Viaje al pasado



Resulta sorprendente descubrir que los descubrimientos más trascendentales de la humanidad: el fuego, la rueda, el hierro, la escritura, la pólvora, los relojes, la imprenta, el vapor, los ferrocarriles, la fotografía, el cine, los automóviles, los aviones, la radio, la televisión, internet... por mucho que cambiaran el devenir de la humanidad acabaron siendo asimilados y considerados como algo normal y cotidiano, por más que hasta el momento de su descubrimiento no lo fueran en absoluto.

Nada diferente habría de ocurrir con los viajes por el tiempo, cuyo inimaginable potencial, tanto positivo como negativo, había hecho derramar ríos e incluso océanos de tinta dentro de la literatura de ciencia ficción, muchos de cuyos autores especularon hasta sus últimos límites con las posibles consecuencias de una alteración, casual o provocada, de la delicada trama temporal. Obviamente se trataba de meras hipótesis carentes de base experimental alguna en la que apoyarse, lo cual daba rienda suelta para que cada cual lo imaginara de la manera que mejor le pareciera, sin riesgo alguno de equivocarse dada la opinión firmemente extendida, y avalada por los científicos de que el tiempo no se podía visitar ni mucho menos alterar.

Hasta que, al igual que ocurriera cuando unos fabricantes de bicicletas sin conocimientos de física rebatieron empíricamente la tajante negativa de los más afamados científicos a la posibilidad de que los aviones pudieran volar, un grupo de investigadores que tampoco eran físicos, y a los que nadie dentro del ámbito científico había tomado en serio, lograron convertir los viajes por el tiempo en una realidad, aunque sólo en dirección al pasado ya que, al no existir todavía el futuro, no resultaba posible ir a él.

Para tranquilidad de los agoreros los científicos, viendo abierta una puerta que hasta entonces había estado tenazmente cerrada, fueron capaces de reaccionar con rapidez desarrollando nuevas teorías y, lo principal de todo, despejando los temores acerca del caos en que se podría sumir el tiempo al ser perturbado.

Porque, merced a complicadas ecuaciones ininteligibles para el común de los mortales éstos lograron demostrar, al menos teóricamente y a posteriori, que la trama temporal era intrínsecamente estable y en consecuencia las perturbaciones del pasado o las paradojas temporales resultaban imposibles bien por la existencia de una resistencia intrínseca a los cambios, bien porque cualquiera de éstos sólo podría tener lugar cuando su existencia resultaba esencial para que el tiempo discurriera tal como estaba registrado en los libros de historia... o quizás incluso una combinación de ambos.

En realidad esta tranquilizadora conclusión de la inmutatabilidad temporal ya había sido propuesta en su momento por diferentes autores, entre ellos Isaac Asimov en su conocido relato La carrera de la reina roja, en contraposición a la lúgubre -e inverosímil- hipótesis planteada por Ray Bradbury en El ruido de un trueno, donde el aplastamiento accidental de un insecto durante un viaje temporal al Cretácico provocaba una alteración irreversible de la historia; pero como es sabido, a Bradbury le preocupaba poco la verosimilitud científica de sus relatos.

No obstante, la demostración teórica de la invariabilidad del tiempo, o yendo todavía más allá el determinismo temporal propugnado por otros, aunque tranquilizadora no resultaba suficiente; al fin y al cabo la historia de la ciencia está repleta de viejas y anticuadas teorías tomadas en su día por ciertas y desechadas tiempo después al resultar equivocadas.

Paralelamente a estas especulaciones teóricas los descubridores del principio del desplazamiento cronológico, tal como fueron bautizados los viajes temporales, como empíricos que eran habían comenzado a diseñar un prototipo de vehículo, el cual llevaban muy avanzado cuando las autoridades, alarmadas, decidieron tomar cartas en el asunto controlando la construcción del artilugio al tiempo que exigían la implantación de una serie de medidas de seguridad como condición inexcusable para permitir la culminación del experimento.

En realidad eran precauciones básicas con las que ya habían contado en su mayor parte sus constructores; por más que los científicos teóricos afirmaran que no existía riesgo de alteraciones en la trama del tiempo, habría que evitar asimismo cualquier posibilidad de interacción, por mínima que ésta pudiera ser, al estilo de lo planteado por Bradbury... por si acaso.

Así, los vehículos espaciales -cronocápsulas en la jerga de los ingenieros- deberían mantenerse herméticamente cerrados durante todo el viaje al pasado, estando estrictamente prohibido abandonarlos o tan siquiera abrir la puerta un instante. Para evitar tentaciones o negligencias se instalaría un sistema automático de control de apertura -la cápsula sólo podía ser abierta cuando se encontraba en el presente- así como el equivalente a la caja negra de los aviones, cuyos registros serían enviados para su lectura a un organismo supervisor. Los viajeros serían meros espectadores, aunque sí estaría permitido -de hecho la cápsula lo haría automáticamente- grabar todo cuanto apareciera ante ellos.

Solventado aparentemente este problema, hubo de intervenir el inevitable aguafiestas recordando que no resultaría conveniente que la cronocápsula apareciera en mitad, pongo por caso, del foro de la Roma imperial abarrotado de gente, ya que por mucha falta de interacción que existiera la súbita visión del aparato causaría un efecto similar al de un platillo volante aterrizando majestuosamente frente a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York tal como ocurría en numerosos relatos y películas de ciencia ficción, con el consiguiente riesgo de que se desatara una ola de pánico de consecuencias inimaginables.

Esta cuestión alarmó bastante a las autoridades al tiempo que llamaba la atención a los medios de comunicación poco escrupulosos, pero en esta ocasión fue la propia empresa promotora la que salió al quite explicando por qué este riesgo no existiría: el desplazamiento entre el presente y el episodio elegido del pasado se realizaría a través de un no-espacio -recurro a este término a falta de otro mejor- en el que no existían ni las dimensiones físicas ni la temporal, el cual actuaba como interfaz entre ambas realidades cronológicas.

Además, añadía la empresa, la mejor prueba de que los viajeros del tiempo resultarían invisibles a los habitantes del pasado era la evidencia de que en nuestro presente no habíamos percibido la llegada de ningún visitante del futuro, los cuales por razones obvias deberían existir al conocerse en su tiempo la tecnología necesaria para visitar nuestro presente, que para ellos era el pasado. O también, recurriendo a uno de los más frecuentes tópicos del género, que nadie hubiera intentado y/o logrado asesinar a Hitler cuando éste todavía era un niño.

Ciertamente, objetaban algunos, al llegar a su destino al emerger el vehículo en las coordenadas espacio-temporales elegidas lo haría de forma no sólo visible sino también tangible y quizás incluso vulnerable; pero en la práctica, y a modo de precaución, existía también la posibilidad de asomarse -otro término impropio pero necesario- al exterior sin llegar a atravesar la piel que lo separaba de éste, contemplándolo a través de lo que podría considerarse como una ventana panorámica unidireccional. Dicho con otras palabras, los viajeros podrían ver -aunque por el momento no oír hasta que no se perfeccionase la técnica- sin ningún tipo de trabas, permaneciendo invisibles para sus anfitriones.

