Homo sapiens plus
Es de sobra conocido el tópico del científico loco, ampliamente divulgado por la literatura popular y el cine de serie B, tanto en la vertiente de salvador de la humanidad como en la de pérfido malvado dispuesto a aniquilarla; pero por fortuna, tanto el uno como el otro son personajes tan imaginarios como Don Quijote, Hamlet, el Conde de Montecristo o Drácula.
Sin embargo, yo conocí a uno de ellos. Era de carne y hueso, y conforme al tópico tradicional una persona introvertida y asocial que rehuía el contacto con cualquier persona, cual si de ésta sólo pudiera esperar el contagio de una imaginaria enfermedad e incluso algo todavía peor.
Pero aquí se acababa la comparación con sus equivalentes literarios y cinematográficos, puesto que Juan -llamémosle así- era incapaz de causar el menor daño a nadie y no albergaba la menor intención perversa hacia sus semejantes; en realidad no albergaba ninguna, mostrándose por completo indiferente hacia la humanidad tanto para lo bueno como para lo malo deseando únicamente que le dejaran en paz y, sobre todo, que ni siquiera se acercaran a él. De haber nacido en los albores del cristianismo hubiera sido sin duda un anacoreta con aureola de santidad, pero al haberlo hecho en nuestro ajetreado y prosaico siglo su reacción de autodefensa no podía ser otra que la que he relatado.
Pese a su reluctancia frente a las relaciones personales tuve el excepcional privilegio de ser considerado por él un amigo, o mejor dicho lo más parecido a ello que él era capaz de soportar. Digo el privilegio porque que yo sepa fui el único, al menos durante su etapa adulta, lo cual se debió a una serie de circunstancias particulares que no resulta necesario desvelar aquí. Dejémoslo pues en que yo era la única compañía que él toleraba e incluso aceptaba complacido, un detalle importante para lo que voy a relatar puesto que fui testigo excepcional del terrible avatar que acabó con su vida y que sólo ahora, años después de ocurrido, me he atrevido a desvelar aunque ocultando cualquier dato que pudiera dar pie a su identificación.
Juan, como he explicado, era un genio, un verdadero genio al cual tan sólo su voluntario aislamiento privó de ser considerado a la altura de Galileo, Newton, Einstein, Max Planck... si no incluso superior a ellos; y puedo asegurar que no exagero.
Genio autodidacta, como era de suponer. Asistió como cualquier otro niño al colegio padeciendo, según me dijo, todo tipo de acoso escolar, lo que sin duda afectó a su retraimiento social, y también al instituto e incluso a la universidad; pero cuando fallecieron sus padres en un trágico accidente de tráfico y él, como único hijo, heredó una considerable fortuna, decidió dar un golpe de timón invirtiendo lo suficiente para poder vivir desahogadamente de las rentas y dedicando el resto de su patrimonio a construir una vivienda suficientemente aislada del mundanal ruido para poderse sentir seguro en su inexpugnable refugio.
Aunque apenas llegó a terminar el primer curso de la universidad, le resultó suficiente para aprender todo lo que le podían enseñar sus profesores, a los que no tardó en rebasar en conocimientos gracias a su avidez enciclopédica por aprender nuevos datos y a la capacidad de su privilegiada mente para hacerlo. Así pues abandonó la universidad montando en su nueva residencia un laboratorio equipado con todo lo necesario para llevar adelante sus investigaciones; porque Juan investigaba, y mucho, sin someterse a la menor disciplina académica, lo cual lejos de ser una limitación le permitía desarrollar su inconmensurable talento sin limitación alguna.
En una ocasión, cuando yo le objeté que aislándose de la comunidad científica se autoinfligía toda una serie de restricciones ya que el tiempo de los genios solitarios había desaparecido hacía ya mucho, se burló de mis prevenciones afirmando que salvo excepciones los científicos eran tan sólo una cáscara de soberbia recubriendo la nada, y que la mayor parte de sus publicaciones no valían más que una guía telefónica. Y yo, que también tuve mis más y mis menos durante la realización de mi accidentada tesis doctoral, no tuve por menos que retractarme.
Además, continuó, hoy en día no hacía falta publicar artículos que sólo servían para engordar el curriculum de cara a una promoción profesional, ni asistir a congresos científicos que no eran sino viajes turísticos camuflados. Eso no quería decir que se mantuviera al margen de lo que se cocía en las áreas de su interés, ya que gracias a internet y, por supuesto, a sus propios criterios de selección, podía permitirse el lujo de ser autosuficiente sin cortapisas ni obstáculos de ningún tipo.
