Pollo por liebre





No, no me he equivocado al tomar el conocido refrán de gato por liebre como título; simplemente, me ha parecido idóneo para ilustrarlo, ya que la temática del mismo está dedicada, precisamente, a esta democrática volátil... aunque en realidad no vuele.

He de confesar, justo es decirlo, que jamás he sido demasiado aficionado a comer carne de pollo; ciertamente no puedo decir que no me guste, ya que lo que ocurre en realidad es que no me sabe, sobre todo en comparación con otras carnes más sabrosas tales como la de ternera, cordero, e incluso la de cerdo convenientemente adobada. Cierto es que lo que hace décadas era casi un producto de lujo -el pollo de corral-, convertido en símbolo de opulencia en la hambrienta España de la posguerra por el genial Carpanta de Escobar, a partir de los años sesenta se convirtió en un mero producto industrial -en el peor sentido de la palabra- hasta devenir en la carne más barata del mercado, a cambio claro está de convertirse en algo parecido a un derivado insípido del polietileno.

En cualquier caso nada hay más lejos de mi intención que intentar convencer a nadie de mis personales aficiones gastronómicas, sobre todo siendo consciente de que, pese a la insulsez de los pollos industriales que nos venden, hay mucha gente a la que les gustan hasta el punto de que jamás los cambiarían por un buen chuletón sangrante y poco hecho... ya se sabe, sobre gustos no hay nada escrito y no seré yo el primero que intente hacerlo.

No, no van por ahí los tiros, sino por algo mucho más objetivo -y descarado- como es el hecho de que muchos profesionales de la industria de la alimentación y del gremio de la hostelería se aprovechan de esto de forma descarada para redondear sus ingresos.

Me explico. Tal como he dicho anteriormente, y tal como puede comprobar cualquiera que vaya a la compra, al menos en España el pollo es con diferencia la carne más barata, mucho más que la ternera o el cordero y más incluso que el democrático cerdo. Luego entonces, si se trata de una carne sana -independientemente de su insipidez- y además es barata, pues miel sobre hojuelas, que el colesterol amenaza y los tiempos que corren recomiendan vigilar el bolsillo.

Claro está que esto se refiere exclusivamente a la economía y la gastronomía caseras, otra cosa muy distinta es cuando salimos a comer fuera. Y ahí es cuando tropezamos con un problema similar al de las ensaladas: me parece estupendo que los restaurantes y similares incluyan al pollo en la oferta de sus cartas, pero... a precio de pollo.

Y es que, como también puede comprobar cualquiera, no suele suceder así. Merced a los extraños mecanismos que rigen los arcanos de los precios de los menús, resulta que comer pollo te suele salir igual de caro que, pongamos por caso, un filete, pese a que en la carnicería -o en la pollería- sus precios sean evidentemente muy dispares. Dicho con otras palabras, pedir pollo fuera de casa te saldrá, contra toda lógica, más caro que hacerlo con cualquier otro tipo de carne. ¿Comprenden ahora el sentido del título?

Y hay casos todavía más flagrantes. Véase, por ejemplo, los kebabs que desde hace años han florecido en nuestras ciudades; aunque la carne tradicional utilizada en estos establecimientos es el cordero, en muchos de ellos también suelen ofrecer la opción de pedir un kebab de pollo... exactamente al mismo precio que el del cordero. ¿Es lógico? Yo creo que no, pero supongo que los dueños de estos establecimientos se pondrán muy contentos cada vez que les piden un kebab de pollo, dado su mayor valor añadido...

No olvidemos tampoco cierta cadena de comida rápida, por supuesto de procedencia norteamericana, especializada en fritangas chorreantes de pollo; pese a la baratura de su principal materia prima, y todavía más supongo dado el consumo industrial que hace de los mismos, no se puede decir que sus productos sean precisamente baratos, ni tan siquiera en comparación con las hamburgueserías tradicionales que, al menos teóricamente, utilizan carne de vacuno.

Pero bueno, al fin y al cabo nadie está obligado a pedir carne o productos derivados del pollo en un restaurante o casa de comidas... peor es el caso, con diferencia, de la utilización masiva de carne de pollo, y desde hace unos años también de pavo, que viene a ser su primo de zumosol, en ciertos sectores de la industria de la alimentación, tales como el de los embutidos, en los que tradicionalmente se había venido utilizando de forma exclusiva, o casi -la cecina de vaca también está para chuparse los dedos-, la carne de cerdo.

Aclaro una vez más: nada tengo en contra de que se elaboren embutidos de pollo, de pavo o, si me apuran, de pingüino o de cóndor de los Andes; siempre y cuando, claro está, se especifique claramente su procedencia. Incluso tolero esas descaradas campañas publicitarias con las que, armados con la excusa de su presunta salubridad -de su insipidez, sobra todo comentario, no dicen nada-, intentan modificar los hábitos alimenticios de la población española desviando el agua al molino de unos mayores beneficios económicos; porque doy por hecho que la actual eclosión de la oferta de todo tipo de productos cárnicos derivados del pavo tendrá como única razón, en la práctica, unas mayores ganancias criando estos pajarracos frente a los tradicionales gorrinos.

Y lo repito de nuevo, nadie está obligado a comprar embutidos de pavo, o de pollo, mientras existan los de cerdo. El problema es cuando, en vez de venderlos claramente etiquetados, y luego que cada cual elija, te enchufan la carne de estos lejanos descendientes de los dinosaurios de forma solapada y casi diríase que clandestina.

Por ejemplo, ahora hay que mirar con lupa -a veces de forma literal- la letra pequeña que especifica la composición de ciertos embutidos y derivados cárnicos, como es el caso de las salchichas, para asegurarte de que no te están dando gato por liebre o, más exactamente, pavo por cerdo; porque suele ser muy habitual que las salchichas de Frankfurt de toda la vida ahora resulte que contienen una mezcla de carne de cerdo y pavo... sin que esto quede especificado de forma explícita y clara, salvo en la siempre muy escondida composición, en el etiquetado. Me lo han hecho más de una vez, y no precisamente marcas raras o de segunda fila, sino algunas muy punteras; y como no me apetece ir escudriñando por el supermercado, he optado por descartar las marcas nacionales, que suelen ser las que practican estas marrullerías, y comprar tan sólo salchichas alemanas, que además de estar bastante buenas, por lo menos cuento con la garantía de que estén hechas exclusivamente con carne de cerdo... o al menos, eso espero.

Ellos se lo pierden...


Publicado el 27-1-2012