En previsión de posibles críticas, los propios promotores de los futuros viajes temporales hicieron hincapié en su seguridad añadieron un par de detalles que habían pasado desapercibidos para casi todos excepto para algún que otro aficionado a la ciencia ficción. En primer lugar estaba la cuestión del complejo desplazamiento continuo de la Tierra a través del espacio, por lo que de nada serviría viajar al pasado para encontrarse flotando en mitad de la nada. Por fortuna esta circunstancia no se daría ya que, según un estudio desarrollado por un afamado grupo de físicos teóricos y matemáticos, la resultante vectorial de la suma de todos los movimientos de nuestro planeta -rotación, traslación, movimiento del Sol a través de la Vía Láctea, movimiento de ésta a través del Grupo Local y cualquier otro desconocido para los astrónomos- quedaba compensada -a los interesados en los detalles les remitían a un grueso tomo plagado de ecuaciones- por los procesos de traslación a través de la interfaz acrónica recorrida por la cápsula temporal, de modo que a efectos prácticos la Tierra, o mejor dicho el punto de partida y el de llegada, resultaban inmóviles conforme a un sistema de referencia absoluto.

Otra cuestión no menos importante, sobre todo si el viaje temporal tenía como destino un punto suficientemente alejado en la historia geológica del planeta, era el de las variaciones producidas por la deriva continental, la orografía, la erosión, la extensión de los casquetes polares y los campos de hielo continentales o el nivel del mar, por lo que podrían aparecer serias discrepancias entre el presente y el pasado para unas coordenadas concretas de latitud, longitud y altitud. No obstante la cápsula, al desplazarse por la interfaz acrónica no tropezaría con el menor obstáculo, y al llegar a su destino estaba programada para evitar de forma automática situaciones tales como la materialización en el interior de una montaña o del hielo, en las profundidades de un océano o en el vacío a centenares o miles de metros sobre el suelo.

En la práctica este ajuste automático resultaría innecesario al no emerger la cápsula fuera de de la interfaz acrónica en ningún momento, pero resultaría útil para evitar engorros como el de no ver absolutamente nada por aparecer, por muy virtualmente que fuera, completamente hundida en la tierra. Asimismo disponía de unos controles manuales que, una vez alcanzado su destino, permitiría efectuar pequeños desplazamientos en busca de su destino; al fin y al cabo, las coordenadas de la inmensa mayoría de las ubicaciones históricas desaparecidas a lo largo de los siglos no se conocían con la suficiente precisión como para acertar a la primera.

Así pues, todo estaba atado... sobre el papel. Como siempre suele ocurrir con las nuevas tecnologías, hasta que no se probaran suficientemente los viajes por el tiempo no sería posible completar el estudio de su funcionamiento.

Para ello hacían falta el equivalente a los antiguos pilotos de pruebas, alguien con los suficientes conocimientos técnicos -aunque manejar una cronocápsula era infinitamente más sencillo que pilotar un prototipo de avión- y, sobre todo, con la suficiente sangre fría para afrontar lo que sin duda sería, al menos en esta primera fase, una práctica de riesgo.

Tras esta larga, pero necesaria introducción, ha llegado el momento de presentarme. Mi nombre no importa, pero sí la que fue mi actividad profesional: yo fui uno de los primeros pilotos de cronocápsulas, y puedo presumir de haber sido uno de los primeros, aunque no el primero, en viajar por el tiempo; inicialmente sin pasajeros y, una vez suficientemente comprobada la seguridad del aparato, con ellos. Y puesto que ha pasado ya suficiente tiempo desde que ocurrió el percance que motivó mi marcha y la empresa para la que trabajaba tampoco existe hoy, creo llegado el momento de relatar este episodio que marcó tan profundamente mi vida.

Como es de sobra conocido los viajes al pasado se convirtieron rápidamente en algo rutinario... aunque no habitual, por una razón de peso: su coste era tan elevado que quedaba fuera del alcance de la inmensa mayoría. Asimismo las patentes estaban en manos de empresas privadas interesadas tan sólo en criterios de rentabilidad económica, limitándose los gobiernos a controlar sus actividades y, según decían las malas lenguas, a requerir sus servicios siempre que los necesitaran para actividades cuya naturaleza secreta quedaba fuera del conocimiento de los ciudadanos e incluso del control de sus parlamentos cuando se trataba de democracias.

En un principio el colectivo más interesado en recurrir a sus servicios fue obviamente el académico: ¿qué historiador no hubiera vendido gustosamente su alma al diablo para poder estudiar in situ el episodio histórico objeto de su interés, desde el asesinato de César, los saqueos de Roma por los visigodos o los vándalos, la coronación de Carlomagno, la caída de Constantinopla o el suicidio de Hitler? ¿Qué paleontólogo no hubiera hecho lo propio por contemplar a dinosaurios o a mamuts vivos? Pero todos ellos se encontraron con una insuperable barrera: salvo excepciones, los elevados precios de estas misiones resultaban prohibitivos para las magras finanzas de las universidades y los centros de investigación, al tiempo que las administraciones públicas tampoco se mostraron proclives a financiarlos. Sí existieron algunos encargos por parte de determinados gobiernos, escasos y todos ellos con fines propagandísticos más que científicos: el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, la declaración de independencia de los Estados Unidos, la toma de la Bastilla, la batalla de Waterloo...

En la práctica, y así siguió ocurriendo durante bastante tiempo, la actividad de las empresas dedicadas a los viajes por el tiempo -la que descubrió la técnica y fabricó los primeros prototipos de cronocápsulas se limitó a ceder las patentes a precios estratosféricos- se enfocó hacia un nicho seguro, el de los cronoturistas; millonarios aburridos con el suficiente dinero para permitírselo y la suficiente vanidad para presumir de una actividad tan exclusiva como lo fuera con anterioridad el turismo espacial. Resultaba indignante que en lugar de servir para ahondar en el estudio de la historia y de la ciencia estos viajes sirvieran tan sólo para que patanes tan sobrados de dinero como carentes de cultura volvieran a casa con fotografías de cualquier época histórica de la que probablemente no conocían ni siquiera su cronología; y les aseguro que hablo con pleno conocimiento de causa, puesto que fui yo quien llevé y tuve que aguantar a muchos de ellos.

Pero era lo que había, tal como ha ocurrido siempre. Y al menos servía para que las empresas organizadoras de los viajes temporales fueran rentables y de vez en cuando se pudira colar algún investigador a rebañar las migajas.

Me temo que me estoy extendiendo demasiado, así que iré al grano. Durante algún tiempo me dediqué a pasear turistas o por mejor decir domingueros, y aunque al principio no me resultó agradable soportarlos -el dinero dará o no la felicidad, pero lo que está claro es que en sí mismo no proporciona ni educación ni cultura-, con el tiempo me acostumbré a sus zafiedades y a ser tratado como si fuera su criado. Al fin y al cabo mi sueldo era muy superior al que podría ganar en cualquier otra empresa más convencional y el trabajo, haciendo omisión de los balidos del rebaño, resultaba cómodo y me permitía disfrutar de los lugares que visitábamos.

