esas que están medrando a costa del dichoso cambio climático; pero ésta es otra historia.

Centrémonos en el mensaje. Prescindiendo de que su redacción podría ser mejorable, lo primero que me saltó a la cara fue lo del plástico fósil. ¿Plástico fósil? ¿Acaso en Atapuerca se han encontrado, y yo sin saberlo, restos de materiales plásticos utilizados por el Homo antecessor o por alguno de los otros homínidos que también habitaron allí? O, yéndonos todavía más lejos, ¿proceden estos plásticos fósiles de yacimientos paleontológicos contemporáneos de los dinosaurios?

Chascarrillos aparte, la explicación está clara: la expresión debería haber sido en todo caso plásticos procedentes de materias primas de origen fósil, que es el farragoso eufemismo con el que les ha dado por denominar al carbón y al petróleo y sus derivados; cuando hubiera bastado con decir que era plástico procedente del petróleo. Pero, claro está, aunque sea incorrecto no sólo gramaticalmente, sino también desde un punto de vista químico, los sesudos asesores publicitarios debieron pensar que lo de plástico fósil quedaba más chuli.

Hecha esta acotación, vayamos al grano. El plástico -fósil o no- utilizado en estos envases suele ser polietileno, uno de los más comunes y fáciles de identificar puesto que es con el que están fabricados multitud de envases como bolsas o botellas. Bueno, las bolsas que dan ahora en los supermercados son de otros materiales biodegradables, de hecho tan biodegradables que con un poco de suerte no aguantan para romperse ni a que hayamos salido de la tienda; pero éste es otro tema que merece un análisis aparte.




Envase de tetrabrik. Fotografía tomada de la Wikipedia


Las típicas cajas de leche conocidas como tetrabrik, también utilizadas para otros alimentos líquidos, están formadas por un total de seis capas superpuestas. De dentro a fuera, dos de polietileno, una de aluminio, una de polietileno, una de cartón y una última, la más exterior, también de polietileno. Aunque anteriormente para abrirlas había que cortar una de las solapas superiores, ahora suele ser habitual que incorporen un tapón, también de polietileno, que se cierra mediante una rosca.

Para que se hagan ustedes una idea tanto el tapón como la rosca en la que se acopla son de polietileno, por lo general de color blanco aunque para otros usos suele estar teñido. Por su parte las capas de este plástico que forman parte de la caja, mucho más finas, son transparentes, lo que permite que por fuera se pueda leer el etiquetado mientras por dentro lo que se aprecia es la capa de aluminio situada bajo las de plástico.

Y ahora me veo en la necesidad de utilizar unos breves conceptos químicos. Cuando leí que el tapón y el envase -supongo que se referirían a la capa interna y quizá también a la más externa- estaban hechos con plástico -en ningún momento aparece el término polietileno, pese a que existen infinidad de plásticos muy distintos- procedente de caña de azúcar, lo primero que pensé, ingenuo de mí, fue que habrían utilizado el bagazo, es decir, el residuo fibroso que queda de la caña de azúcar después de haber sido extraídas todas las sustancias aprovechables: el azúcar, la melaza y la panela. En resumen, se trata de residuos agrícolas similares a los que se producen en la elaboración de otros productos como el vino, la cerveza o el aceite de oliva, también conocidos como orujo, así como en la agricultura y en la industria hortofrutícola.

Su componente principal es la celulosa, un polímero -nombre técnico de los plásticos- natural que carece de interés alimentario ya que tan sólo algunos animales como los rumiantes o las termitas son capaces de digerirlo, aunque tiene otros usos importantes como el de su transformación en papel o la fabricación de objetos y muebles de madera. Como polímero que es también resulta susceptible de ser usado como tal, y de hecho así se hizo durante muchos años transformándola mediante un tratamiento químico en rayón, una fibra textil que llegó a ser bastante popular durante el siglo XX pero que hoy está completamente olvidada.

Así pues, todos los residuos agrícolas que se generan en el planeta, que son muchos, tienen hoy usos mucho menos ecológicos como combustible o abono, e incluso son directamente abandonados ya que tampoco se convierten en materiales útiles para otros usos industriales, como alcoholes o azúcares, pese a que técnicamente sería posible hacerlo. Pero por lo que se ve no debe de ser rentable, pese a que se matarían dos pájaros de un tiro aprovechándose unas materias primas que hoy se desperdician y acaban en la basura si no contaminando.

