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Publicidad cansina
Y en ocasiones francamente cargante, cuando no directamente atentatoria contra la intimidad. Me estoy refiriendo, en concreto, a la manía que tienen de llamarte por teléfono para incordiarte con cualquier cosa que suele no interesarte lo más mínimo... llegando con mucha frecuencia a unos extremos que ponen a prueba no ya tu capacidad de aguante, sino incluso tu propia educación, tal como me ocurrió hace ya varios años cuando llamaron a casa para darme la tabarra -no recuerdo es para qué, pero esto es irrelevante- y, al responder que no me interesaba y que no quería que me molestaran más, la ínclita -porque era una chica- me soltó muy ofendida que ella estaba haciendo su trabajo, lo que me obligó a recordarle que yo había estado muy tranquilo en mi casa sin molestar a nadie hasta que habían ido a incordiarme. Y colgué, claro. Pero ahora todavía es peor, y vayan dos ejemplos recientes a título de muestra, aunque podrían ser muchos más. Poco antes de las fiestas de navidad me llamó al trabajo alguien que se identificó como empleada -era una mujer- de una empresa de seguros de la que jamás he sido cliente, pero la cual dispone de una base de datos de todos nosotros debido a algún tipo de prestación de servicio a nivel institucional. Por supuesto, querían mandarme a un vendedor para enchufarme un seguro. Y por supuesto yo no quería contratarlo, y así se lo dije explícitamente. Pasó entonces a ofrecerme otros servicios financieros, que igualmente rechacé. No cejando en su empeño me mareó con un plan de pensiones, que sólo la educación me impidió sugerirle por donde se lo podían introducir... porque a esas alturas, lo confieso, empezaba a estar ya bastante harto. No contenta con ello, rozó, o mejor dicho, atravesó los límites de la impertinencia preguntándome en qué banco tenía los ahorros, algo que como cabe suponer me negué en redondo a responder. Todavía, creo recordar, me siguió mareando con algún que otro rollo que, por variar, rechacé también sin dejar el menor resquicio a la duda; y cuando a costa de llevar un buen rato aguantando la tabarra y negando más veces que san Pedro pensaba ya, iluso de mí, que me iba a dejar en paz, va la buena señora y me suelta (la transcripción no es literal, pero sí ajustada a los términos): Bueno, ya sé que ahora viene una época mala con las fiestas, así que, ¿cuándo le vendría bien que fuéramos a visitarle una vez pasados Reyes? Lo juro, la hubiera estrangulado con el propio cable del teléfono, de haber podido. Pero como uno, al fin y al cabo, procura ser educado, me limité a decirle, de forma tan tajante como fui capaz, que lo que quería era que no me fueran a ver ni pasados Reyes, ni nunca. Por fortuna pareció entender la indirecta... o por lo menos eso espero, aunque con esta gente nunca se sabe. Y ahora va otra, de ayer mismo. Estaba tranquilamente en casa, trabajando en el ordenador sin meterme con nadie, cuando sonó el teléfono. El autor de la llamada se identificó -en esta ocasión era varón- como trabajador de una empresa telefónica de la cual, por variar, ni soy cliente ni lo seré en la vida, por razones que no vienen al caso y que hace ya tiempo me hicieron jurarle odio eterno, como Aníbal a los romanos; así pues, pinchaba en hueso. Pero esto último resulta irrelevante para lo que estamos comentando ahora. Puesto que siempre he sido partidario de una muerte limpia y piadosa antes que de una larga agonía, y dado que bajo ningún concepto pensaba aceptar sus ofertas ni aunque me lo rogara el mismísimo Aga Khan, le corté en seco diciéndole de forma, eso sí, educada, que no me interesaba, tragándome por compasión hacia el propio teleoperador, que al fin y al cabo bastante tenía con bregar con un trabajo desagradable y mal pagado, mi opinión acerca de los cabritos de sus jefes y de la intolerable e insoportable agresividad de sus prácticas publicitarias, así como mi deseo de que me dejaran tranquilo hasta que las ranas criaran pelo. Pese a mi buena voluntad, fue como intentar dialogar con un muro de ladrillos. El tío hizo oídos sordos o, mejor dicho, ignoró olímpicamente mi respuesta, comenzando a soltarme el rollo como un papagayo o como si de una grabación automática se tratase; y como no creo que para ese trabajo contraten a autistas ni a personas duras de oído, la verdad es que me mosqueé bastante. Todavía de forma educada, pero ya en un tono de voz considerablemente más fuerte, le repetí el mensaje... y fue como si le hubiera hablado en swahili, o en un dialecto papú. El tío siguió con su perorata completamente inasequible al desaliento, así que por tercera y última vez, que uno ni es Job ni pretende serlo, le grité que seguía sin interesarme y colgué; y aún me quedé con las ganas de mandarle a cierto sitio maloliente y pringoso. Casualidad o no el teléfono volvió a sonar apenas un minuto después y, aunque mi intención era la de acordarme de todos sus antepasados desde Adán para acá, esta vez fue él el que me colgó, ignoro si a modo de estúpida venganza o si por error, el muy chapuza, volvió a marcar mi número. Así pues, y visto lo visto, que luego no vengan quejándose los teleoperadores de que la gente les responde de forma airada o maleducada; independientemente de que estén mal pagados y explotados, y de que tengan que soportar groserías de todo tipo que evidentemente repruebo, lo cierto es que si todos actúan como el que me incordió a mí, mucho me temo que tan sólo la imposibilidad material de hacerlo les garantiza su integridad física. Porque ya está bien no sólo de dar la lata invadiendo tu intimidad e interrumpiéndote a cualquier hora para darte la tabarra, sino todavía más de rebasar todos los límites del respeto a un cliente potencial al que, en esas circunstancias, lo más probable es que no sólo espanten, sino que también vacunen para siempre. Y eso que según la ley 29/2009 de 30 de noviembre de 2009, publicada en el BOE del 31 de diciembre, por la que se modifica el régimen legal de la competencia desleal y de la publicidad para la mejora de la protección de los consumidores y usuarios, y más concretamente en su artículo 29, se regula lo que se considera prácticas agresivas por acoso: 1. Se considera desleal por agresivo realizar visitas en persona al domicilio del consumidor o usuario, ignorando sus peticiones para que el empresario o profesional abandone su casa o no vuelva a personarse en ella. 2. Igualmente se reputa desleal realizar propuestas no deseadas y reiteradas por teléfono, fax, correo electrónico u otros medios de comunicación a distancia, salvo en las circunstancias y en la medida en que esté justificado legalmente para hacer cumplir una obligación contractual. El empresario o profesional deberá utilizar en estas comunicaciones sistemas que le permitan al consumidor dejar constancia de su oposición a seguir recibiendo propuestas comerciales de dicho empresario o profesional. Para que el consumidor o usuario pueda ejercer su derecho a manifestar su oposición a recibir propuestas comerciales no deseadas, cuando éstas se realicen por vía telefónica, las llamadas deberán realizarse desde un número de teléfono identificable. Porque, huelga decirlo, hasta entonces y yo diría que incluso hasta bastante después de la entrada en vigor de esta ley, solían llamarte desde teléfonos ocultos, siendo bastante fácil imaginar por qué motivos. El caso es que, casualidad o no, la publicidad institucional que se ha dado a esta ley, pese a su importancia, ha sido virtualmente nula... pero ya se sabe que quienes tendrían que poner coto a estos abusos, es decir, aquellos que nos (des)gobiernan, en casos como éste suelen acostumbrar a ponerse a silbar mirando hacia otro lado. Publicado el 17-1-2012 |