Éstos, claro está, eran elegidos por los clientes, entre seis y ocho por viaje conforme a la capacidad de la cabina. La compañía estaba abierta a cualquier destino siempre y cuando fuera tecnológicamente viable, ya que en la práctica no resultaba posible remontarse más allá del Triásico aunque los cronoingenieros estaban intentando salvar esta barrera. Existían además algunas restricciones legales, en especial aquéllas que pudieran vulnerar sentimientos religiosos -nada de visitar la Crucifixión, a Buda o a Mahoma- ni fisgonear en la vida privada de reyes, emperadores o similares. Por ética se recomendaba evitar visitas morbosas a lugares tales como los campos de exterminio nazis o a las carnicerías de los campos de batalla que tanto abundaban, por desgracia, en la historia de la humanidad. Había por último otras limitaciones puntuales exigidas por países a los que no les agradaba que se airearan determinados episodios poco edificantes de su historia.

Además, claro está, de peticiones incongruentes o absurdas como la de quien se empeñó en conocer a los Romeo y Julieta históricos -ésta era un clásico dentro de nuestro mundillo-, e incluso algunas tan peregrinas como contemplar a los Reyes Magos camino de Belén o hasta al mismísimo Aquiles en plena Guerra de Troya.

Pese a ello todavía quedaba mucho donde elegir, sobre todo teniendo en cuenta que los gustos de los clientes no solían caracterizarse precisamente por su sofisticación. Por lo general solían decantarse por lo que en nuestra jerga interna denominábamos con mordacidad los parques de atracciones: la Roma imperial sin el menor interés por el arte o la cultura, pero con el imprescindible combate de gladiadores; la construcción de las pirámides; el carnaval de Venecia; la conquista del oeste, pese a que ésta carecía del glamour de las películas de Hollywood o grandes batallas históricas; aunque tampoco faltaban quienes, en especial los norteamericanos, se decantaban también por competiciones señaladas de determinados deportes -béisbol, baloncesto, fútbol americano, boxeo-, actuaciones de sus ídolos personales como Elvis Presley, Michael Jackson o los Beatles o personajes como Washington, Lincoln, Edison o Ford.

 Evidentemente mis preferencias eran muy distintas a las suyas, pero siempre se podía aprovechar algo; en especial los viajes al Jurásico o al Cretácico que gozaban de gran popularidad gracias a los dinosaurios, pero también interesantes para quien como yo era aficionado a la paleontología. Incluso puedo presumir de haber visto en directo, por supuesto a buen resguardo, el impacto del famoso meteorito que acabó con ellos y, les puedo asegurar, fue literalmente apocalíptico.

Durante algún tiempo ésta fue mi rutina, hasta que un día me llamó a su despacho el jefe-de-muy-arriba para hacerme una oferta que yo no podría rechazar: pasarme al lado oscuro de los viajes por el tiempo con un más-que-considerable aumento de sueldo. Todo un premio, tuvo la desfachatez de decirme, por mi buen trabajo y mi lealtad hacia la compañía.

El lado oscuro era una sección de la compañía que podía calificarse sin reparos de clandestina, puesto que violaba las restricciones e incluso las prohibiciones impuestas a su actividad. Oficialmente no existía, pero tarde o temprano todos los empleados acabábamos sabiendo algo de ella.

Una tendencia innata de la conducta humana es la de saltarse las leyes siempre que nos incomoden y tengamos la posibilidad o la capacidad de hacerlo. Tanto da que se trate de normas injustas o directamente absurdas como la nefasta Ley Seca norteamericana, o tan sensatas como la prohibición del tráfico de drogas. Y como es de suponer siempre que haya demanda aparecerá una oferta, todavía más cuanto mayor sea la cantidad de dinero involucrado... y aquí había realmente mucho.

Por consiguiente, no tardaría demasiado la aparentemente inocua actividad de los viajes temporales en sucumbir a los cantos de sirena. No me consta que el resto de las empresas del sector llegaran a desviarse del camino correcto, pero en realidad bastaba con una sola para cubrir este nicho de mercado... y quiso el azar que fuera precisamente la mía.

La rebeldía, en un principio, no dejaba de tener su lógica e incluso su parte de razón. No todos los que viajaban hasta épocas geológicas antiguas estaban interesados en hacer safaris fotográficos con los dinosaurios, los pterodáctilos, los megalodontes, los baluchiterios, los megaterios, los mamuts o los tigres dientes de sable; también había quienes no se conformaban con verlos sino que también pretendían cazarlos.

Y, como cabe suponer, el jefe-de-muy-arriba les daba la razón. Si ya estaba más que demostrado que cualquier intervención en el pasado, es decir, saliendo fuera de la cápsula, no originaría la más mínima perturbación en la línea temporal, ¿a santo de qué estaba impuesta esta prohibición tan absurda? Al fin y al cabo la caza deportiva bien regulada era incluso beneficiosa hasta para los propios animales, ya que contribuía a controlar las especies al igual que lo hacían sus depredadores naturales.

Además, insistía con un tesón digno de un predicador, dado que el número de clientes potenciales era reducido pero bien forrados de dinero, no veía que podía haber de malo en cazar unos pocos bichos que de todos modos iban a morir tarde o temprano y de los cuales ni siquiera se iban a poder traer un trofeo, ya que en esto la negativa de la compañía era tajante; a ver cómo podrían justificar ante la policía la posesión de una cabeza de dinosaurio recién disecada e incluso una fotografía con el fusil en alto en signo de victoria y un pie apoyado sobre el cuerpo o la cabeza, según el tamaño, de su infortunada víctima.

En resumen: tras haber sido tanteada por varios de sus mejores clientes hartos de visitar remedos de Parque Jurásico, la compañía había decidido crear su sección cinegética, habiéndome elegido como candidato a tripular una cápsula manipulada, sin los precintos de seguridad de la puerta y carente de caja negra -en realidad sí la había, pero los registros no salían de casa-, que llevaría a los ricachos a pegar cuatro tiros, matar al animal preferido y volver a casa satisfechos después de haber engrasado los bolsillos de la compañía... y los míos.

He de reconocer que caí en la tentación, no tanto por los posibles beneficios económicos, que además tendría que escamotear al fisco, sino por temor a las represalias en caso de rehusar no tanto por ética, sino por temor a complicarme la vida sin que realmente tuviera necesidad de ello. Ciertamente el jefe-de-muy-arriba se apresuró a tranquilizarme asegurando que si rechazaba la oferta buscarían a otro piloto y yo seguiría con mi trabajo habitual, pidiéndome únicamente el consabido compromiso de confidencialidad. Pero yo sabía como las gastaban, y no me fiaba en absoluto de sus promesas; fuera cual fuera mi decisión sabría demasiado, y cualquier aficionado a las novelas o al cine policíaco conoce perfectamente lo que significa esto cuando hay carretadas de dinero por medio.

