El cambio climático





Iceberg antártico. Fotografía tomada de la Wikipedia



Antes de seguir adelante, deseo dejar claro que este artículo no ha de ser tomado en absoluto como una postura en contra de quienes denuncian las agresiones al medio ambiente. Al contrario, coincido plenamente con su preocupación ante el temor de que nos estemos cargando el planeta merced a una conducta de irresponsable despilfarro de unas materias primas que, y esto es lo más triste, en buena parte ni siquiera se traduce en una mejora de nuestra calidad de vida, sino como mucho en lujos innecesarios y vanos... claro está que son muchos los que están haciendo negocio con ello, por lo que la verdadera raíz del problema es en realidad, como siempre, de índole económica; y ya lo dijo Quevedo, Poderoso caballero es Don Dinero.

Sin embargo, observo con desagrado, y ésta es la verdadera causa que me ha movido a escribirlo, que muchas veces se está errando en la diana o, lo que es todavía peor, se está disparando a ciegas, con lo cual además de crear confusión puede incluso que se estén favoreciendo sin quererlo los intereses que resultaría conveniente combatir. Por esta razón, y porque la cabra -en este caso el químico que suscribe- siempre tira al monte, he pensado que quizá podría resultar útil puntualizar una serie de detalles que, desde mi punto de vista, no suelen quedar demasiado claros, siempre bajo la premisa, vuelvo a insistir en ello, de mi compromiso moral con las posturas conservacionistas y respetuosas con el medio ambiente... las sinceras, no aquéllas tras las que se camuflan intereses espurios.

Y desde luego, es necesario asumir algo tan evidente como que el hombre ha modificado su entorno desde prácticamente el mismo momento de su origen como especie. Aun hoy en día se pueden encontrar rastros de esta actividad en los antiguos solares de civilizaciones tan antiguas como la mesopotámica, desertizados por culpa, al menos en parte, de la actividad humana. Claro está que cuando el problema comenzó a adquirir proporciones preocupantes fue a partir de la Revolución Industrial iniciada a mediados del siglo XVIII en Europa y los Estados Unidos, extendida más tarde a otras regiones del planeta tales como China, el Extremo Oriente y la India y, más recientemente, a otros países considerados eufemísticamente como pertenecientes al tercer mundo que también han comenzado a seguir este camino. Huelga decir que las consecuencias pueden llegar a ser funestas, desde extinción de especies animales y vegetales como los recientes casos del dodo y el lobo marsupial o el algo más lejano del moa, hasta auténticas catástrofes ecológicas de todo tipo tales como la deforestación masiva de las selvas tropicales o la cada vez más preocupante contaminación marina.

No obstante estos problemas, aunque tangibles y extremadamente graves y preocupantes, suelen tener en común su carácter local, entendiendo por tal que, aunque en ocasiones puedan llegar a extenderse por áreas tan amplias como la cuenca amazónica, en ningún caso llega a abarcar la totalidad del planeta. Por el contrario, últimamente nos están bombardeando con noticias tales como el cambio climático global. ¿Qué hay de cierto en ello?

Pues honradamente, la única respuesta correcta no puede ser otra que la de que no lo sabemos. O, al menos, no lo suficiente. Dicho con otras palabras, a escala global resulta prácticamente imposible deslindar el efecto de las perturbaciones producidas por la actividad humana de los ciclos naturales propios de nuestro planeta. Si me lo permiten voy a extenderme un poco en ello, ya que constituye la espina dorsal del presente artículo. Aunque es preferible leerlo de forma consecutiva, debido a su longitud lo he estructurado en varios apartados que pueden ser consultados por separado pulsando el botón correspondiente en el menú superior.


¿Por qué varía el clima?


Decir que el clima cambia de forma natural es una auténtica perogrullada, puesto que basta con leer cualquier libro de geología o paleontología para comprobarlo. A lo largo de su historia la Tierra ha pasado por muchos períodos climáticos enormemente variados, e incluso en épocas geológicas tan recientes como el último millón de años tuvieron lugar al menos cuatro o cinco períodos glaciares de una duración media de unos 50.000 años, el más reciente de los cuales -el de Würm- concluyó hace tan sólo unos ocho o diez mil años, como quien dice ayer mismo, admitiéndose comúnmente que en la actualidad nos encontramos en pleno período interglacial, con unas temperaturas medias relativamente elevadas.

