Quede bien clara una cosa: ningún
político, nacionalista o no, sería tan estúpido como para
convocar un referéndum que fuera a perder, a no ser, claro está,
que esa derrota formara parte de su propia estrategia intentando explotar el
victimismo.
El problema es que estas consultas se pueden
manipular, y no ya con un pucherazo descarado al estilo de los ocurridos
durante los ajustes de los flecos del tratado de Versalles, cuando en algunos
territorios disputados por dos naciones se llegaron a efectuar traslados
masivos y clandestinos de población para votar en lo que
entonces llamaban plebiscitos de cara a decidir su pertenencia a uno u otro
país. Es mucho más sencillo, y mucho más
democrático, hacerlo mediante una estudiada ambigüedad
en la redacción de la pregunta que sea capaz de arrastrar a quienes
quieren cambios sin comulgar con el independentismo, tal como pretenden hacer
los independentistas escoceses y como pretenderían hacer, probablemente,
los nacionalistas catalanes o vascos llegado el caso.
Mientras tanto, sigue sin plantearse algo tan
elemental como que los nacionalismos, en la Europa del siglo XXI, son tan
anacrónicos como el feudalismo medieval.
Por otro lado, y de cara a quienes tienen la costumbre
de hacer comparaciones interesadas vengan a cuento o no, conviene recordar la
necesidad de diferenciar entre escoceses e ingleses, algo que hacen tanto los
unos como los otros; pero el equivalente nuestro es algo tan obvio como que los
catalanes o los vascos no son castellanos, ni andaluces, ni gallegos... pero al
igual que tanto los escoceses como los ingleses son británicos, los
catalanes y los vascos -y los castellanos, los andaluces, los gallegos...- son
españoles mientras no se demuestre lo contrario.
Y es que ya está bien de seguir cayendo en las
burdas trampas retóricas de los nacionalistas de cualquier
pelaje.