Prólogo a Science & Fiction. Dick Conderoga

Hasta hace poco, lo único que sabía de Julio Vázquez Gimeno era que, bajo el seudónimo de Dick Conderoga, había escrito nueve bolsilibros de ciencia ficción publicados en 1956 por la editorial Mateu en la colección Sciencie & Fiction, siendo ésta su única contribución al género y asimismo su única incursión en el ámbito de los bolsilibros, aunque fuera de él abordó el género humorístico con varias novelas, tres de las cuales fueron premiadas en la Olimpiada del Humor de Valencia. También cultivó la poesía y dejó escritos inéditos.
De hecho, aunque tenía desde hacía tiempo uno de sus bolsilibros ni siquiera lo había leído, conservándolo más como curiosidad que por afán coleccionista pese a la rareza del mismo.
Todo cambió cuando hace unos meses los amigos de ACHAB anunciaron la reedición completa de la colección Sciencie & Fiction, al tiempo que me invitaban a escribir el prólogo. En un principio me mostré reticente dado que, tal como he explicado, no conocía absolutamente nada de este escritor, salvo su nombre y seudónimo y los títulos de sus novelas, pero tras prometerme que me enviarían las copias digitales de los ocho bolsilibros que me faltaban -del mío me encargué de digitalizarlo yo-, así como la información que habían podido recopilar sobre el autor, no pude negarme y, por qué no reconocerlo, accedí con gusto.
Gracias a dos artículos de Maribel Outeriño publicados en el diario La Región1, junto con la información proporcionada por su familia -agradezco especialmente su amabilidad a su sobrina nieta Inés Vázquez- y algún dato encontrado en internet, pude pergeñar un esbozo de su ajetreada y en absoluto convencional vida.
Julio V. Gimeno -así firmaba cuando le dejaban hacerlo con su propio nombre- nació el 9 de agosto de 1909 en la localidad pontevedresa de Porriño en el seno de una familia acomodada pero muy poco convencional para la época, lo que sin duda influyó en su afición por la cultura y al arte, así como en su tendencia a hacer de su capa un sayo. Falleció el 12 de marzo de 1984 en Orense a los 75 años de edad, siendo enterrado junto a su esposa en el cementerio de la parroquia de El Salvador de Rabal, una pequeña aldea perteneciente al municipio orensano de Celanova.
Con tan sólo 17 años, y al igual que otros muchos paisanos suyos, emigró a Argentina acompañando a su padre, que retornó poco después a España mientras él se buscaba la vida en Buenos Aires en el sentido más barojiano del término, tal como relataba él mismo en la entrevista que le hizo Maribel Outeriño apenas dos meses antes de su fallecimiento. Como anécdota, cabe reseñar que fue testigo de la triunfal llegada del Plus Ultra a Buenos Aires el 10 de febrero de 1926.
Tras dos años de peripecias de todo tipo en Argentina, algunas de ellas según confesión propia poco edificantes, Julio decidió volver a España, período en el que cursó estudios en los jesuitas de Vigo. En 1937 entró a formar parte de la plantilla de La Región, en la que ejerció de redactor todoterreno abordando desde entrevistas y crónicas deportivas hasta necrológicas y horóscopos -según afirmaba cuando le faltaba información echaba mano de la imaginación- hasta su jubilación.
Asimismo frecuentó los círculos artísticos y literarios de Orense, trabando amistad con personajes notables en Galicia, algunos de la talla de Vicente Risco. Un personaje en suma, interesante al que me hubiera encantado conocer, ya que, según su sobrina nieta, era jovial, culto y de agradable conversación, así como dotado de un agudo sentido del humor que para mí es uno de los síntomas indefectibles de inteligencia.
Tal como he apuntado la colección Sciencie & Fiction fue publicada por la editorial Mateu, fundada en Barcelona en 1944 por Francisco Fernández Mateu y desaparecida en 1973. Pese a no ser una de las más importantes, sí alcanzó una notable relevancia principalmente en el ámbito de la literatura juvenil, destacando las diferentes colecciones que compartían el título común Cadete, aunque también abordó otros nichos de mercado al igual que hicieran Bruguera, Toray o Valenciana.
Sin embargo, a excepción de la citada Sciencie & Fiction Mateu no prestó demasiada atención a la ciencia ficción, ya que según La Tercera Fundación aparte de ella tan sólo publicó algunos títulos sueltos en sus diferentes colecciones, sin llegar a crear una dedicada específicamente a este género.