Lo que no se decía en la etiqueta es que el plástico procedente de la caña de azúcar, del que tanto presumían, no se había obtenido del bagazo, es decir de la celulosa, que queda como subproducto de la extracción del azúcar y sus derivados, sino de la propia azúcar. Y aquí conviene hacer otra pequeña explicación química.

La materia prima tradicional de la que procede el polietileno es el petróleo crudo; tratando químicamente algunos de sus derivados en las refinerías se obtiene etileno que por polimerización, es decir, uniendo múltiples moléculas de etileno en forma de cadena, produce polietileno. No obstante existe otra fuente alternativa, el alcohol etílico, es decir, el de las bebidas alcohólicas que se usa también como desinfectante. Aunque el alcohol se puede obtener también por síntesis química, su fuente tradicional es la fermentación de azúcares naturales o del almidón, como ocurre con el vino o la cerveza. Pero también se puede obtener por la fermentación del azúcar, de caña o de cualquier otra procedencia, y es aquí donde se empieza a desentrañar el misterio.




Caña de azúcar. Fotografía tomada de la Wikipedia


El principal productor mundial de caña de azúcar es Brasil, y aunque su uso tradicional ha sido la obtención de azúcar, este país encontró otra manera de explotarla fermentándola para destilar alcohol. Aunque el alcohol de caña es la materia prima de un aguardiente tan conocido como el ron, el principal destino de este alcohol son otras utilidades ajenas al consumo humano. Inicialmente se utilizó como combustible, mezclado con la gasolina o por sí solo, pero como acabo de comentar también es posible transformarlo en etileno y, consecuentemente, en polietileno, es decir, en plástico. Por cierto, también se podría discutir sobre la ética de utilizar alimentos para fines industriales cuando éstos escasean en amplias zonas del planeta, pero dado que nos desviaría demasiado, prefiero dejarlo para más adelante.

Volviendo al tema del artículo vaya por delante una advertencia: el polietileno obtenido a partir del petróleo es idéntico al que tiene su origen en el azúcar de caña. No existe la menor diferencia entre ellos ni química ni práctica, y por supuesto son indistinguibles. Entonces, ¿cuál es la presunta bondad de este último?

Para ello tenemos que zambullirnos en toda la parafernalia interesada que se ha montado con la historia del cambio climático y en concreto en la denominada “huella de carbono”, que pretende definir el impacto ambiental provocado por las emisiones de CO2, algo realmente difícil de concretar con exactitud puesto que el ciclo de este gas no sólo en la atmósfera, sino también en las masas oceánicas y en el metabolismo de los seres vivos, en especial las plantas, es realmente complejo y dista mucho de estar bien conocido. Pero para estos efectos baste con decir que se define -su concreción o no es otra historia- como el balance entre el CO2 emitido a la atmósfera y el retirado de ésta.

Puesto que las plantas absorben CO2 convirtiéndolo en materia orgánica mediante la función clorofílica, a los combustibles obtenidos a partir de productos vegetales se les resta el porcentaje de CO2 que previamente habrían absorbido éstas durante su crecimiento, por lo que si ambos valores son iguales la huella de carbono sería nula. Por el contrario, en el caso de los combustibles fósiles, es decir, los procedentes del carbón o del petróleo, la parte que se resta sería nula al no proceder de plantas vivas, por lo que para una misma cantidad de CO2 emitido su huella de carbono sería mayor. En realidad tanto el carbón como el petróleo proceden también de seres vivos, pero como su origen es geológicamente muy antiguo se los considera un aporte adicional de CO2 que provoca un incremento neto del mismo en la atmósfera.

En principio el criterio parece claro, aunque resulta reduccionista puesto que existen otros factores también importantes que no se tienen en cuenta, como los mecanismos de autorregulación del ciclo del carbono -a más CO2 en la atmósfera cabría esperar un incremento de la vegetación global al disponer de más cantidad de alimento- así como otros problemas derivados del consumo de combustibles fósiles, como es un incremento más que notable de la contaminación química, que nada tienen que ver con el CO2. Y, aunque cuantas menos guarrerías soltemos en el planeta mejor, se echa en falta una mayor seriedad a la hora de regularlo, máxime cuando el cambio climático se ha convertido en un pingüe negocio para más de un aprovechado y los distintos países tan sólo se ponen de acuerdo en hacer declaraciones tan rimbombantes como huecas sin el menor resultado práctico.