¿Cuáles son las causas de estas fluctuaciones naturales del clima? Aunque no se sabe a ciencia cierta, se cree que pueden deberse tanto a fenómenos astronómicos como geológicos, sin descartar tampoco las consecuencias derivadas de los impactos catastróficos con la Tierra de cuerpos celestes de regular tamaño, asteroides o cometas, sospechosos de ser los causantes de al menos algunas de las seis extinciones masivas detectadas por los científicos, entre las cuales la de los dinosaurios a finales del Cretácico, pese a ser la más conocida, no fue ni de lejos la más catastrófica. Estas extinciones podrían haberse producido no tanto por las consecuencias directas del impacto sino más bien por las graves alteraciones climáticas acarreadas por éste, ya que al cubrirse la atmósfera con una capa de polvo opaca a la radiación solar se habría producido un brusco descenso de las temperaturas conocido bajo el expresivo nombre de invierno nuclear, por pensarse que una guerra atómica de grandes proporciones provocaría idénticos efectos.


a) Perturbaciones astronómicas

El Sol, aunque no es una estrella variable, presenta pequeñas fluctuaciones en su irradiación no lo suficientemente grandes como para hacer imposible la vida, pero sí para influir en el clima, de las cuales la más conocida es el ciclo de once años de las manchas solares descrito por vez primera en 1843 por Heinrich Schwabe. Las manchas solares están provocadas por las variaciones periódicas del campo magnético solar y, aunque siguen aproximadamente una cadencia undecenal, su número puede variar considerablemente de un ciclo a otro tal como ocurrió durante el período inusualmente frío comprendido entre 1645 y 1715 conocido como el Mínimo de Maunder, durante el cual la actividad solar fue tan baja que las manchas desaparecieron prácticamente por completo.




Variación de las manchas solares en los últimos 11.000 y 400 años
Gráficos tomados de la Wikipedia (superior e inferior)


Además de éste se han identificado también otros ciclos solares de períodos más largos como el de Gleissberg, de 85 ± 15 años, y se han postulado algunos todavía mayores como el de Suess de 210 años, el de Hallstatt de 2.400 años e incluso uno de 6.000 años. La cuestión es compleja y dista mucho de estar bien estudiada, aunque sí se ha determinado que actualmente nos encontramos en una fase de alta actividad solar.

Los movimientos de la Tierra también influyen en el clima. Tanto la traslación como la rotación, a las que se suman otros de menor magnitud, presentan pequeñas irregularidades habitualmente periódicas que, al superponerse, dan una resultante extremadamente compleja. Estas perturbaciones, estudiadas por vez primera en la década de 1920 por el astrónomo serbio Milutin Milankovic (1879-1958), pueden ser producidas por la influencia gravitatoria de otros astros del Sistema Solar, tanto los planetas gigantes -en especial Júpiter- como la Luna, junto con las originadas por la propia naturaleza de la Tierra que ni es una esfera perfecta, ni tiene una distribución homogénea de su masa.




Variación de la excentricidad de la órbita de la Tierra (línea negra gruesa) y de los demás planetas rocosos
(Mercurio, Venus y Marte) durante los próximos 50.000 años. Gráfico tomado de la Wikipedia


Comencemos con la traslación, es decir, el desplazamiento orbital. Como es sabido la órbita de la Tierra es una elipse con una excentricidad media de 0,0167, un valor pequeño comparado con el 0,0484 de Júpiter, el 0,0934 de Marte o el 0,2056 de Mercurio. De hecho, de todos los astros importantes del Sistema Solar -planetas, planetas enanos y principales satélites- tan sólo Tritón (0,00002), Venus (0,0068) y Neptuno (0,0086) presentan valores inferiores a los de la Tierra. Aunque en un principio una órbita de excentricidad baja, es decir poco elíptica, supone una garantía de cara a la estabilidad del clima, nos encontramos con que este valor no es constante sino que fluctúa de forma periódica entre un mínimo de 0,000055 y un máximo de 0,0679, lo que hace que la distancia media al Sol varíe en un sentido o en otro. Se han calculado ciclos de 95.000, 125.000 y el principal de 413.000 años, que combinados dan un período medio de unos 400.000 años.




Precesión apsidal. Gráfico tomado de la Wikipedia


Otro fenómeno que afecta a la órbita terrestre es la precesión apsidal. A diferencia de una circunferencia perfecta, en la que todos los diámetros son equivalentes, en una elipse se define como ápsides a las dos puntas de la curva que dibujan el semieje mayor, en el cual se encuentran ambos focos. Este semieje mayor no está orientado hacia un punto concreto, sino que experimenta un desplazamiento a lo largo de la eclíptica -el plano de la órbita de la Tierra- provocado principalmente por las perturbaciones gravitatorias de Júpiter y Saturno, tardando unos 112.000 años en describir una vuelta completa.

Existe un tercer tipo de perturbación orbital, la del propio plano de la eclíptica, que oscila ligeramente hacia arriba y hacia abajo respecto a su valor medio cumpliendo un ciclo aproximadamente cada 100.000 años.

