Los DVD cargantes





A más de uno le gustaría vernos así, como los disciplinantes de la Inquisición de Eugenio Lucas


Siguiendo adelante con mi particular relación de artilugios con mala leche, es decir, ideados para complicarnos la vida al común de los mortales de forma tan irritante como gratuita, sin duda ocupan en la misma un lugar de honor las grabaciones de películas en formato DVD o, por expresarlo con mayor precisión, ciertos añadidos totalmente innecesarios y fuera de lugar -al menos desde mi particular punto de vista- que acostumbran a incorporar muchos de ellos -aunque por fortuna no todos- a modo de reto a nuestra paciencia.

Me explicaré con un ejemplo. Imaginen que ustedes tienen en sus manos el DVD de una película obtenido de forma totalmente legal, es decir, comprado, alquilado en un videoclub -suponiendo que todavía quede alguno de estos otrora populares establecimientos- o prestado en una biblioteca pública. Es decir, nada de intentar emular a Barbarroja, el Corsario Negro o Jack Sparrow, ni de realizar cruceros virtuales por el Caribe con escala obligada en la isla de la Tortuga; no sólo somos legales, sino que además lo parecemos.

Ah, se me olvidaba, tampoco es ninguno de esos DVD promocionales con los que al comprarlos te regalan un periódico -¿o es al revés?- y que, como contraprestación a su precio reducido con respecto al normal en el mercado, te “regalan” con una publicidad previa por gentileza del patrocinador.

No, supongamos como hipótesis de trabajo que el DVD de marras ha sido adquirido, pongamos, en El Corte Inglés o en la FNAC, que tampoco quedan ya tantos sitios donde poder agenciarte una película o un disco de música, y que ni tan siquiera nos han hecho descuento. Por lo tanto, es completamente legal y ha costado sus buenos dineros a ti, al dueño del videoclub o a la biblioteca pública de tu barrio, según el caso, impuesto revolucionario de la SGAE y demás gabelas incluidos.

Sigamos. Coges tu DVD, lo sacas de la caja peleando con el dichoso soporte central que lo sujeta a la carcasa -otra inefable muestra de la mala leche inventora-, lo colocas en la bandeja del reproductor que previamente has abierto, le das a “play” y te repantingas plácidamente en tu sillón favorito, impaciente por deleitarte con esa película que tanto te interesaba.

Y será justo entonces cuando empiece la penitencia. Antes de salir la página del menú principal, donde además de darle a la reproducción de la película los sibaritas podrán seleccionar otras opciones tales como el idioma o los subtítulos -los créditos y los extras será mejor dejarlos para el final-, te saldrán, más o menos por este orden, la larga carátula de la distribuidora, que lo normal es que te importe tres pimientos, y el aviso de que si eres malo, malísimo, y violas los derechos de autor de vete a saber quién -si la película es americana no creo que les vaya a preocupar demasiado que te la haya prestado tu cuñado- arderás en los infiernos legales, al cual seguirá en ocasiones, aunque no siempre, un “simpático” corto en el cual, redundando en lo anterior, se te avergonzará convenientemente por haber pirateado presuntamente material protegido por los derechos de autor. Manda gónadas.

Pero la tortura no habrá hecho más que empezar. Una vez terminada toda esa caterva de admoniciones antipirateo, que no puedo evitar que me recuerden a los apocalípticos sermones que nos soltaban en el colegio -religioso, por supuesto- al que me llevaban mis padres cuando era tan solo un tierno infante, y he de aclarar que eran los tiempos anteriores al concilio Vaticano II, aunque a juzgar por lo que nos decían bien podría haberse tratado del de Trento, y cuando ya respiras tranquilo deseando que el dichoso menú de inicio aparezca de una puñetera vez, con un poco de suerte empezará una nueva ordalía, esta vez protagonizada por los vídeos promocionales -o “trailers”, en la jerga del mundillo- de películas realizadas por la misma productora y que, con independencia de que te pudieran interesar o no, en ese momento vienen a caer como a un Cristo dos pistolas.

Vamos, que el sufrido y frustrado espectador tan sólo echará de menos el NODO, con Franco inaugurando un pantano o con los niños de la Operación Plus Ultra viajando por vete a saber donde, e incluso los entrañables anuncios de Movierecord, con una sola “r” pasándose por la montera las reglas de la Real Academia de la Lengua.

He de añadir que los pérfidos responsables de estos indeseados aperitivos habrán tenido en cuenta también la muy humana reacción de coger el mando a distancia y pulsar el botón que debería saltar directamente al menú de inicio o, en su defecto, al de salto de pistas hasta encontrar la deseada, mandando a hacer puñetas toda la morralla previa; pero esto hubiera resultado muy sencillo, y su labor de torturador intelectual habría quedado en entredicho salvo en los casos en los que el espectador tuviera su puntito masoquista; que pese a todo supongo que debe de haberlos, ya que de no ser así no se explicaría la programación noctámbula de los canales de televisión a base de teletiendas, teleadivinos y teleengañifas varias.