Así pues, me resigné a convertirme en el chófer de estos cazadores megalómanos que no se conformaban con abatir elefantes, leones, búfalos, osos u otras piezas de caza mayor, con independencia de que estuviera prohibido o no; ahora se trataba de matar saurópodos, terópodos y otros animalitos de su elección.

He de reconocer que al menos gané en algo: mis nuevos pasajeros no eran ni de lejos tan horteras ni tan patanes -aunque había excepciones- como los anteriores. En realidad iban a lo que iban y el pavoneo no les interesaba, aunque si algo no cambiara era que para ellos yo era poco más que un anexo de la cápsula, lo que en mi fuero interno agradecía ya que prefería ser ignorado a fastidiado.

Y la verdad es que me fue muy bien, al tiempo que mi temor inicial a ser pillado con las manos en la masa se fue disipando conforme pasaba el tiempo y comprobaba que no ocurría nada; ahora estoy convencido de que la compañía tenía contactos suficientemente fuertes y bien engrasados como para que nadie se entrometiera en su negocio venatorio, esto sin contar con que los propios clientes no eran precisamente unos mindundis. De hecho, hasta su desaparición jamás salieron a relucir sus actividades fuera de la ley.

Sí, ciertamente no podía quejarme... hasta que surgió el caso de Elías Popp. Pese a su jocoso nombre, al menos para los oídos de un hispanoparlante, era poseedor de una de las mayores fortunas de su país, si no la mayor, aunque a diferencia de otros colegas suyos llevaba una vida discreta y sin estridencias, lo que decía bastante de su talante.

Y además era un cazador empedernido. Así pues, en palabras del jefe-de-muy-arriba, que volvió a llamarme para encomendarme encarecidamente este trabajo, me había tocado literalmente el gordo, ya que además de mi nada desdeñable sueldo cobraría una prima con un mareante número de ceros dado que se trataba de un trabajo muy especial. Y cuando el jefe-de-muy-arriba lo definía como muy especial, es que realmente lo era.

Acepté, claro, ¿qué remedio me quedaba? Aunque me escamaba lo de muy especial ya que, después de haber visto abatir tiranosaurios rex, diplodocus, triceratops, estegosaurios, mamuts y bichos por el estilo, me intrigaba saber qué podría haber más especial que éstos.

Para mi desgracia, no tardaría demasiado en averiguarlo.

-Es un caso excepcional -me doraba la píldora- que no es previsible que tenga continuidad en el futuro, por lo que no afectará a tu trabajo posterior; se trata de una vez y punto.

-¿En qué consiste? -pregunté-. Una cacería, supongo, pero ¿de qué?

-Humana -fue la desconcertante respuesta.

-¿Humana? -exclamé sorprendido-. A eso lo llamaría yo un asesinato.

-Para juzgarla es necesario poner las cosas en su contexto -me reprendió- para no correr el riesgo de llegar a conclusiones erróneas.

Guardó silencio a la espera de una intervención mía que no llegó, y continuó:

-Este cliente -todavía no me había dicho su nombre- es un gran aficionado a la historia antigua, y también a la caza mayor.

Y viendo que yo era incapaz de asociar ambas cosas, añadió:

-Su gran deseo es visitar una batalla célebre de la antigüedad y... -vaciló- tomar parte en ella. Lo cual, desde un punto de vista aséptico, no se podría considerar como asesinato -me lanzó la pulla- sino como auxilio a uno de los dos bandos.

-Es otra manera de verlo -rezongué incómodo.

-Además -continuó impertérrito, haciendo caso omiso de mi interrupción-, este auxilio sería tan sólo virtual, puesto que según nuestras comprobaciones previas su... intervención tan sólo adelantaría en unos minutos la muerte del sujeto elegido. Nada cambiaría, salvo el brazo ejecutor.

-Y si lo que temes es una hipotética imputación de auxilio al asesinato -concluyó- puedes estar tranquilo; ¿cómo podría tildarse e asesinato la muerte, con independencia de las circunstancias, de alguien que llevaba muerto hace más de tres mil años? Evidentemente esto es algo que no está contemplado en ningún código legal, pero aunque lo estuviera contamos con el hecho constatado de que cualquier intervención en el pasado no causaría la menor perturbación en el presente, por lo que en último caso siempre se podría argumentar que la muerte de ese individuo era necesaria para el devenir de los acontecimientos. Como mucho, si nos descubrieran, tan sólo podrían acusarnos de una infracción administrativa; aunque te aseguro que no nos descubrirán.

-Pero... ¿por qué ese capricho? ¿No le bastaba con ser un observador privilegiado?

-¿Quién puede entrar en la mente de un supermillonario acostumbrado a ver hechos realidad todos sus caprichos? -se encogió de hombros-. El caso es que está dispuesto a pagar una auténtica fortuna de la que tú te llevarías un buen pellizco.

Resumiendo, lo que pretendía este individuo era viajar a la Guerra de Troya y cargarse a un guerrero notable, ignoro si tenía preferencias por los aqueos o los troyanos. No acabo de entender por qué puesto que, según supe más adelante, no se trataba de mantener un combate singular con idénticas armas que las suyas, estaría chiflado pero no era un imbécil, sino descerrajarle un tiro entre ceja y ceja manteniéndose bien a cubierto; vamos, como el tiro al pichón pero en plan ultra exclusivo.. Me pareció indignante y miserable, pero quien paga, paga... y por desgracia yo ya no me podía volver atrás.

Y, con independencia de su extravagancia o de que en mi fuero interno yo le considerase un homicida, lo que sí era cierto es que se limitaría a adelantar la muerte de su víctima en apenas unos minutos, de forma además mucho más piadosa que la provocada por las atroces heridas de las armas de bronce que portaban.

-En realidad todo está ya planificado -decía mi jefe- salvo en lo relativo al propio viaje. Tu compañero Lambert hizo unos sondeos previos, aunque ignorando la verdadera naturaleza del viaje; se le dijo que era para la preparación del catálogo de viajes de la próxima temporada... la oficial, se entiende.

-Un momento -le interrumpí-. Si la memoria no me falla, la Guerra de Troya, al menos tal como la relatan Homero y otros escritores griegos, en realidad nunca existió, aunque lo más probable es que la Ilíada esté basada en los recuerdos transmitidos por tradición oral de alguna de las muchas batallas de aquellos tormentosos tiempos... probablemente -puntualicé- en una de las más importantes, pero desde luego no me imagino a Aquiles, Agamenón, Ulises, Áyax, Eneas o Héctor pululando por allí. Estamos hablando de mitología, no de historia.

-No te olvides de Schliemann.

-No me olvido -respondí picado-. Pero en el yacimiento arqueológico donde se supone que existió Troya se han encontrado hasta diez ciudades una encima de otra, y ni siquiera los arqueólogos se acaban de poner de acuerdo sobre cual de las diez pudo ser la que la leyenda atribuye a Príamo.