Asimismo Sciencie & Fiction, aparte de su brevedad, fue su única incursión en los bolsilibros de ciencia ficción, siendo Julio V. Gimeno el único autor que colaboró en ella bajo el consabido seudónimo anglosajón de Dick Conderoga a causa de la habitual excusa de los editores de que éstos vendían más que los nombres españoles. Seudónimo que el propio autor, en la entrevista realizada por Maribel Outeriño, afirmaba haber tomado del nombre de un barco; sin duda del USS Ticonderoga, un portaaviones norteamericano botado en 1944 que desempeñó una importante labor durante la Guerra del Pacífico permaneciendo en activo hasta que fue dado de baja en 1973. Aunque no hay manera de saber por qué razón eligió este barco y no otro, cabe suponer que pudiera deberse a lo sonoro de su pronunciación y al exotismo del nombre.
No obstante, como buen gallego se las apañaría para reivindicar su autoría pese al camuflaje del seudónimo, ya que en los nueve títulos de la colección, firmados en la portada como Dick Conderoga, se puede leer en los créditos Versión española de Julio V. Gimeno, una triquiñuela que objetivamente era cierta, puesto que no existía una presunta versión original en inglés de la que la española pudiera ser su supuesta traducción; lo que no evitaba que la colección fuera anunciada en la prensa barcelonesa presentándole como el gran autor americano de la editorial Mateu.
Es una lastima que no continuara escribiendo bolsilibros de ciencia ficción, ya que oficio no le faltaba. Aunque desconozco los motivos por los que la colección Sciencie & Fiction no tuvo continuidad, cabe suponer que se debiera a que no pudo resistir la dura competencia de colecciones como Luchadores del Espacio y Espacio, entonces ambas en auge, al igual que les sucedió a sus contemporáneas Futuro, Kemlo, Robot o Vida Futura. Lo que resulta menos comprensible es que Julio V. Gimeno no intentara publicar después en alguna de las dos grandes, algo que según todas las evidencias tampoco ocurrió posiblemente porque no le apetecería.
Entrando en un análisis de las novelas, cabe indicar que éstas corresponden a las entregas sucesivas de un único relato estructurado en forma del tradicional y ya entonces anticuado serial, con episodios más o menos autoconclusivos que podrían estar rematados con el clásico continuará. A mediados de los años cincuenta todavía se publicaban algunos seriales, principalmente en Luchadores del Espacio aunque cada vez se fueron haciendo más infrecuentes; pero éstos solían ser más cortos e incluso la propia Saga de los Aznar, que llegó a alcanzar treinta y tres títulos en su primera etapa, estaba estructurada en forma de episodios de no más de cuatro o cinco entregas enlazados argumentalmente, pero independientes entre sí.
Curiosamente esta fórmula de episodios serializados sería adoptada años después por las series de televisión de mi infancia tales como Los invasores, Perdidos en el espacio, Viaje al fondo del mar o El túnel del tiempo, y ya no tanto por Star Treck.
La serie de Dick Conderoga, por el contrario, constituye un relato único al que podríamos denominar bien por el título de la primera novela, Los cielos robados , bien por el nombre de su protagonista, Anthony Hill, que es quien vertebra la historia. O, echándole imaginación, podríamos incluso bautizarla -al fin y al cabo hasta la mismísima Saga de los Aznar no se llamó así hasta la reedición de los años setenta- como Fugitivos de Bértida , por razones que explicaré más adelante.
Aunque obviamente no voy a desvelar el argumento de las novelas, ni los amigos de ACHAB con toda la razón del mundo me lo permitirían, sí considero importante ofrecerles un aperitivo para estimular su interés por estas novelitas, advirtiendo eso sí que es necesario leerlas sumergiéndonos en la época y en el entorno en que fueron escritas y, por supuesto, prescindiendo de prejuicios y asumiendo con benevolencia sus inevitables carencias tanto en el campo científico como incluso en el argumental; les aseguro que si lo hacen así podrán gozar de su ingenuidad, no diferente a la de otros muchos bolsilibros de su época, y de sus abundante hallazgos narrativos, en ocasiones sorprendentes por su originalidad.
Asimismo se pueden rastrear en ellas, o al menos así me lo pareció, influencias de obras literarias -el bagaje cultural de Julio V. Gimeno, según todos los indicios, debía ser más que considerable- de la talla de la Odisea o de los Viajes de Gulliver, junto con un agradable regusto a space ópera antigua similar al de otros muchos bolsilibros de su época, cuando todavía no había empezado a llegar a nuestro país la ciencia ficción de la Edad de Oro norteamericana y los autores españoles se tenían que apañar con lo que conocían, la antigua literatura pulp anterior a la Guerra Civil y, con toda probabilidad, el popular cine de serie B que, a diferencia de la ciencia ficción literaria, continuaba ciñéndose a estos antiguos moldes. Puesto que nuestro autor era también un gran cinéfilo y de hecho una de sus tareas como periodista era ejercer de crítico cinematográfico, cabe suponer que conocería bien las películas de ciencia ficción norteamericanas que entonces se exhibían en España.