Aun asumiendo que la huella de carbono podría resultar una herramienta útil para regular las emisiones de CO2 y de guarrerías potencialmente mucho más perniciosas a la atmósfera, eso sería aplicable tan sólo cuando los productos derivados del carbón y el petróleo se usaran como combustibles, y de hecho las mezclas de alcohol con gasolina o de alcohol puro son mucho más limpias, de cara a los gases contaminantes, que la gasolina pura y, por supuesto, el gasóleo.

Huelga decir que el CO2 emitido será el mismo en ambos casos, pero como se supone que las cañas de azúcar de las que es originario este alcohol habrían absorbido durante su crecimiento una cantidad similar de CO2 de la atmósfera, se considera que saldría comido por servido, es decir, con un incremento nulo. Claro está que no se cuenta con que tan sólo una parte total de la masa total de estas plantas acaba transformada en azúcar, mientras el resto se desecha; pero bueno, nadie es perfecto y en su caso siempre será mejor algo que nada.

Lamentablemente ahora viene el aguafiestas; si bien estos cálculos podrían resultar aceptables -con reservas- para el alcohol utilizado como combustible, no ocurre lo mismo con el destinado a la producción de polietileno o de cualquier otro plástico, ya que por lo general estos materiales no se queman -además son extremadamente contaminantes- por lo que si no son reciclados acabarán en un vertedero. Y como el comportamiento químico y físico del polietileno es exactamente igual con independencia de su origen, resulta cuanto menos discutible aplicarle el citado criterio de la huella de carbono, al menos conforme a estos parámetros.

Por si fuera poco, el texto del etiquetado afirmaba que la reducción de plástico fósil era del 62%, sin aclarar si se debía al uso de una menor cantidad de plástico, con independencia de su origen, o bien a que casi el 40% del plástico utilizado siguiera siendo fósil, un detalle en modo alguno baladí al que casualmente no se daba explicación alguna.

Pero da igual; el caso es que suene bonito y la empresa responsable se pueda poner la medalla de su compromiso ecológico, por más que a poco que se le rasque la capa de purpurina acabe comprobándose que en realidad es de cartón. Una vez que has vendido la moto, ¿qué más da que no funcione con tal de que sea bonita? El caso es hacer caja.




Basura de tetrabrik. Fotografía tomada de https://es.greenpeace.org/es


Y ahora la propina. Según un informe publicado en 2020 por Greenpeace, entidad poco sospechosa de antiecologismo, este tipo de envases que se presentan como reciclables, en realidad tan sólo lo son en el 75% que corresponde a la cantidad de cartón, ya que tanto el aluminio (5%) como el polietileno (20%) acaban mezclados en el vertedero. Lo más sangrante es que sí existe la tecnología necesaria para separar el aluminio del polietileno, lo que permitiría reciclarlos en su totalidad, pero... no es rentable. De hecho, en 2011 se creó en España una empresa que utilizaba esta tecnología, la cual fue cerrada tan sólo cuatro años después. Y, se pongan como se pongan, ese 20% de polietileno mezclado con aluminio contamina exactamente igual tanto si proviene de alcohol de azúcar de caña o de derivados del petróleo; no en la atmósfera, pero sí en el suelo, y no creo que lo uno sea peor que lo otro. Pero, claro está, esto no lo dicen en la etiqueta; no quedaría bonito.

Así pues, del 82% reciclable que afirmaba contener el envase habría que restar en principio el 75% correspondiente a los envases convencionales, por lo que la mejora sería, en el mejor de los casos, de tan sólo un 7%; y ni siquiera así podríamos estar seguros de que esta proporción fuera cierta, puesto que la mezcla de polietileno y aluminio es exactamente la misma con independencia del método de obtención del primero, de forma que sólo mediante una reducción de la cantidad de éste, algo que no se aprecia a simple vista, podría reducirse la proporción de material no reciclable.


Publicado el 14-12-2021