-Cierto, de ahí las exploraciones de Lambert a las que he hecho alusión. En realidad lo que a nosotros nos interesaba no era la identificación de un estrato determinado con la Troya clásica, sino rastrear el período en el que los arqueólogos sitúan a las candidatas más probables y ver si la destrucción de alguna de ellas coincidió con el asalto de un ejército enemigo, es decir, con una gran guerra cuyo recuerdo acabaría transformado en una gran epopeya literaria. Por cierto, no deja de ser llamativo que hasta ahora nadie del ámbito académico haya mostrado interés por averiguarlo.

“Si dispusieran una pequeña parte del dinero que despilfarra este individuo, seguro que estarían haciendo cola” -pensé, callando prudentemente.

-El caso -continuó- es que, tras recorrer el intervalo comprendido entre los años 1300 y 1100 antes de Cristo, Lambert logró encontrar una guerra devastadora, para la época se entiende, a los pies mismos de la muralla de la ciudad que existía entonces, la cual fue incendiada y destruida por sus enemigos de forma muy parecida a como se relata en la Ilíada. ¿Se trataba de la Troya homérica? Ni lo sé ni en realidad importa. Tenemos lo que nos interesa, y cuando mister Popp vio las grabaciones saltó de entusiasmo, así que lo mismo da que su presa fuera uno de los héroes citados en la Ilíada o, con toda probabilidad, un guerrero anónimo procedente de una cualquiera de las ciudades estado de su época. Se non è vero, è ben trovato, ¿no te parece?

Asentí con un gesto. De sobra sabía que los conocimientos históricos de la mayor parte de nuestros clientes no iban más allá de las edulcoradas películas de Hollywood o de las pintorescas recreaciones de los parques temáticos, lo que no evitaba que se sintieran entusiasmados por algo que, aunque absolutamente real en nuestro caso, no solía coincidir con lo que ellos esperaban... aun teniendo en cuenta que en nuestros criterios de selección primaba la espectacularidad sobre el interés histórico.

-Incluso podremos aprovechar el escenario -mi interlocutor estaba ya lanzado- para hacer viajes regulares, con lo cual sacaríamos un beneficio extra.

-¿Con... -por fortuna me supe reprimir a tiempo- cacería incluida? Porque según las teorías cronológicas, ésta quedaría grabada indeleblemente en la trama temporal o, por decirlo con más propiedad, siempre lo habría estado.

-No olvides que la intervención de nuestro cliente durará apenas unos minutos, mientras que la batalla a la que viajarán se desarrolló durante todo el día. Tendremos tiempo de sobra, por delante y por detrás, para hacer visitas turísticas sin coincidir con ella.

Evidentemente tenía respuesta para todo. Por mi parte poco quedaba que añadir tras mi consentimiento tácito, tras lo cual el jefe-de-muy-arriba me felicitó por mi decisión al tiempo que me entregaba una carpeta similar a los informes que recibía antes de cada misión, en esta ocasión trufada con sellos estampados advirtiendo de su carácter secreto. Hecho esto dio por terminada la entrevista, despidiéndome con una afectuosidad poco frecuente en un superior.

A partir de este momento me enfrasqué en su estudio. En los viajes turísticos habituales bastaba con echarle un vistazo superficial, ya que con independencia de los lugares y las épocas visitados todo era pura rutina y, al no abandonar la cabina, todo se reducía casi a una sesión de cine tridimensional. En la sección cinegética la situación era diferente, puesto que aquí sí había que emerger en el lugar de destino, salir al exterior de la cabina y cazar la presa elegida, cuidando al mismo tiempo de no sufrir cualquier percance... y era yo el responsable de que todo saliera tal como estaba previsto. Aunque los protocolos establecidos primaban la seguridad de los clientes, y secundariamente la mía, aquí el riesgo no era nulo, por lo que me tomaba muy en serio el guión conjugando la búsqueda de la presa y su abatimiento con la prevención de posibles riesgos de los cazadores, desde un accidente al ataque de un animal herido y por lo general bastante cabreado.

Otra de mis responsabilidades era la de custodiar las armas excepto durante la cacería propiamente dicha, por lo general apenas unos minutos ya que solía ser poco más que un tiro al blanco. Éstas estaban diseñadas especialmente para la pieza que se quería cobrar y prueba de tiradores mediocres, ya que si bien un brontosaurio, pongo por caso, era bastante fácil de acertar, ya no lo era tanto hacerlo en un punto vital de su corpachón; y si se trataba de un depredador como un tiranosaurio, un alosaurio e incluso un velocirraptor, más valía tener buena puntería para no caer bajo el alcance de sus garras.

Para solventar posibles percances también estaba yo, lo que me obligaba a realizar prácticas de tiro de forma periódica, aunque sólo recurría a los tiros de gracia cuando era estrictamente necesario al estar en riesgo la integridad física de mis pasajeros o la mía; algo que podría herir su vanidad pese a estar claramente estipulado en el contrato que firmaban... sin el menor valor legal, por supuesto, pero sí suficientemente expeditivo para pararles los pies en caso de necesidad. En situaciones de peligro mi decisión era ley les gustara o no, aunque procuraba evitar en lo posible llegar a estos extremos.

Las armas contaban también con una munición especial, dado que no era cuestión de que algún paleontólogo inoportuno encontrara fósiles con restos de balas de plomo en su interior. La probabilidad de que después de tantos millones de años -aunque también se desarrollaban cacerías en el cenozoico, el cuaternario e incluso en épocas más recientes de mamuts, rinocerontes lanudos, moas, dodos o tilacinos- quedaran siquiera vestigios era muy remota, pero con las sofisticadas técnicas de análisis modernas siempre cabía la posibilidad de que encontraran una proporción significativa de compuestos metálicos que no deberían estar allí. Por esta razón los proyectiles eran explosivos y sus cubiertas estaban elaboradas con un material sintético de base polimérica, el cual conjugaba una capacidad de penetración similar e incluso superior a la de las balas convencionales con una biodegradabilidad total gracias a lo cual no dejaban el menor rastro tras ellos.

No menos importantes eran las grabaciones realizadas por mi compañero, puesto que constituían la coreografía sobre la cual tendría que organizar la cacería de mister Popp. Y, puesto que aquí no se trataba de buscar el lugar idóneo para abatir sin riesgo a un animal por grande que éste fuera, sino de introducirlo en mitad de una batalla campal sin que fuera ensartado o tajado accidentalmente por alguno de los contendientes, esto introducía un factor de complejidad, y por supuesto de riesgo, que habría de tener muy en cuenta puesto que yo sería el responsable de su pellejo.

Así pues las visioné con todo detalle buscando no sólo un candidato a gusto del cliente que además cayera en combate para evitar posibles imputaciones de homicidio e incluso de asesinato, sino que su abatimiento por Popp se pudiera realizar sin riesgo para éste; lo cual no resultaba fácil puesto que en la época micénica, tal como relataba Homero, las batallas, incluso las de este calibre, se asemejaban más bien a una multitudinaria melé salpicada de combates singulares que ponían en peligro a cualquiera que osara acercarse a los contendientes.