La historia en sí es sencilla y, no se preocupen, no les voy a reventar nada: Anthony Hill, un anónimo joven residente en una pequeña aldea galesa -curiosa elección, cuando lo normal era hacer a los protagonistas norteamericanos o, como mucho, ingleses-, es secuestrado por los tripulantes de un ovni que lo traslada a Bértida, un remoto planeta ubicado en el sistema de Alfa Centauro -aunque es preferible olvidarse de las arbitrarias referencias astronómicas que aparecen en las novelas-, donde lo retienen junto con otros muchos terrestres -¡incluido Hitler!- en éste y en otros planetas que han colonizado, por razones que no voy a desvelar ya que el interés radica precisamente en seguir la pauta marcada por el autor.
Como cabe suponer, Hill no está precisamente de acuerdo con el futuro que le deparan sin haber contado con su opinión, razón por la cual decide escaparse acompañado por varios fugitivos -y fugitivas, conviene no olvidar que el romance bolsilibresco era inevitable- que se irán sumando o descolgándose a lo largo de los sucesivos episodios, siempre perseguidos tenazmente -aquí resulta inevitable recordar, aunque no sea de ciencia ficción, la antigua serie televisiva El fugitivo- por un infatigable sabueso, el también inevitable malvado, empeñado a toda costa en capturarlos y devolverlos a un planeta que tenían prohibido abandonar.
A partir de este momento el autor nos sumerge en una interminable fuga de tintes homéricos a través de un peculiar universo que les lleva de planeta en planeta, a cada cual más exótico, original y en ocasiones hasta estrambótico; pero aquí es donde radica precisamente la gracia del relato, adobado por un sentido del humor -uno de los puntos fuertes de Julio V. Gimeno- que contrasta con la triste y gris realidad de la España franquista de mediados del siglo XX.
En resumen, se trata de aventura en estado puro despreocupada de cualquier sometimiento a las normas de la ciencia e incluso de la lógica, pero es justo aquí, vuelvo a insistir, donde radica su atractivo al igual que ocurre con Doc Savage, Flash Gordon o John Carter o, si lo prefieren, con Ultimátum a la Tierra, Planeta prohibido, El enigma de otro mundo, La Tierra contra los platillos volantes o La invasión de los ladrones de cuerpos, y nadie se rasga las vestiduras por ello... al menos en los Estados Unidos, porque ya sabemos que aquí siempre acaba apareciendo alguien más papista que el Papa excomulgando urbi et orbe a toda aquél que ose disfrutar de una ciencia ficción que no se ciña a sus particulares y excluyentes criterios de calidad; ellos se lo pierden.
Por mi parte, les recomiendo que lean esta primera entrega de la serie sin prejuicios y dejándose llevar por ese esquivo sentido de la maravilla que tanto nos embargaba en nuestra infancia para abandonarnos ingratamente al convertirnos en adultos. Disfrutarán, se lo aseguro
In memoriam Joaquín Vidal
Este prólogo debería haber estado firmado por Joaquín Vidal y por mí. De hecho, ya habíamos barajado algunas ideas sobre la forma de redactarlo. Pero el 26 de junio de 2025 me llegó la mala noticia en un correo remitido por su hijo David: su padre había fallecido repentinamente el día anterior.
Huelga decir que me quedé anonadado y, por supuesto, desolado. Habíamos simpatizado de forma espontánea, sin duda la mejor manera de forjar una amistad, y eran muchos los años que llevaba colaborando con él ya que compartíamos aficiones comunes y en especial la ciencia ficción, rescatando del olvido numerosos bolsilibros que yo copiaba y ambos corregíamos, aunque el mérito era esencialmente suyo ya que restauraba las portadas, maquetaba los textos y los imprimía en ediciones facsímiles, no por artesanas menos meritorias que las originales. Asimismo escribimos conjuntamente La Saga de los Aznar. Ensayo, publicado por ACHAB, y colaboramos en 100 años de Pascual Enguídanos, una obra colectiva editada por el Ayuntamiento de Liria en conmemoración del centenario del nacimiento del autor de la Saga de los Aznar.
Por paradójico que parezca nunca llegamos a reunirnos personalmente; los intentos de hacerlo en algún lugar intermedio -él vivía en Zaragoza y yo vivo en Alcalá de Henares- quedaron truncados por la pandemia, y más adelante por una u otra razón se fueron dilatando. Por desgracia esto ya no podrá ser posible, y bien que lo siento al igual que lamento no poder volver a colaborar y a charlar con él, puesto que nuestra amistad a distancia fue tan sólida como satisfactoria.
Te echaré de menos, Joaquín y como homenaje póstumo, dado que no puedo hacer otra cosa, te dedico este prólogo que tú también deberías haber firmado, porque te lo merecías más que yo.
1 Julio V. Gimeno, un orensano maestro de la
ciencia-ficción de los años sesenta . Enero de
1984.
Vázquez Gimeno, un tipo digno de ser conocido.
9-3-2009.
Publicado el 19-11-2025