Juan poseía un espíritu humanista digno émulo del de genios como Leonardo, por lo que prácticamente ningún área de conocimiento quedaba fuera de su interés. No obstante, prestó especial atención a la biología y en concreto a la bioquímica en su relación con el funcionamiento de los organismos vivos. Y aunque él no me daba demasiados detalles acerca de los temas objeto de su investigación, por algunos detalles que me fue contando durante mis no demasiado frecuentes visitas pude deducir que estaba obsesionado con temas como el envejecimiento y la muerte.
Lo que no esperaba en modo alguno fue que un día me llamara entusiasmado pidiéndome que acudiera a su residencia lo antes posible, puesto que tenía que comunicarme un descubrimiento trascendental. Se trataba de algo inusitado incluso para nuestra peculiar relación de amistad, pero conociéndole como le conocía no dudé un solo instante de la importancia de su hallazgo, ya que mi amigo jamás fanfarroneaba.
Aprovechando que era fin de semana cogí el coche y recorrí los casi doscientos kilómetros que me separaban de su recóndito refugio, enclavado en una minúscula aldea de una comarca serrana prácticamente despoblada, pese a lo cual no carecía -Juan no había reparado en medios- de todo lo necesario para vivir cómodamente y desarrollar sus trabajos de investigación.
Al llegar allí Juan ya me estaba esperando con impaciencia y con una selecta botella de champán en la mano, la cual descorchó apenas hube entrado vertiendo su contenido en dos copas preparadas al efecto. Esto me sorprendió casi todavía más que su llamada, puesto que era prácticamente abstemio y nunca le había visto beber este tipo de vino.
Evidentemente, deseaba celebrarlo. Así pues, sin dejarme siquiera darle el abrazo acostumbrado, brindó conmigo por su feliz descubrimiento tras lo cual, sin mayor dilación, me arrastró literalmente al laboratorio, un edificio anejo unido al principal por un camino flanqueado de parterres.
-¡Lo he encontrado! -exclamaba exultante-. ¡Lo he encontrado!
-¿El qué? -me arriesgué a preguntar-. ¿El método antienvejecimiento?
-¡Oh, no! -respondió desdeñoso-. Eso sólo fue el arranque de mi trabajo. Lo que he encontrado es algo mucho más importante; infinitamente más importante -enfatizó.
-Pues como no te expliques...
-Para eso te he llamado. ¡Pero siéntate! -sólo entonces se dio cuenta de que todavía estábamos de pie y yo incluso conservaba la copa vacía en la mano.
Una vez acomodados en unos cómodos sillones que incongruentemente formaban parte del funcional mobiliario del laboratorio, comenzó su relato.
-¿Qué sabes sobre la metamorfosis? -fue su desconcertante entrada.
-Pues la verdad poco... lo normal que se estudiaba en el bachillerato. Y en la universidad -me corregí-, aunque pese a ser químico apenas estudié biología ni bioquímica en la facultad, como sabes elegí una especialidad distinta.
Viendo en la expresión de su rostro que comenzaba a impacientarse, Juan era así, añadí:
-Si no recuerdo mal hay varios tipos de metamorfosis, fundamentalmente en diferentes ramas de los invertebrados, que constituyen el paso del estado larvario al adulto. La más compleja es la de algunos grupos de insectos como los lepidópteros, en los cuales durante la etapa de crisálida el cuerpo de la oruga se desintegra prácticamente para volver a reconfigurarse en la forma de la mariposa adulta.
-Has olvidado a los anfibios, que son vertebrados con una constitución corporal mucho más compleja que los insectos -me recriminó.
-Dije que se daba sobre todo en los invertebrados -repliqué-, pero no me había olvidado de los anfibios, simplemente puse el ejemplo más llamativo. Existen artrópodos como los arácnidos, e incluso insectos como los saltamontes, que nacen con una forma similar a la de los adultos, limitándose a mudar varias veces el exoesqueleto de quitina conforme van creciendo y éste se les queda pequeño. Por supuesto sé que las ranas nacen como renacuajos de vida acuática, y que al crecer experimentan cambios como el crecimiento de las patas, la desaparición de la cola y, sobre todo, la transformación de las branquias larvales en los pulmones de los adultos; pero no encuentro la relación. Que yo sepa ni los mamíferos, ni las aves, ni los reptiles experimentan metamorfosis alguna, sus crías se limitan a crecer y en su momento a madurar sexualmente. ¿A qué viene esta pregunta?
-Simplemente he intentado, aparentemente sin demasiado éxito, inducirte a seguir la línea de razonamiento que me llevó a la investigación que acabo de concluir.
-Me temo que carezco de tu talla intelectual -le espeté irritado-, así que te agradecería que fueras algo más explícito.