Por si fuera poco, la visión de una batalla real no era precisamente agradable para estómagos sensibles, y de hecho a mí me costó acostumbrarme a esa orgía de sangre y hierro -perdón, bronce- salpicada de espantosas heridas y atroces muertes. Por fortuna ni oía los gritos, que a juzgar con sus ademanes debían ser estentóreos, ni tampoco olía la sangre ni las emanaciones nauseabundas de los cuerpos desventrados. Pero a todo se acaba acostumbrando uno.

Finalmente encontré un posible candidato, un gigantón del bando aqueo -faltaban todavía siglos para que los griegos clásicos existieran como tales- que, tras diezmar a las filas troyanas, cayó abatido por una lanza arrojada por uno de sus enemigos. Aunque sabía de sobra que esta batalla poco tenía que ver con la narrada en la Ilíada, no pude evitar el intento de identificarlo con alguno de los héroes homéricos: Odiseo, Patroclo, Aquiles, Agamenón, Menelao, los dos Áyax, Diómedes... pese a que no todos ellos morirían frente a las murallas troyanas.

Una vez resuelta la elección, resultó relativamente fácil buscar el momento idóneo -siempre inmediatamente antes, claro está, de su muerte natural- y el lugar en el que tendría que estacionar la cronocápsula para a continuación, y durante apenas unos segundos, materializarla, abrir la puerta para permitir que Popp satisficiera su extravagante capricho y volver a cerrarla poniendo tierra por medio, ya que no tenía el menor deseo de que alguno de los combatientes metiera las narices en su interior o, todavía peor, sus armas.

Antes de continuar he de puntualizar un detalle importante. Tras lo que acabo de afirmar acerca de la visualización de la batalla -siempre la misma, aunque se habían realizado bastantes grabaciones diferentes-, podría pensarse que incurro en una contradicción, ya que anteriormente había asegurado que la trama temporal no sólo era única sino además inmutable; por lo cual, siguiendo este razonamiento, al grabar por vez primera mi compañero Lambert las escenas de la batalla, tendría que haber aparecido el zopenco de Popp disparando contra el guerrero elegido... algo que no ocurría en modo alguno. Así pues, ¿nos encontrábamos ante una posible paradoja temporal?

Aunque pueda parecer trivial, esta cuestión fue tomada muy en serio cuando comenzaron a planearse las cacerías; nuestra compañía no era la única que organizaba viajes turísticos al pasado -los legales, se entiende- y, aunque solían ponerse de acuerdo entre ellas para no coincidir en un mismo lugar y tiempo, no era cuestión de ir dejando posibles rastros de nuestras actividades dudosamente legales, amén de que existían sospechas de que algunos organismos gubernamentales pudieran hacer sus propios rastreos secretos conforme a sus propios e inconfesados intereses, con el riesgo de ser pillados in fraganti.

Las razones que se propusieron para explicarlo fueron básicamente dos. La primera, de índole filosófica, invocaba la inviolabilidad del principio de causalidad, explicando que cualquier intervención en el pasado, aunque careciera de influencia en el flujo temporal, no podía provocar que el efecto -la muerte del dinosaurio- antecediera a la causa, el disparo del cazador.

La segunda, de naturaleza más científica, asumía que el tiempo, al igual que la masa o la energía, podría estar cuantizado en unos componentes mínimos a los que se denominó cronones por analogía fonética con los fotones. Por consiguiente la trama temporal estaría sujeta a unas leyes similares a las de la mecánica cuántica, entre ellas el Principio de Incertidumbre, razón por la que a escala infinitésima el tiempo mostraría una textura granulada causante a ese nivel de un grado de indeterminación indetectable a escala macroscópica, capaz de mostrar simultáneamente a nivel cronónico dos o más variantes tales como el dinosaurio muerto y el dinosaurio vivo hasta que la presunta paradoja se resolviera por sí sola.

¿Cuál de ellas, o de cualquier otra, era la explicación correcta? Nunca se llegó a saber con precisión; quizás la suma de las dos, pero en cualquier caso los técnicos llegaron a la conclusión de que nuestras pequeñas travesuras no sólo no influirían en el pasado, tal como se había determinado por otras vías, sino que además resultarían indetectables dado que la magnitud del bucle temporal provocado caía por debajo de la máxima precisión permitida por el Principio de Incertidumbre en su versión cronológica. De ahí la confianza de mi superior acerca de que, salvo darse la coincidencia de que alguien apareciera justo en el momento del disparo, las consecuencias del mismo pasarían desapercibidas.

En cualquier caso, de existir esas presuntas policías temporales, de las que tanto se hablaba sin que nunca se hubiera encontrado la menor prueba de su existencia -lo que no descartaba que sí existieran-, cabe suponer que estuvieran más preocupados en prevenir las fechorías de unos también hipotéticos terroristas temporales empeñados en alterar la historia a su antojo, algo que según todas las evidencias tampoco podía ocurrir fueran cuales fueran las causas que lo impidieran.

Si han llegado en su lectura hasta aquí, les ruego que me disculpen por mis anteriores disquisiciones que, mucho me temo, han pecando de prolijas cuando no de abstrusas. A partir de ahora, me limitaré a describir los hechos de la manera más sencilla posible.

Finalmente todo estuvo calculado al milímetro y cronometrado -curiosa paradoja para un viaje temporal- al segundo. Tan sólo restaba preparar la cronocápsula, cargar con las armas -unos pistolones capaces de dar en el blanco incluso en manos del tirador más torpe-, embarcar al pasajero, al que mis compañeros habían instruido convenientemente sobre como tenía de actuar y le habían hecho realizar prácticas de tiro, y viajar a la Guerra de Troya o a lo que fuera en realidad la batalla que habíamos seleccionado.

Un detalle importante sobre el que se había aleccionado a Popp era el hecho de que al abandonar la cápsula se sumergía en la corriente cronológica del pasado con todas sus consecuencias, de modo que en el momento en que yo abriera la puerta él debería disparar desde el umbral sin cruzarlo en ningún momento, hecho lo cual yo volvería a cerrarla. Y por supuesto nada de salir a contemplar su trofeo tal como solían hacer los cazadores; podríamos verlo cuanto quisiera, pero siempre desde las pantallas interiores por obvias razones de seguridad. Aunque era probable que en el fragor de la lucha el resto de los contendientes ni se enteraran de la repentina muerte del coloso, el riesgo de convertirse en un daño colateral de la refriega era demasiado grande para correrlo, tal como se le había mostrado en las grabaciones previas de Lambert.