Así pues, por mucho que te empeñes en pulsar los citados botones, lo único que conseguirás será que aparezca, en la esquina superior izquierda de la pantalla, un iconito representando la señal de prohibición de aparcar -al menos esto es lo que sale en la mía- y que viene a significar algo así como “joróbate, pardillo, que te tendrás que tragar todo esto aunque no quieras”. Y así ocurre, efectivamente.

En ocasiones será posible lograr una victoria parcial -menos da una piedra- pulsando al botón de avance rápido que tan útil resulta para cepillarte las interminables tandas de anuncios que acostumbran a aparecer, siempre en el momento más inoportuno, en las grabaciones que has realizado desde cualquier canal de televisión; pero como la perversidad de los editores puede llegar a ser extrema y digna émula de la de los personajes más siniestros de la historia de la humanidad, no resulta infrecuente que ni siquiera sea posible acogerse a este recurso, viéndote en la obligación de tragarte enteritos carátulas, sermones y publicidad descarada... y menos mal que no te añaden además los mensajes de navidad del mandamás -o mandamenos- de turno, porque entonces sería ya para cortarse las venas.

Al menos, siempre nos quedará el recurso de quitar el sonido; aunque mejor no lo digo muy alto, no sea que se llegue a enterar alguno de estos hombres de negro y se aproveche de mi inadvertida “sugerencia”. Y si no, al tiempo.

Ahora recapitulemos, que no es moco de pavo.

Respecto a lo primero, los sermones antipirateo, conviene no olvidar que no es sólo una cuestión de tabarra el obligarte a tragar cosas que no te interesan lo más mínimo y que en este contexto no vienen a cuento, ya que se trata de un abuso intolerable hacia el cliente. Porque, permítanme que insista en ello de nuevo, se trata de un DVD que has comprado con tu dinero -o que han comprado, etc., etc.-, total y absolutamente legal, tanto en su adquisición como en su reproducción. Así pues, está de sobra todo intento de criminalizarte presuntamente, por mucho que toda esta retahíla de advertencias, admoniciones y amenazas más o menos veladas pongan cachondos a los sabuesos de la SGAE y demás ralea. ¿Se imaginan ustedes que les cachearan a la salida de un supermercado “por si acaso se llevaban algo sin pagar”, o que los libros incorporaran un prólogo de obligada lectura -y mientras no la hiciéramos no pudiéramos seguir adelante- en el que se tipificaran todos los posibles delitos contra los derechos de propiedad intelectual? ¿O que al comprarnos un coche nos obligaran a ver toda una serie de vídeos sobre accidentes de tráfico?

Pues eso.

En cuanto a la parte publicitaria, pues más de lo mismo. De todos es sabido que la publicidad puede ser la contrapartida a un bien que se ofrece gratuitamente, tipo canal de televisión -excepto los de pago-, periódico gratuito -cada vez menos, por eso de la crisis- o similares. Ya la publicidad en los periódicos de pago empieza a ser discutible, pero lo toleraremos por mor de la acendrada tradición de esta financiación mixta y porque además sus finanzas van de pena. Además, siempre podrás saltarte los anuncios de un periódico empezando a leerlo por donde más te plazca y sin que nadie te pueda obligar a tragarte los “consejos de nuestros patrocinadores”.

Pero es que, además, un DVD no se puede comparar en modo alguno a un periódico; en todo caso habría que hacerlo con un libro, y ya se sabe que los libros, por lo general, no suelen cargar con publicidad de ningún tipo, ya que no se puede considerar como tal la información de la solapa o la contraportada acerca de otras obras del autor o de la colección. Además, en el caso insólito de que un libro trajera publicidad, siempre podríamos saltárnosla.

Así pues, me parece de todo punto intolerable -además, claro está, de extremadamente cargante- que en un DVD comprado -discúlpenme si me pongo pesado sobre este detalle- te enchufen publicidad de cualquier tipo, y tanto me da que se trate de otras películas que pudieran o no interesarte -generalmente no, qué se le va a hacer-, de lavadoras inteligentes que lavan sin agua y sin detergente o de bebidas superenergéticas que te ayudan a adelgazar mientras haces botellón los fines de semana de madrugada. La publicidad, insisto una vez más, tiene -o al menos debería tener- sus nichos perfectamente delimitados, y desde luego en el caso que nos ocupa está tan de más como un rapero en el concierto de Año Nuevo de Viena.


Publicado el 23-7-2012