-Está bien -concedió Juan haciendo un gesto de desdén que de sobra sabía que era impostado; él me valoraba y me respetaba como amigo-. Empezaré desde el principio. Dejando aparte a los insectos y al resto de los invertebrados, ¿nunca te has parado a preguntar por qué los anfibios, que están relativamente cercanos evolutivamente a nosotros, experimentan metamorfosis aunque no sean como las de las mariposas, mientras ni los mamíferos, ni las aves, ni los reptiles, como bien has apuntado, no?
-Supongo que será porque los anfibios, como su nombre indica, viven simultáneamente entre el mundo acuático y el terrestre, por lo cual sus renacuajos vendrían a ser algo así como los vestigios de su antiguo pasado evolutivo cuando sus ancestros se separaron de los peces y comenzaron la colonización, siquiera parcial, de la tierra firme. Una vez que los antecesores de los reptiles se independizaron por completo del medio acuático, ésta ya no sería necesaria...
-Aparte de que tus conceptos taxonómicos están un tanto anticuados -sonrió Juan-, la explicación no está demasiado mal del todo. Por cierto, también los peces experimentan algún tipo de metamorfosis, pero al discurrir su vida siempre en el medio acuático no resulta tan evidente.
Y dando uno de sus habituales sesgos argumentales, añadió:
-¿Qué sabes de los ajolotes?
-No mucho -respondí sorprendido-. Son la larva, o el renacuajo si prefieres, de una salamandra americana, creo que se llama salamandra tigre. Aunque al igual que el resto de los anfibios pueden experimentar una metamorfosis transformándose en el individuo adulto, presentan la particularidad de que en determinadas condiciones ambientales son capaces de reproducirse en estado larvario, algo excepcional no sólo entre lo anfibios sino también en los invertebrados. Sin duda se trata de una curiosidad zoológica, pero no le encuentro mayor trascendencia.
-Hombre de poca fe -se burló con su particular sentido del humor-, ¿acaso no eres capaz de sacar conclusiones de ello?
-Pues la verdad, no.
-Veamos -insistió, adoptando el papel de profesor que intenta introducir algún conocimiento en las duras molleras de sus alumnos-. Por un lado, tenemos animales como los invertebrados, los peces y los propios anfibios, cuyos individuos larvarios experimentan una metamorfosis más o menos completa para pasar al estado adulto, los cuales, tal como has indicado acertadamente, son inmaduros sexualmente, por lo que tan sólo se pueden reproducir los adultos. Por otro están los reptiles, las aves y los mamíferos que, como también has dicho, no experimentan metamorfosis, produciéndose la madurez sexual cuando, al alcanzar cierto grado de desarrollo, determinadas glándulas endocrinas comienzan a segregar las hormonas necesarias para que esto ocurra. ¿Correcto?
-Correcto -respondí, cada vez más desorientado-. Pero...
-Y entre un grupo y el otro -me interrumpió- nos encontramos con el peculiar ajolote que puede optar por uno u otro modelo, con o sin metamorfosis. ¿Correcto? -repitió la coletilla.
Dado que opté por callarme, tras esperar unos segundos continuó:
-¿No se te ha ocurrido pensar que el ajolote pudiera ser un, digamos, punto de inflexión en el devenir de la evolución de las especies?
-Yo más bien le consideraría un fósil viviente, un anacronismo de la evolución.
Juan me fulminó con la mirada, escandalizado al parecer de que no pudiera seguir su compleja línea de razonamiento.
-Voy a explicártelo de otra manera -respondió con una impaciencia mal disimulada-. Si los ajolotes, en condiciones determinadas, son capaces de olvidar la metamorfosis y reproducirse sin haber alcanzado el estado adulto, ¿no podría ser que a los tres grupos de vertebrados terrestres les hubiera podido ocurrir lo mismo?
-¿Acaso quieres decir que...? -respondí pasmado, ya que comenzaba a intuir la respuesta.
-Que nosotros, como mamíferos, quizás pudiéramos ser en realidad larvas no transformadas en adultos, ya que por la razón que fuera hace muchos millones de años desaparecieron las condiciones que regulaban nuestra metamorfosis; probablemente el abandono definitivo del medio acuático, aunque esta norma no rige al parecer para los insectos.
Mi respuesta fue una sonora carcajada.
-¿Te ha hecho gracia? -reaccionó amoscado.
-No tiene importancia -me disculpé-. Simplemente me acordé de que hace ya bastante tiempo leí un relato que abordaba este mismo tema. Era un astronauta que...
