Consulta médica (III)
Asclepio echaba literalmente humo. Había perdido una mañana entera intentando convencer a Quirón de que él era médico y no veterinario, por lo cual tan sólo podía tratarle de los males que le afectaran de cintura para arriba; pero la tozudez del centauro le había obligado a explorarle los cascos pese a la advertencia de que carecía de suficientes conocimientos sobre la fisiología y las enfermedades de los cuadrúpedos.
Por si fuera poco éste ni siquiera había quedado satisfecho de su trabajo, con el riesgo de que, pese a sus protestas, pudiera cundir el ejemplo y sus congéneres empezaran a inundarle la consulta, puesto que el carácter amistoso y pacífico -aunque pelmazo- de Quirón era una excepción frente al salvajismo cerril de sus hermanos de raza.
Pero éste no era su único problema. También llevaba fatal la decisión de la Interpretatio graeca para unificar en una única escala a los integrantes de los dos panteones, el griego y el romano, como si ellos tuvieran algo que ver con esos zafios patanes que en su ostentación de nuevos ricos pretendían equipararse con sus refinados colegas griegos... lo cual habían conseguido gracias al consentimiento de los Olímpicos, quienes evidentemente no tenían nada que perder a diferencia de los que como él pertenecían a los estratos inferiores del escalafón divino.
Puede que a Zeus no le hubiera importado identificarse con el fanfarrón Júpiter al no salir perjudicado con la fusión, pero su caso era muy distinto ya que le había tocado cargar con Esculapio, el inútil matasanos incapaz de distinguir entre un dolor de muelas y un parto venerado por los ignorantes romanos... y con su plebeyo nombre ya que hasta sus propios adoradores griegos habían comenzado a invocarle así, algo que le revolvía sus inmortales tripas.
Sin contar con que, además de tener que atender a su clientela dual, su lista de pacientes se había incrementado con todos aquellos dioses y diosecillos específicamente romanos que no habían podido ser homologados con sus correspondientes griegos, todavía más toscos que sus colegas a la par que molestos cuando no insoportables.
Pero como las molestias nunca vienen solas, cuando ya estaba recogiendo para irse a descansar su hija y ayudante Higía, ahora también conocida como Valetudo, le advirtió de la llegada de un nuevo paciente... precisamente uno de los más temidos por él a causa de su contumaz pesadez y su tendencia a aparecer siempre a última hora.
Resignado y conteniendo su irritación se volvió a sentar diciendo a Higía que le dejara pasar, cosa que éste hizo sin respetar las más mínimas normas de la cortesía.
-Doctor, me encuentro muy mal -fue la cantinela con la que a modo de saludo se presentaba siempre-. Tiene que ayudarme.
Asclepio le dirigió una mirada fulminante que éste en su turbación no apreció, aparte de que poco le hubiera importado con tal de conseguir su objetivo. Era un individuo decididamente feo para los refinados cánones griegos, tosco como buen romano y de aspecto repulsivo a causa de la deformidad que le confería la existencia de una segunda cara en la parte posterior de la cabeza.
Se trataba de Jano, un dios romano sin equivalente griego alguno asiduo a su consulta pese a no padecer dolencia alguna que él pudiera tratar, lo que no impedía que recurriera a él siempre que se le antojaba.
-¿Qué le ocurre ahora? -suspiró resignado.
Bien le hubiera gustado mandarle con viento freso y prohibirle volver a su consulta, pero al tratarse del líder de los dioses indigetes no asimilados por la mitología griega y una de las deidades más veneradas por la plebe romana, no le quedaba otro remedio que atenderle mal que le pesara y a sabiendas de que venía a darle la conocida tabarra de siempre.
Y su respuesta, o mejor dicho sus respuestas ya que las dos bocas comenzaron a hablar a la vez, confirmó sus temores.
-¡Por favor, que hable uno solo! -exclamó, incapaz de soportar semejante galimatías.
