El decimotercer trabajo de Heracles



Heracles, el gran héroe hijo de Zeus, logró durante su vida mortal multitud de hazañas a cada cual más arriesgada, entre ellas los doce colosales trabajos que le encomendó el rey Euristeo en penitencia por haber dado muerte en un ataque de locura a su esposa Megara y a sus hijos.

Estos doce trabajos habían sido ideados por el taimado Euristeo para que cualquier mortal, incluso el propio Heracles, fracasara en su desempeño, pero para sorpresa suya éste triunfó en todos ellos: mató al León de Nemea, cuya piel le serviría de atavío, y a la Hidra de Lerna, la de innumerables cabezas; capturó al feroz Jabalí de Arimanto y a la Cierva de Cerinea, la de pezuñas de bronce y cornamenta de oro; exterminó a las mortíferas aves de la laguna Estinfalia; limpió los establos de Augías en un solo día; capturó al Toro de Creta; robó las Yeguas de Diomedes, el cinturón de Hipólita, la reina de las amazonas, el ganado de Gerión y las manzanas doradas del Jardín de las Hespérides y, por último, descendió al Hades para capturar a Cerbero, el terrorífico perro tricéfalo, que se llevó consigo burlando al mismísimo dios de los infiernos.

Estos doce logros habrían sobrado para purgar con creces la penitencia por su delito, pero Euristeo, incitado por la diosa Hera enemiga mortal del invencible héroe, recurrió a marrullerías de todo tipo para imponerle un trabajo más, el decimotercero, en un postrer intento de hacerle fracasar y así humillarlo. Y en esta ocasión se aseguró de que éste fuera imposible de superar incluso para los propios dioses.

Así, encargó a Heracles suprimir la intrincada burocracia que controlaba las tareas del Olimpo y el control que sus moradores ejercían sobre los humanos. Parecía sencillo, al menos para los dioses acostumbrados a holgar delegando las tareas cotidianas en sus servidores, los cuales hacían y deshacían a su antojo escudados en la impenetrable coraza de los complejos trámites burocráticos que tan sólo ellos conocían; pero no era mi mucho menos así.

De nada sirvieron las protestas de Heracles alegando, con razón, que había cumplido con creces lo ordenado e incluso había aceptado dos trabajos adicionales más por presuntos defectos de forma de otros tantos de los diez originales; Hera apoyó con fuerza la inhumana imposición y los posibles defensores de su causa, empezando por su padre Zeus, a la hora de la verdad hicieron la vista gorda ya que en el fondo todos estaban incomodados con los arrogantes burócratas por más que no se atrevieran a deshacerse de ellos, pues entonces, ¿quién se haría cargo de su trabajo?

Así pues, Heracles se enfrentó a la titánica tarea de luchar contra la hidra burocrática y, pese a todos sus esfuerzos, ésta resultó ser más resistente que la de Lerna y el resto de los monstruos a los que había hecho morder del polvo. Finalmente, desesperado y humillado, se vio obligado a renunciar a la victoria reconociéndose impotente ante tan invencible ente.

Pese a ello, no salió demasiado mal librado. Conmovidos los olímpicos por su desgracia, reconocieron la imposibilidad de lograrlo castigando a Euristeo por su perfidia y exonerando al héroe del compromiso adquirido, al tiempo que para evitarle problemas futuros Zeus ordenó que tan lamentable suceso fuera borrado de los recuerdos de los mortales y de los dioses, ya que reservaba para su hijo un lugar en el Olimpo una vez que extinguida su vida mortal se convirtiera en uno de ellos, como efectivamente ocurrió.

Pero ésta es ya otra historia.


Publicado el 14-7-2023