-El ajolote, escrito por Robert Abernathy y publicado en 1954 -me interrumpió en tono cortante-. El cohete en el que viajaba un astronauta sufre un accidente en el espacio perdiendo el aire y los mecanismos de soporte vital. Pero el astronauta, gracias al efecto de los rayos cósmicos, no sólo no fallece en el vacío sino que experimenta una mutación que le convierte en la verdadera fase adulta del Homo sapiens, un ser con capacidades muy superiores a las de la anterior larva, para el cual el vacío estelar es su verdadero hábitat, al igual que ocurre con el torpe ajolote al abandonar el agua y transformarse en una ágil salamandra.
-¿Lo has leído? -le pregunté atónito-. No sabía que fueras aficionado a la ciencia ficción.
-No lo soy, especialmente porque me fastidia el uso espurio que se suele hacer de la ciencia, salvo honrosas excepciones; y sí, lo he leído. Lo encontré buscando información sobre este animal y sentí curiosidad; pero huelga decir que me decepcionó, a nadie con dos dedos de frente se le puede ocurrir que un humano pueda sobrevivir en el vacío interplanetario gracias a una metamorfosis súbita. Eso puede estar bien para los tebeos de superhéroes y sus guiones de encefalograma plano, pero no para un relato presuntamente serio aunque sea de ciencia ficción, y mucho menos para la realidad.
-Pues yo le encuentro cierto paralelismo con tu teoría...
-¡Ni de lejos! -bufó-. Únicamente comparten el planteamiento de la posible existencia de una fase de madurez más allá de lo que tradicionalmente se ha considerado el estado adulto. Pero yo no me baso en hipótesis tan disparatadas como que los rayos cósmicos, faltaría más, pudieran ser los catalizadores de la metamorfosis; estos catalizadores existen realmente y he logrado aislarlos, pero son de naturaleza bioquímica y por supuesto no alteran el metabolismo hasta límites tan surrealistas. Los imagos surgidos de esta metamorfosis inducida siguen respirando oxígeno, exhalando CO2 e ingiriendo los mismos alimentos que tomaban con anterioridad a su transformación; no podría ser de otra manera estando basando su metabolismo en el carbono, el hidrógeno, el nitrógeno y el resto de los elementos químicos presentes en todos los seres vivos.
-Hablas en presente...
-Por supuesto, ya te dije que había culminado mi trabajo con éxito, y esta afirmación incluye no sólo el descubrimiento de los inductores de la metamorfosis, sino también todas las comprobaciones pertinentes según exige el método científico... salvo, claro está, la comprobación por pares. He dedicado un buen puñado de años a esta investigación, pero ha merecido la pena.
-¿Quieres decir que has conseguido inducir esta metamorfosis en vertebrados terrestres?
-En efecto. Yo partí de la base de que la dualidad existente en los ajolotes, con metamorfosis o sin ella, lejos de ser una excentricidad evolutiva sería el residuo de un mecanismo natural que quedó atrofiado cuando hace cientos de millones de años un grupo de anfibios abandonó de forma definitiva el medio acuático colonizando la tierra; esta metamorfosis habría quedado truncada pero no desaparecida, arrinconada en el poco conocido desván que los genetistas han convenido en denominar epigenética. Por consiguiente, me dediqué a hurgar en la parte del ADN donde se amontona todo lo que no es necesario para el funcionamiento del cuerpo y, una vez identificadas las secuencias correctas de genes, busqué la manera de activarlas. Así de sencillo.
Así de sencillo, pensé yo, pasando por encima de miles de investigadores de todo el mundo... pero Juan era así, y ni siquiera daba mayor relevancia a su descubrimiento salvo por la satisfacción de haberlo conseguido igual que quien resuelve un crucigrama especialmente difícil.
-Comencé las investigaciones -continuó impertérrito- con reptiles, por ser éstos los vertebrados terrestres y no metamórficos más cercanos al ajolote, con cuyo ADN comparé el de mis lagartijas y otros bichejos similares. Fue un estudio complejo, pero al fin y al cabo el trabajo duro no lo hacía yo sino los programas de inteligencia artificial de última generación que instalé en unos ordenadores con la suficiente capacidad de cálculo. Una vez identificadas las secuencias, me bastó tantear con diferentes sustancias hasta encontrar la manera de activar esos genes que, a su vez, desataron de forma natural la metamorfosis.
-¿Cuál fue el resultado?
-En general las lagartijas cambiaron, se transformaron en unos especímenes que, conservando el diseño general de su primitiva morfología, desarrollaron una serie de aptitudes muy superiores a las de sus hermanas. Seguían siendo lagartijas, pero desde el punto de vista fisiológico estaban, cómo lo diría, muy evolucionadas. Si quieres, te puedo enseñar algunas fotografías.