Tras una sorda deliberación entre ambas dos sensibilidades, finalmente fue -como casi siempre- la frontal la que se erigió en portavoz conjunto, algo lógico puesto que a Asclepio le hubiera resultado incómodo hablar con la occipital a no ser que éste se diera la vuelta.
-Doctor, no puedo seguir así -era el ritual de costumbre-. Necesito que me ayude.
-Es lo que yo deseo -aunque sólo fuera por librarme de ti, añadió mentalmente-, pero estoy harto de decírselo; su problema no es físico, o mejor dicho sí, pero en un caso tan extremo de siamesismo resulta inviable su separación salvo en el caso de que uno de los dos aceptara voluntariamente una extirpación radical en beneficio del otro. Y ni siquiera esto, puesto que comparten incluso el mismo cerebro, por lo que en realidad no se trataría de dos personalidades distintas sino en todo caso de una sola desdoblada.
-Dirá usted lo que quiera, pero el caso es que a mí siempre me toca bailar con la más fea -rezongó el rostro posterior.
-¡Cállate! -le ordenó su gemelo-. Y déjame hablar a mí. Doctor, seremos una sola persona tal como usted dice, pero cada uno de nosotros cuenta con una identidad propia, lo que muchas veces provoca conflictos como cuando éste se empeña en controlar nuestro movimiento... andando para atrás -concluyó mordaz.
-¡Y yo me tengo que aguantar cuando tú te refocilas con una...!
-¿Y qué podrías hacer, con los ojos mirando siempre al culo?
-¡Por favor! -ordenó Asclepio- Nada de discusiones. Centrémonos en el tema.
Una vez calmado el paciente, continuó:
-Ya se lo he dicho, su problema no es médico, sino psicológico -hizo una pausa y continuó, más para sí que para su paciente-. El problema es que como la psicología todavía no se ha inventado, me toca cargar con ello pese a no estar preparado.
-A eso hemos venido -respondieron las dos bocas al unísono.
-Y espero que esta vez quede claro para que no sean necesarias más visitas -zanjó Asclepio-. No son ustedes, es usted, una única personalidad y no dos, aunque entiendo que su peculiaridad fisiológica le haya movido a confusión.
-¿Entonces? -preguntó una de las caras.
-Al igual que todos tenemos dos brazos, dos piernas, dos ojos o dos orejas, usted -puso mucho cuidado en evitar el uso del plural- cuenta con dos caras sin que esto signifique una personalidad doble, tal como ocurre en los hermanos siameses, o un desdoblamiento de la personalidad. Simplemente se ha obsesionado en que no es uno, sino dos, quienes residen en su cabeza, lo cual es erróneo. Es de lamentar que falten todavía tantos siglos para que se inventen los rayos X, la tomografía axial o la resonancia magnética de modo que se pudiera estudiar un cerebro sin necesidad de abrir el cráneo, pero estoy completamente seguro de que, excepto en lo que se refiere a las conexiones nerviosas duplicadas de las dos caras, su cerebro es tan normal como el de cualquier otro.
-Todo eso está muy bien -concedió la cara trasera-, pero ¿cómo lo solucionamos? Porque a mí siempre me ha tocado bailar con la más fea.
-Estudiemos con detenimiento la situación -suspiró el galeno al tiempo que estrujaba febrilmente su memoria-. Usted ya era un dios romano importante antes de la unificación y evidentemente lo sigue siendo aun sin contar con una equivalencia griega, lo cual de por sí es un notable mérito.
Lo que pensaba en realidad Asclepio era muy diferente, pero le convenía dorar la píldora para poder desembarazarse lo antes posible del engorro.
-Piénselo -continuó-. Usted es uno de los dioses favoritos del pueblo romano que le otorgó el epíteto de Dios de dioses, un privilegio del que ni siquiera disfruta el propio Júpiter; ¡si hasta es la única divinidad que cuenta con una colina propia, el Janículo!
