Cuestión de perspectiva



-¡Mamá, mamá, quiero salir! Estoy harto de estar siempre encerrado aquí dentro.

-No puede ser, hijo, ya te he dicho que afuera vive un espantoso monstruo.

-¡Pero yo...!

-No hay peros que valgan. A dormir.

Lo intentó, pero no pudo espoleado por la curiosidad. Tras removerse inquieto en su lecho, y viendo que su madre dormía, se levantó con cuidado de no hacer ruido y, pisando en silencio, se acercó a la puerta cerrada que se abría al desconocido mundo exterior apoyando la mano en ella.

-¡Bah! Ya soy mayor y no tengo miedo a los monstruos -se dijo, no muy convencido, para insuflarse un valor que estaba bastante lejos de sentir.

Empujó con cuidado la puerta, que se abrió ligeramente dejando entrar un haz de brillante luz en el oscuro interior. Deslumbrado, esperó a que sus ojos se adaptaran para empujar un poquito más, un poquito más...

La puerta había girado hasta quedar lo suficientemente entreabierta para mostrarle una visión parcial del extraño mundo que existía al otro lado. Estaba intentando averiguar su naturaleza cuando, de un brusco tirón, ésta terminó de abrirse por completo.

Y entonces...

Su madre tenía razón. Frente a él se encontraba un monstruo horripilante que le dirigía -al menos eso le pareció- una mirada maligna.

Espantado, dio media vuelta refugiándose en la acogedora oscuridad de su vivienda. Pero, ¿y si el monstruo le perseguía? Era al menos tan grande como él y, a juzgar por la breve visión que tuvo, capaz de hacerle daño... o algo todavía peor.

Por fortuna el monstruo no le persiguió, sino que de un portazo volvió a cerrar la puerta. Estaba a salvo. Todavía bajo los efectos del pánico corrió hasta su lecho y se zambulló en él tapándose la cabeza mientras sentía a su corazón latir desbocado. Jamás, jamás, jamás, volvería a desobedecer a mamá.


* * *


-¡Mamá, mamá! ¡Hay un monstruo en el armario!

El niño, asustado, se abrazó tembloroso a las piernas de su progenitora.

-Tranquilo, no pasa nada -respondió ésta acariciándole la cabeza-. El monstruo es malo, pero sólo si abres la puerta o te metes dentro del armario. Si haces caso a mamá, y te he dicho un montón de veces que no te acerques, el monstruo no te hará nada.

-¡Pero si fue él quien la abrió! -protestó atropelladamente el pequeño-. Yo estaba jugando delante del armario, pero sin tocarlo. La puerta se empezó a abrir sola y... bueno -confesó-, yo tiré de ella pero sólo un poquito.

-Las puertas no se abren solas, y no sería tan poquito lo que tiraste cuando pudiste ver al monstruo -sonrió la madre-. Y te asustaste. Te está bien empleado, por desobedecerme.

-Era horroroso, todavía peor que los que salen en los cuentos. Pero fui valiente y cerré de golpe la puerta dejándolo encerrado.

-Claro que eres valiente; pero los niños valientes no abren los armarios para no enfadar a los monstruos. ¿Verdad que no volverás a hacerlo?

-De verdad, mami. Nunca, nunca, nunca volveré a hacerlo.


Publicado el 3-2-2026