Ante mi rechazo por lo que interpretaba como una interrupción del relato, Juan lo reanudó complacido.
-No obstante, éste sólo era el principio. Ignorando a las aves, que en realidad no son sino dinosaurios evolucionados, centré mi investigación en los mamíferos, primero con ratones y posteriormente con cobayas y conejos, para hacer las pruebas finales con perros y monos... siempre con éxito, puesto que el ADN ancestral que regulaba las metamorfosis no había cambiado a lo largo de los períodos geológicos durante los cuales había permanecido arrumbado.
-Un momento -le interrumpí de nuevo-. Las transformaciones provocadas por las metamorfosis, ¿afectaban únicamente a la fisiología, o también a las pautas de comportamiento e incluso... -vacilé- a la inteligencia?
-A todo ello. En el caso del mono, aunque no era uno de nuestros parientes antropoides, su inteligencia aumentó considerablemente al igual que en el resto de los mamíferos aunque por fortuna, me hubiera aterrorizado de no haber sido así, ninguno de ellos, ni siquiera el mono, llegó a alcanzar ni de lejos la capacidad racional propia de los humanos. Seguían siendo animales, aunque muy potenciados en sus capacidades.
-Y ahora...
-Tan sólo me queda estudiar el efecto de mi pócima, en realidad es un cóctel de hormonas artificiales, en un Homo sapiens -respondió con una tranquilidad que me heló la sangre, e incluso llegué a albergar el temor de que hubiera sido yo el elegido.
-¡Oh, no te preocupes! -en esta ocasión fue él quien soltó la carcajada al contemplar la súbita palidez de mi rostro-. No pretendo ejercer de doctor Frankenstein ni por supuesto voy a secuestrar a ningún incauto que tenga la mala suerte de pasar por aquí, tú incluido -concluyó en tono jocoso.
-¿Entonces?
-¿No lo adivinas? -rió de nuevo-. Mi cobaya humano será la única persona a quien no preciso pedir consentimiento, la única a quien podría incluso matar sin que nadie, ni siquiera la ley, me pudiera exigir responsabilidades.
Y viendo mi cara de pasmo, concluyó:
-Yo mismo.
-¿Estás loco? -fue lo único que acerté a decir.
-No, salvo que consideres como tal la locura por la ciencia.
-¡Pero podría salir mal! ¡Podrías matarte! ¿Cómo se te ha ocurrido semejante disparate?
-No es ningún disparate -me rebatió recuperando la seriedad-. Al fin y al cabo lo que pretendo hacer no es diferente de lo que hicieron antes muchos científicos de tiempos pasados. Cierto es que algunos de ellos se convirtieron en mártires involuntarios de la ciencia, pero éste no tiene por qué ser mi caso. He ensayado con diferentes animales y todos ellos experimentaron transformaciones que se pueden calificar de positivas. ¿Por qué conmigo tendría que ser diferente?
-Porque no sabes en qué te puedes llegar a convertir -estaba pensando sin poder evitarlo en el doctor Jekyll-, y en cualquier caso esta metamorfosis, aun siendo positiva, te aislaría del resto de la humanidad convirtiéndote en un extraño del que huirían y al que incluso podrían llegar a considerar un monstruo peligroso, aunque no lo fueras.
-¿Más aislado que ahora? -rió-. Si esta metamorfosis supone un beneficio para mí, y estoy convencido de que será así, todo lo demás no me importa lo más mínimo. Si te he llamado ha sido por dos motivos. El primero, porque en el caso improbable de que algo saliera mal deseo que exista un testigo de lo ocurrido, y nadie mejor que tú para ello. Y el segundo, porque quiero que me vuelvas a ver una vez que haya terminado mi transformación en un Homo sapiens plus -rió su propio chiste- para que me puedas dar tu opinión sobre el cambio. Aunque no tengo intención de dar a conocer mi descubrimiento, sí necesito a alguien de fiar para evitar incurrir en un narcisismo estéril.
Eso fue todo. Aunque continuamos charlando durante un buen rato, no volvimos a tocar el tema de la metamorfosis inducida. Puesto que se había hecho tarde y la carretera local era estrecha y tortuosa, me invitó a cenar -que viviera aislado no quería decir que se comportara como un asceta, por lo que le traían la comida y cuanto necesitara de un pueblo próximo- y también a pernoctar en su casa, de modo que pudiera emprender el regreso a la mañana siguiente, como así hice.
Curiosamente no volvió a mencionar la oferta de enseñarme el fruto de sus experimentos ni siquiera en fotografías ni yo se lo reclamé ya que la magnitud de los mismos me había desbordado, por lo que prefería no pensar en ellos ni en lo que yo seguía considerando la locura de convertirse en cobaya de él mismo.