A mí me seguía pareciendo poco más que una repulsiva cacería de patos, con independencia de mis reticencias frente al aberrante capricho de abatir a un ser humano; pero la convicción -como ya he comentado lo había comprobado en las citadas grabaciones- de que en caso de no intervenir Popp el altivo guerrero tan sólo sobreviviría unos minutos, anestesió un tanto mi conciencia. Reconozco que ésta no era una excusa puesto que ejercí de cómplice necesario, pero cuanto menos pensaba que mis remordimientos se irían desvaneciendo poco a poco.

Lo que no esperaba en absoluto fue lo que finalmente sucedió.

Siguiendo el protocolo habitual acudí al hangar donde estaba depositada la cápsula, aunque en realidad no se trataba de tal puesto que ésta no volaba ni se desplazaba cuando se encontraba en presente, simplemente se desvanecía; pero de alguna manera teníamos que llamarlo. Tras saludar a los técnicos encargados del complejo instrumental de control, abrí la puerta con mi clave personal y me instalé en el sillón del piloto.

En esta ocasión mi tarea se limitaría a poco más que apretar un botón, ya que al estar fijadas con anterioridad las coordenadas concretas -las tres espaciales y las tres temporales, no me pregunten por la naturaleza de las segundas- no sería necesario pilotar en manual una vez llegados al pasado.

Así pues, tras comprobar que las armas -la suya, la mía y una tercera de reserva- estaban convenientemente guardadas en el compartimento que oficiaba de armero, me senté a esperar a mi pasajero.

Éste tardó poco en llegar acompañado por alguien-muy-importante de la compañía, el cual nos presentó protocolariamente y se marchó dejándole bajo mi exclusiva responsabilidad.

Popp era un hombrecillo de aspecto insignificante, lo cual inducía a dudar de su condición de uno de los magnates más ricos del planeta; pero algo había en su mirada, no precisamente tranquilizador a la par de inquietante, que recomendaba no contradecirle... por si acaso. No obstante, una vez solos se comportó conmigo de una forma educada aunque distante, marcando claramente las diferencias que según su criterio se alzaban entre él y yo,

Esto era algo que a mí, acostumbrado a soportar vanidades y soberbias estratosféricas, no me importaba en absoluto; pero lo que sí me importaba era dejar claro que mientras estuviéramos allí dentro quien mandaba era yo. Por consiguiente, y amparándome en los protocolos de seguridad -no tenía por qué ocurrir nada pero por si acaso, alegué- le solté toda una retahíla de explicaciones y advertencias con las que probablemente ya le habían bombardeado previamente, las cuales soportó con un estoicismo digno de encomio sin disimular un gesto con en el que manifestaba patentemente el fastidio que le causaba la tediosa repetición; algo que no le pude reprochar ya que a todos nos ocurre lo mismo con el numerito de bienvenida a bordo con el que nos reciben en los aviones.

Ya sólo nos quedaba emprender el malhadado viaje. Le invité a sentarse en una cualquiera de las butacas -viajaríamos los dos solos-, añadiendo el chascarrillo habitual de que no era necesario colocarse el cinturón de seguridad, por lo demás inexistente, y acto seguido cerré la puerta y puse la cápsula en marcha rumbo a su destino.

Una pregunta habitual que me suelen hacer los pasajeros, aunque Popp no lo hizo, es cuánto tiempo tardaríamos en llegar, a la cual mi respuesta era que ninguno... ya que la duración del viaje al pasado, con independencia de la magnitud del tiempo recorrido y siempre que contemos con las coordenadas concretas del lugar de destino, es virtualmente nula. En realidad lo técnicos hablan de milisegundos, pero a efectos prácticos esto resulta irrelevante. Esto no ocurre cuando se realiza un rastreo, sobre todo si incluye pilotaje manual -resulta difícil acertar a la primera en un viaje a un punto concreto de Gondwana-, pero éste no era el caso ya que íbamos a tiro hecho.

Y aparecimos en mitad de la tangana entre aqueos y troyanos, o sus equivalentes históricos. Yo, que conocía de memoria los lances bélicos que se desarrollaban a nuestro alrededor, aunque en esta ocasión fueran en directo, no presté mayor atención a la degollina que se estaba desarrollando allí afuera, pero Popp, al que sólo le habían mostrado las grabaciones de manera parcial, se encontraba anonadado ante la panorámica tridimensional y en prácticamente trescientos sesenta grados que aparecía ante sus ojos.

Los mandos estaban ajustados para llegar unos cinco minutos antes del momento de la cacería, lo justo para prepararse, rematar la faena y volver a la protección de la cápsula. No obstante, y en esta ocasión de motu propio, le ofrecí efectuar un recorrido por el campo de batalla e incluso si lo prefería por la ciudad que se protegía tras las ciclópeas murallas; aunque nos retrasáramos siempre podríamos dar marcha atrás en el tiempo sin el menor problema. Esto tampoco supondría un retraso en el retorno a la base dado que, a causa de las peculiaridades de los viajes temporales, con independencia del tiempo que permaneciéramos en el pasado siempre apareceríamos allí apenas unos segundos después de haber partido.

Popp rehusó alegando que no le interesaban ni el arte ni la historia antiguas, sino solamente cazar a su guerrero sin pérdida de tiempo. Encogiéndome mentalmente de hombros, al tiempo que le catalogaba a la baja en mi escala personal, abrí el armero, saqué dos pistolas entregándole una y quedándome con la otra, y le apercibí para que se preparara.

Pálido, pero con ademán decidido, amartilló el arma situándose junto a la puerta e indicándome con un gesto que estaba listo. El guión no podía ser más sencillo: aprovechando un hueco momentáneo frente a la víctima la cápsula se materializaría apenas a un metro de distancia frente a él, por lo que el disparo sería a quemarropa para que resultara más efectivo. El arma era un revólver para evitar que se pudiera encasquillar en el momento del disparo, e incluso si fallara en el primer tiro todavía dispondría de varios más. Aunque el guerrero iba protegido con armadura y yelmo, nuestros técnicos habían comprobado, ensayando con réplicas, que bastaría con un disparo a la cara para que el proyectil atravesara el yelmo provocándole la muerte inmediata. De no ser suficiente o fallar, bastaría con repetirlo. Y si fallara todos los disparos... bueno, entonces tendría que intervenir yo cerrando inmediatamente la cápsula.

Llegado el momento le avisé tal como estaba convenido al tiempo que pulsaba el botón de apertura; a partir de entonces la iniciativa sería exclusivamente suya, aunque yo permanecería tras él en previsión de un improbable percance.

Percance que por desgracia ocurrió. Abierta la puerta, el silencio reinante en la cápsula fue reemplazado por un enorme estrépito en el que se entremezclaban ruidos de todo tipo entre los cuales sobresalían el tétrico entrechocar de las armas junto con los estentóreos gritos de los combatientes. Peor todavía eran los olores, una nauseabunda mezcolanza de polvo, sangre, sudor, vómitos, excrementos y vísceras desgarradas. En resumen, una experiencia sensorial difícil de soportar por alguien de nuestros días.

Al ver surgir ante él lo que sin duda tomó por un artilugio de los dioses, el guerrero quedó sorprendido deteniendo su avance. Era el momento en el que Popp debería haber disparado; pero por la razón que fuera no lo hizo, posiblemente paralizado por el miedo.