-Bueno, eso sí... -concedió la cara delantera, ya esponjada, con la muda aquiescencia de su compañera.
-Veo que nos vamos entendiendo -continuó el divino médico-. Usted goza asimismo de atributos importantes: Sus dos caras simbolizan la visión de los acontecimientos pasados y futuros, el orto y el ocaso del sol, el comienzo del nuevo año con el primer mes bautizado con su nombre, el inicio de todas las obras... Es invocado en todos los sacrificios y se le considera el dios de los orígenes al remontar su existencia al origen de todo y carecer por consiguiente de progenitores. Se le conoce con el apelativo de El que abre y el que cierra ya que las puertas de su templo, uno de los más venerados de Roma, están siempre abiertas cuando estalla una guerra con el fin de que los romanos puedan pedirle auxilio, cerrándose únicamente cuando la urbe goza de paz. ¿Le parece poco?
-Pero esto no resuelve nuestro... mi -se corrigió la cara trasera- problema.
-Es que no existe tal problema salvo en su imaginación, tiene que convencerse de ello y aceptar su propio cuerpo -insistió Asclepio- sin considerarlo una deformidad ni una anormalidad. Vulcano es contrahecho, el noble Quirón, con quien probablemente usted se habrá cruzado, es mitad hombre y mitad caballo, Fauno posee pies de macho cabrío, Tritón y las nereidas tienen cola de pez, Cupido es alado... Debe esforzarse por considerar a su doble cara como una singularidad que le identifica. No puede existir curación porque no nos enfrentamos a una enfermedad ni a una tara... sino justo lo contrario. ¿Cree que no me gustaría a mí poder ver hacia atrás?
-No sé... -rezongó el Jano delantero-. No acabo de convencerme.
-Pues convénzase. Le voy a hacer una pregunta -Asclepio se sentía inspirado-. Imagínese que le extirpara la cara sobrante -evitó cuidadosamente decir la trasera-; ¿piensa usted que seguiría gozando del fervor de sus adeptos? ¿Seguiría siendo considerado el protector de la ciudad? ¿El dios del orto y el ocaso, el del pasado y el futuro, el de los orígenes, el inicio de todas las cosas? ¿Cómo se presentaría en su propio templo carente de su principal atributo?
-Está bien -rezongó el Bifronte-. Supongo que debe tener razón. Le agradezco su interés y le pido disculpas por haberle interrumpido.
-No se preocupe -el anfitrión adoptó su ademán despide pacientes-. Es mi trabajo, y le aseguro que no tiene por qué preocuparse; basta con que no se obsesione con un problema que tan sólo existe en su mente.
Tras lo cual ambos se despidieron cordialmente. Apenas había traspuesto su visitante el umbral cuando Asclepio cambió la fingida sonrisa por el aspecto real de su estado de ánimo, que no era precisamente alegre.
-¡Higía! -llamó imperativo, ordenándole:
-A partir de este momento no estoy absolutamente para nadie. ¿Entiendes? Ni siquiera para el propio Zeus, Júpiter o como quiera que se le antojara presentarse. Estoy hasta la mismísima serpiente de la vara de estos pelmazos, y yo también tengo derecho a descansar. Si viene alguien, le dices que no estoy y que vuelva mañana.
Una vez que la muchacha se hubo marchado, explotó:
-¡Por todos los engendros del Tártaro, ya está bien de explotación! ¿Quién se creen que soy estos paletos? Ya está bien de ejercer como veterinario o psicoanalista milenios antes de que se inventen estas profesiones, una cosa es ser inmortal y otra muy distinta tener más paciencia que ese tal Job del que tanto se habla. Como me sigan hartando igual me largo al Walhalla, allí sólo tendría que atender empachos, borracheras y heridas de arma blanca, un balneario vamos.
Publicado el 25-12-2025