Nos despedimos por la mañana tras un consistente desayuno. Juan se mostraba conmigo tan jovial como siempre evitando aparentemente recordarme la conversación de la víspera, aunque yo sospechaba que la procesión iría por dentro.
Según me había explicado el proceso de inoculación, llamémosle así, se reducía a una inyección del cóctel hormonal por vía intravenosa, tras lo cual debería esperar un tiempo que calculaba en algunos días -al parecer dependía del peso corporal, y nunca había ensayado con animales tan grandes- hasta que la metamorfosis hubiera concluido.
En la práctica pasaron más de dos semanas hasta que volví a tener noticias suyas en forma de un escueto correo electrónico, en el cual me informaba que todo se había desarrollado tal como estaba previsto y me citaba para el próximo sábado a la hora acostumbrada.
Cuando llegué a su casa, observé con sorpresa que, en lugar de recibirme en el porche tal como solía hacer habitualmente, había dejado la puerta abierta. Apoyándome en la familiaridad con que nos tratábamos acepté la muda invitación franqueando el umbral. Juan no estaba a la vista ni en el vestíbulo, ni tampoco en los lugares por los que me solía mover cuando lo visitaba. Desconcertado, deambulaba por un pasillo cuando al pasar por delante de su dormitorio, que tenía la puerta entreabierta, oí que me llamaba invitándome a pasar.
Juan, tan teatral como siempre -pensé-, habría querido darme la sorpresa de su nuevo aspecto.
Y ciertamente me la dio, puesto que la criatura que encontré tendida en la cama era mi amigo al tiempo que no lo era... pues, tal como me había explicado, la metamorfosis implicaba ciertos cambios fisiológicos apreciables a simple vista junto con otros internos.
Sí, seguía conservando su figura humana y, si me fijaba con atención, me era posible identificar sus rasgos personales, aunque muy alterados... para mejor. Juan, sin ser feo ni deforme, había sido una persona físicamente normal que no destacaba ni por su estatura, su constitución atlética -más bien era tirando a gordito- ni por cualquier otro rasgo que se pudiera considerar como símbolo de belleza o atractivo físico. En definitiva, era uno del montón.
Sin embargo, ahora lo encontraba convertido en un modelo idealizado de sí mismo capaz de competir con el mismísimo Apolo de Belvedere; incluso, aprecié con sorpresa, su alopecia había sido reemplazada por una sedosa cabellera.
Pero no fue eso lo que más me impactó, sino el aura de bienestar -no se me ocurre otra palabra- que parecía irradiar de su cuerpo. Entiéndase; yo jamás he creído en esas patrañas seudomísticas con las que algunos charlatanes embaucan y despluman a los incautos, ni por supuesto veía aura luminosa alguna en torno suyo; pero sí sentía una sensación de placidez y serenidad que sólo podía emanar de él.
En resumen, pensé, si en el pasado existieron seres similares, no me cabía la duda de que fueron identificados como ángeles.
-No, no soy ningún ángel, y como puedes comprobar ni siquiera tengo alas -fue su inesperado saludo-; tan sólo un humano metamorfoseado o, si lo prefieres, evolucionado tal como te expliqué en tu anterior visita.
-¿Me has leído el pensamiento? -exclamé, entre atónito y asustado.
-No, carezco del don de la telepatía si es que ésta existe, cosa que dudo. Pero sí se me han acrecentado ciertas habilidades mentales que todos tenemos en mayor o menor medida, entre ellas las de interpretar lo que pensabas a través de tu lenguaje corporal. En eso sí me has resultado bastante transparente.
-Luego tu experimento tuvo éxito.
-Lo tuvo -suspiró tristemente-. Pero a un precio demasiado alto.
-No te entiendo -respondí sorprendido.
Juan me lo explicó. Al centrar su atención en la metamorfosis de los anfibios ignoró ciertas peculiaridades de la de los insectos, en especial la completa, pese a ser ampliamente conocidas no ya por los entomólogos, sino incluso por cualquiera con unos mínimos conocimientos de zoología.
-Las mariposas, por ejemplo, -explicó- tienen una vida extremadamente corta en comparación con las orugas de las que proceden; su belleza es efímera, ya que la única misión que les reserva la evolución una vez terminada la fase de crisálida es la de reproducirse. Los machos y las hembras se aparean, estas últimas ponen los huevos de los que nacerá la siguiente generación de orugas... y mueren inmediatamente después sin haber podido disfrutar de su grácil condición.
-¿Y qué tiene que ver eso contigo? En los anfibios, por lo que yo sé, no ocurre lo mismo y los adultos disfrutan de una vida de duración normal, e incluso creo que ocurre también en insectos como las abejas o las avispas.