Le grité y creo que incluso le insulté, sin conseguir que disparara. Era demasiado tarde para cerrar la cápsula, puesto que de manera instintiva me había apartado de la consola colocándome a su lado al tiempo que esgrimía mi propia pistola; al contrario que a él, la adrenalina había exacerbado mis reflejos.

Iba a disparar al guerrero como último recurso mientras Popp comenzaba a temblar como un azogado cuando éste, saliendo de su estupor, fue por desgracia más rápido. Mi disparo, que dio en el blanco reventándole la cabeza, no impidió que la lanza con punta de bronce que lanzó con todas sus fuerzas atravesara el pecho desprotegido -estaba ataviado, al igual que yo, con un mono de la compañía- de su presunto agresor, ahora convertido en víctima.

Popp cayó hacia dentro a causa del impulso de la lanza, momento que yo aproveché para cerrar la puerta que quedó atascada con el asta. Este percance imprevisto impedía el retorno, pero no que me marchara inmediatamente de allí. Subí la cápsula una veintena de metros -ahora sí que sería tomada por todos como un vehículo de los dioses-, abrí la puerta de nuevo, arrastré al inerte Popp lo suficiente para introducir la totalidad del asta, volví a cerrarla y pulsé el botón de retorno.

Pese a que no tuve tiempo material para atenderle sabía que Popp estaba muerto. Una vez en la base los servicios de emergencia se hicieron cargo inmediatamente de él, aunque sólo pudieron certificar su fallecimiento.

Lo que vino a continuación no tuvo nada de agradable. Por supuesto hubo una investigación interna en la que dilucidó mi posible responsabilidad en la catástrofe, pero tras el estudio de las grabaciones tanto internas como externas de la cápsula, quedó claro que hice cuanto pude; de ninguna manera podría haber salvado de la muerte a Popp y la decisión que tomé fue la más acertada, puesto que en caso de haber retrocedido para cerrar la puerta no habría evitado que la lanza del guerrero, y quizás incluso el propio guerrero, penetraran en la cápsula con consecuencias todavía peores. Incluso de haber permanecido junto al panel de mando, en lugar de dirigirme a la puerta, aun logrando evitar la lanza podría haberse dado el caso de que el aterrado Popp disparara cuando ésta ya estuviera cerrada, lo cual habría provocado su muerte y posiblemente también la mía.

Así pues fui exonerado por la compañía, y dada la condición clandestina del viaje el accidente no llegó a conocimiento de las autoridades dado que ésta era la primera interesada en echar tierra por medio.

Claro está que tuvieron que hacer desaparecer el cadáver; nunca llegué a saber como lo hicieron, aunque supongo que lo llevarían a algún lugar del pasado en donde no pudiera ser encontrado, y de hecho, no lo fue.

Sí trascendió su desaparición, algo inevitable dada su relevancia pública; pero en esta ocasión no fue la compañía la que enderezó el entuerto, sino la propia inercia temporal -llamémosla así- la que se encargó de ello; la versión policial, basada en una serie de pruebas incontrovertibles, dictaminó que Popp había salido a pasear por la orilla del río que discurría por las proximidades de su mansión, algo que solía hacer a menudo, y por causas desconocidas habría resbalado y caído al cauce que arrastraba un gran caudal fruto de una excepcional crecida, lo que impidió recuperar el cadáver pese a todos los esfuerzos realizados por rescatarlo.

Finalmente se decretó su fallecimiento por causas accidentales, quedando cerrado el caso y abiertos los trámites para el reparto de su ingente patrimonio, lo cual era ya competencia exclusiva de sus herederos. En lo que mí respecta la compañía suspendió cautelarmente las expediciones de caza manteniendo las visitas turísticas dado que estas últimas no revestían el menor peligro, al tiempo que se evitaban alarmas innecesarias e incluso potencialmente perjudiciales para sus intereses..

Dado que la experiencia sufrida había resultado traumática, me concedieron unas vacaciones pagadas respetándoseme la prima que me habían prometido pese a que, merced a otro llamativo reajuste temporal, la transferencia abonada por Popp a la compañía se había volatilizado como si nunca hubiera existido.

Cuando volví de las vacaciones ya se habían reanudado las expediciones de caza aunque sólo con animales extintos, por lo que mis superiores me propusieron volver a mi antiguo trabajo, algo a lo que rehusé. Me ofrecieron entonces incorporarme a las visitas turísticas, y rehusé también. En realidad estaba no sólo harto sino también asqueado de las inmoralidades de la compañía, de las banalidades obscenas de sus clientes e incluso de mí mismo por haberme prestado a ello. Deseaba dar carpetazo a esa etapa de mi vida y dedicarme a algo nuevo, algo que no tuviera nada que ver con ella ni con nada que tuviera que ver con los viajes por el tiempo. Así pues pedí la baja y, con el consiguiente compromiso de confidencialidad firmado, que cumplí a rajatabla, decidí dedicarme durante una temporada indefinida a reflexionar y a curar mis heridas internas, lo cual me podía permitir gracias a mis saneados ahorros.

Podría haberme mantenido así el resto de mi vida, pero llegó un momento en el que la inactividad me pesaba como una losa y necesitaba dedicarme a algo que me permitiera encontrarle un fin a mi vida. Fue entonces cuando, tras varios tanteos infructuosos, decidí probar a hacerme escritor, llevándome la sorpresa de que me gustaba, se me daba bien, y mis relatos gustaban también a los lectores, convirtiéndome si no en un escritor famoso, sí en alguien conocido y apreciado.

En cuanto a la compañía, ya he dicho que aunque nunca se llegaron a conocer -o al menos a destapar- sus actividades ilegales, años después de mi marcha ésta acabó desapareciendo por causas ajenas al accidente, al igual que las demás, cuando todas ellas desaparecieron a raíz de la promulgación de un tratado internacional que prohibía todo tipo de actividades privadas en este ámbito, permitiendo los viajes temporales tan sólo con fines de investigación y de forma estrictamente controlada, aunque siempre se ha rumoreado que los servicios secretos de varias potencias lo hacen por su cuenta siempre que lo consideran oportuno sus respectivos gobiernos.

Esta circunstancia me liberó de mi promesa de guardar silencio, ya que ninguno de los responsables directos, por un motivo u otro, están ya en condiciones de rebatirme o reclamarme. Por supuesto he camuflado la historia; el nombre de Popp no es el verdadero y tampoco lo son sus datos personales. También he ocultado la empresa en la que  trabajé, una cualquiera entre todas las que se dedicaban al turismo cronológico.

Eso es todo. Tan sólo me queda recordar que el género en el que escribo mis relatos es la ciencia ficción, y ya se cabe que los escritores de ésta acostumbramos a mezclar la realidad con nuestra imaginación y en ocasiones podemos llegar a ser mentirosos.

Deseo que mi relato les haya gustado.


Publicado el 3-7-2025