El sesgo de quererte, un romance otoñal




Desde que comencé a leer -más bien a devorar- bolsilibros cuando tendría alrededor de diez años, muy pronto se perfilaron mis preferencias por los diferentes géneros dando prioridad absoluta a los de ciencia ficción, con diferencia mis favoritos. Con el tiempo sondeé otros géneros, de los cuales no me disgustaron los policíacos y de espionaje y, años más tarde puesto que su aparición fue tardía, los de terror. El género bélico no me atrajo demasiado por su temática aunque en su día leí bastantes historietas de Hazañas bélicas, y los que nunca me gustaron por parecerme rutinarios, pese a ser los más populares entre los lectores masculinos, fueron los del oeste.

Pero los que si la memoria no me falla jamás leí ni una sola vez fueron los románticos, también conocidos como género rosa. Primero de crío porque era cosa de chicas -tampoco ellas solían leer los nuestros-, y posteriormente porque no me interesaban en absoluto pese a que con los del oeste -juntos pero no revueltos- acaparaban la mayor parte de las ventas, en el caso de los primeros gracias al enorme tirón de los escritos por Corín Tellado. Aunque, justo es reconocerlo, los romances se colaban por la puerta de atrás merced a los obligados finales felices de los bolsilibros de ciencia ficción, la mayor parte de ellos forzados.

Quién me iba a decir que a estas alturas de mi vida habría de leer por primera vez un bolsilibro rosa por culpa de Alfonso M. González, empeñado desde hace tiempo no sólo en resucitar este desaparecido formato sino en hacerlo también a través de sus diferentes géneros: ciencia ficción, terror, bélico, oeste... y ahora rosa.

En realidad la literatura romántica ocupa un importante lugar en la casa común de la literatura general, existiendo infinidad de clásicos tan dispares entre sí como Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Orgullo y prejuicio, Romeo y Julieta, El jorobado de Notre Dame, La Celestina, La Regenta, La dama de las camelias... sin contar con infinidad de novelas que, sin ser propiamente románticas, entreveran las relaciones amorosas en sus argumentos.

Pero un bolsilibro... Lo empecé a leer, lo reconozco, temiendo internarme en una terra incógnita, pero la verdad es que acabó gustándome aunque esto es algo que ya no me sorprende a estas alturas estando Alfonso por medio. Porque no sólo escribe bien, no sólo ha sabido adaptarse al antiguo formato de los bolsilibros, sino que además, emulando a los sufridos escritores que los nutrieron durante décadas, ha demostrado poseer un camaleonismo literario capaz de adaptarse a cualquier género que se le ponga por delante. Lo cual, para mí, tiene mucho mérito.

Y es que además lo hace bien gracias a lo que se podría llamar el toque Dick , con el que yendo más allá de las limitaciones de los bolsilibros clásicos se las apaña para decir mucho más de lo que parece tal como ocurre con El sesgo de quererte, su primera incursión en el género rosa.

En una primera aproximación se podría decir que el argumento es el clásico habitual de chico conoce chica, con algunos impedimentos de uno u otro tipo que como era de esperar acabarán siendo salvados; aunque en este caso se trata de un romance otoñal que me recordó un tanto a Los puentes de Madison , la inusual -y magnífica- incursión de Clint Eastwood en un campo tan alejado de su filmografía habitual.

Pero, insisto una vez más, los neobolsilibros de Alan Dick Jr. suelen tener una profundidad de la que carecían la mayor parte de los bolsilibros clásicos, con los cuales comparte la forma pero no tanto el fondo; porque lejos de mostrarnos un mundo tan almibarado como irreal, nos encontramos con detalles que enriquecen el argumento a la par que denuncian facetas negativas cuando no reprobables de la vida cotidiana, pero lamentablemente frecuentes en el día a día.

Y lo hace con razón, tal como explican sus propias palabras:


Pensé que tendría más problemas para escribir un bolsilibro romántico. Reconozco que no es mi género favorito y leí varios, así como novelas más largas, para estudiarlo. El caso fue que finalmente lo organicé como si fuese un guión de cine de una de esas comedias románticas. Creé dos personajes que en principio no pueden caer en las “garras” de un amor arrebatador, para hacerlo más impactante cuando sucede. También necesité mi plantel de antagonistas para poner freno a la relación... ¿qué sería de una novela de estas sin ellos? En cuanto al supuesto componente de ciencia ficción que me han achacado algunos lectores, ¿pueden demostrar que hay algo de sci-fi en el bolsilibro? Dejo ahí el debate.


En resumen, El sesgo de quererte es una novelita romántica, sí, pero también bastante más sin que tampoco falte el MacGuffin habitual en el universo personal de Alan Dick Jr.


Publicado el 21-10-2025