-Tienes razón, pero por desgracia con los humanos, con el único humano -se corrigió- no ha ocurrido así por razones que ignoro y lamentablemente no investigué lo suficiente antes de dar el paso. En la práctica resultamos ser mariposas, bellos pero efímeros.
-Pero ensayaste con vertebrados, incluso con mamíferos... -objeté alarmado-. ¿No observaste este detalle en los animales a los que indujiste el cambio?
-No -suspiró abatido-. Para empezar fueron muy pocos, los estrictamente necesarios ya que no deseaba torturarlos. Y como estaba interesado fundamentalmente en sus transformaciones fisiológicas, los diseccioné una vez terminadas éstas, por lo que no pude comprobar si su esperanza de vida se había visto afectada. Ahora soy consciente de que debería haber reservado alguno de ellos como testigo para comprobar su longevidad en el nuevo estado, pero no lo hice. He pagado las consecuencias de mi propio error.
-Lo siento...
-No es tan grave, no te preocupes. Sólo el incremento de mi capacidad mental, aunque sea breve, ya ha merecido la pena. Lamentablemente estos conocimientos desaparecerán conmigo, y es bueno que sea así.
-¿Por qué? Supongo que habrás registrado todos tus experimentos.
-Sí, claro. Pero resultaría muy peligroso que mis descubrimientos cayeran en manos inapropiadas, ya que las consecuencias -en esto asentí dándole la razón- podrían ser catastróficas. Convendrás conmigo en que la humanidad no está preparada en modo alguno para asumirlos. No, mi hallazgo morirá conmigo, y además será pronto. He tenido tiempo para reflexionar sobre ello, mi mente es ahora mucho más potente y flexible que antes, y he llegado a la conclusión de que no existe otra alternativa. Bastante revuelto está ya el mundo para introducir un nuevo factor de perturbación; es preferible que sigamos siendo larvas incompletas hasta que quizás en un futuro la humanidad esté preparada para asumir el salto.
-¿Cómo sabes que vas a... morir? -inquirí con un hilo de voz-. Quizás estés equivocado.
-No, no estoy equivocado. Tengo plena certeza de ello, aunque no podría explicártelo ya que se trata de una de mis nuevas capacidades de la que tú careces. Y además será pronto. Tan sólo me quedan unos pocos días de vida; de hecho, ya me cuesta trabajo hasta levantarme de la cama.
Me quedé sin habla, anonadado, y tuvo que ser él quien me animara. En realidad estaba satisfecho por lo logrado, y si bien hubiera deseado que su vida se prolongara durante más tiempo, lo que le habría permitido profundizar en sus estudios, no se lamentaba puesto que había logrado alcanzar, aunque fuera de forma efímera, un nivel de consciencia -sus transformaciones físicas le importaban poco- muy superior al que tuviera antes, y eso que éste, añado yo, ya estaba muy por encima de la media.
-Te aseguro que ha merecido la pena tocar el cielo -sentenció-, aunque haya sido a costa de inmolarme tal como le sucedió a Ícaro. No, no me arrepiento en absoluto y asumo todas las consecuencias.
Eso fue todo. Rehusó con vehemencia mi ofrecimiento de acompañarle durante el tiempo que le quedase de vida, poco menos que echándome de su casa con cariño, pero con firmeza.
-Todavía me quedan muchas cosas por hacer y apenas dispongo de tiempo para ello -objetó-. Tú no puedes ayudarme y serías un estorbo. Vete a casa y estate tranquilo, ya te avisaré cuando resulte necesario.
Obedecí, no me quedaba otro remedio, por más que tuviera roto el corazón. Pero conocía suficientemente bien a Juan -el de antes- para ser consciente de que resultaría infructuoso intentar convencerlo, y todavía más en su nuevo estado.
Pasaron dos semanas sin que tuviera noticias suyas, hasta que finalmente me llegó un correo electrónico suyo que me heló la sangre, ya que en él Juan me comunicaba su propia muerte.
Querido Luis -comenzaba-, cuando leas esto será porque yo ya estaré muerto. No te sorprendas por ello, no te escribo desde ultratumba, simplemente programé el ordenador para que te lo enviara en el momento preciso sin dejar rastros de su existencia, por lo que te ruego que tú también borres el mensaje. Y no, no me he suicidado, simplemente mi renovado cuerpo ha llegado al final del ciclo impuesto por las implacables e inexorables leyes de la evolución. Tampoco lo lamentes, muero satisfecho por los logros obtenidos en esta breve, pero intensa etapa.
Posteriormente me explicaba que durante esos días había estado destruyendo minuciosamente todo lo relativo a sus investigaciones, de manera que nadie pudiera utilizarlas para jugar a aprendiz de brujo tal como él había hecho. El problema radicaba en que también debería desaparecer su cuerpo, puesto que no convenía en modo alguno que éste fuera sometido a una autopsia que revelaría detalles que nadie debía conocer. Así pues, una vez terminado todo y antes de que le fallara irreversiblemente su organismo, preparó un falso accidente de laboratorio en el cual su cadáver debería quedar tan irreconocible que resultara imposible su estudio.
Aunque no mi identificación, claro -añadía con un sorprendente temple no exento de ironía-. He programado un incendio en el que quedaré completamente carbonizado hasta el punto de resultar imposible mi identificación salvo por el ADN, que obviamente será el mío ya que éste no cambió con la metamorfosis.
Huelga decir que salí corriendo en dirección a su casa, a la que llegué, tal como él había previsto, demasiado tarde. Juan era extremadamente meticuloso ya antes de su transformación y cabe suponer que todavía más después de ésta, así que me encontré con los hechos consumados. El laboratorio había quedado completamente destruido por un incendio que se estimaba fortuito, y en su interior se halló un cadáver irreconocible que se atribuyó a su propietario a la espera de los resultados de los análisis de ADN.
El resto de la casa, por el contrario, no había sufrido daño alguno -también aquí se adivinaba la previsora mano de mi difunto amigo-, por lo que se había convertido en el improvisado puesto de mando de los servicios de emergencia aunque en esos momentos estaba ya vacía -el incendio había ocurrido el día anterior- excepto un retén de la Guardia Civil que la custodiaba hasta que el juez hiciera pública su resolución definitiva.
Mi aparición provocó inicialmente las suspicacias de los miembros de la Benemérita, lo que me obligó a fingir que me había acercado a visitarlo tal como hacía otras veces -esto era algo que podía demostrar con facilidad, ya que en el pueblo me conocían-, debiéndose tan sólo a una infortunada casualidad que hubiera coincidido con tan dramáticas circunstancias que, por supuesto, desconocía por completo.
Aunque mi habilidad para mentir es más bien mediocre, lo evidente de las circunstancias -un accidente fortuito fue el dictamen final- y mi también evidente amistad con el fallecido facilitaron las cosas. Di a los guardias todas las explicaciones que me pidieron sobre Juan y su modo de vida, silenciando obviamente la naturaleza de sus investigaciones y, todavía más, las circunstancias en las que había tenido lugar su muerte.
Puesto que Juan carecía de familiares -si contaba con parientes lejanos no mantenía con ellos la menor relación- y yo era su único amigo conocido, me ofrecí para hacerme cargo de los desagradables trámites que conlleva el fallecimiento de una persona, todavía más si éste tiene lugar en circunstancias tan dramáticas.
Por supuesto callé que en su correo electrónico Juan me había dado instrucciones precisas sobre el destino de sus restos mortales, haciéndolo pasar por una iniciativa propia. Con la autorización previa del juez encargué su incineración, una precaución suya, ya que no deseaba dejar el menor resto de su cadáver en el que pudieran husmear los forenses.
Por lo demás, él se había preocupado de que se encontraran todos los documentos acreditativos de sus propiedades así como el testamento, que una vez abierto me convirtió en su heredero universal compartido, claro está, con Hacienda.
De esta manera me convertí en el propietario de su vivienda y de poco más, puesto que sus investigaciones habían consumido la mayor parte de su patrimonio. Pero esto no era algo que me importara, ya que yo me ganaba y me sigo ganando bien la vida con mi actividad profesional. Seguí viviendo en la ciudad atado por el trabajo, haciendo escapadas a la casa de Juan siempre que podía. Allí ordené demoler las ruinas del laboratorio trazando sobre su solar un jardín en el que me gusta pasar los ratos perdidos leyendo, oyendo música o simplemente meditando sobre lo efímero de la vida. Cuando me jubile, dentro de poco, es probable que me mude a vivir allí al menos durante los meses de verano, en parte por mi propia compulsión -yo también le he cogido cariño a este acogedor refugio- y en parte también en homenaje a Juan.
En el centro del jardín instalé una estatua que mandé hacer a un escultor sobre una idea mía: un hombre desnudo cuyas piernas se van convirtiendo en piedra hasta quedar aferradas en las rocas que se confunden con sus pies, al tiempo que alza al cielo los brazos y la vista implorando una libertad que la tierra le niega. Bajo la estatua enterré sin ninguna inscripción la urna conteniendo las cenizas de Juan, convirtiendo a ésta en un mudo homenaje a su memoria.
Publicado el 13-7-2025