Pasemos ahora a las perturbaciones asociadas a la rotación. En primer lugar hay que considerar la precesión de los equinoccios, causada por un cabeceo del eje de rotación similar al de una peonza, lo que le hace dibujar una circunferencia sobre la bóveda celeste a lo largo de 25.776 años. Esta inclinación del eje, que tiene un valor de 23,5º, es la causante de las estaciones, y aunque por sí sola no afecta al clima fuera del ciclo anual, sí lo hace combinada con la excentricidad de la órbita. En la actualidad, con el eje de la Tierra apuntando hacia la Estrella Polar, el verano del hemisferio boreal y el invierno del austral, coinciden con el afelio, momento en el que nuestro planeta está más lejos del Sol, razón por la cual el invierno austral es algo más frío que el boreal ya que este último tiene lugar durante el perihelio, cuando la Tierra se encuentra en el punto más cercano al Sol. Con los veranos ocurre justo lo contrario, de modo que el verano boreal es ligeramente más fresco que el austral.

Esta situación va variando conforme cambia la orientación del eje de rotación, de modo que dentro de unos 13.000 años, cuando se haya cumplido la mitad de la precesión, la situación será justo la inversa, con unos inviernos más fríos y unos veranos más cálidos en el hemisferio norte y unos inviernos más templados y unos veranos más frescos en el hemisferio sur.


Izquierda, precesión de los equinoccios. Gráfico tomado de la Wikipedia
Derecha, variación de la inclinación orbital. Gráfico tomado de la Wikipedia


Aunque la precesión no afecta a la inclinación del eje de rotación, ésta también oscila entre los 21,6º y los 24,5º siguiendo ciclos de 40.000 años. Este fenómeno no influye en la cantidad de radiación recibida por la Tierra, pero sí modifica su distribución sobre la superficie del planeta, alterando el ciclo de las estaciones.

Similar a la anterior, aunque de una magnitud mucho menor, es la nutación, un cabeceo del eje de rotación causado por la atracción gravitatoria de la Luna y, en menor medida, por la del Sol. Tiene un período de 18,6 años y una oscilación de ± 9 segundos de arco, aproximadamente la tercera parte del diámetro aparente medio de la Luna o del Sol.

Todavía existe una tercera perturbación del eje de rotación, la oscilación de Chandler, descubierta por el astrónomo norteamericano Seth Carlo Chandler en 1891. Su magnitud es de tan sólo 0,7 segundos de arco y su período de 433 días, algo más de catorce meses. Está causada por las fluctuaciones de presión en las profundidades marinas provocadas a su vez por las variaciones de temperatura, salinidad y cambios de dirección de las corrientes marinas, y se piensa que podría afectar a fenómenos tales como la actividad tectónica, el vulcanismo o a determinadas alteraciones climáticas como el Niño.


b) Perturbaciones geológicas

El más importante de los procesos geológicos terrestres capaces de causar alteraciones en el clima es la deriva continental, que a lo largo de la historia del planeta no sólo fragmentó Pangea, el continente primigenio, en los continentes actuales, sino que además desplazó éstos hasta posiciones muy diferentes de las iniciales. Otra consecuencia de la deriva continental es la orogenia producida por el choque entre dos placas continentales y de la cual el exponente de mayor magnitud es la cordillera del Himalaya, fruto de la colisión hace setenta millones de años de la placa de la India con la placa asiática. Obviamente este fenómeno se manifiesta a escala geológica, por lo que aunque su efecto global sobre el clima ha sido enorme -la Antártida derivó desde el ecuador hasta el polo sur-, a plazos más cortos tales como el millón de años transcurrido desde la aparición de la especie humana se puede descartar sin mayor problema.




La deriva continental del antiguo Gondwana. Gráfico tomado de la Wikipedia


A una escala más local la orografía puede favorecer o dificultar, según el caso, la entrada de frentes húmedos portadores de lluvia, tal como ocurre en España con cordilleras como la Cantábrica, los Pirineos o el Sistema Central, cuyas vertientes norte son mucho más húmedas que las orientadas al sur.




Erupción del Volcán Mayor, en Filipinas, en 1984. Fotografía tomada de la Wikipedia


No obstante, incluso en la breve -geológicamente hablando- escala de tiempo que consideramos podemos encontrar alteraciones climáticas considerables. La más conocida, y también la de consecuencias más inmediatas, es el vulcanismo, ya que los volcanes pueden llegar a expulsar a la atmósfera grandes cantidades de gases y ceniza, que reducen la irradiación solar. Esto se pudo comprobar con erupciones tales como la del Laki (Islandia) en 1783, la del Tambora (Indonesia) en 1815, que provocó un año más tarde el conocido como “el año sin verano”, o la del Krakatoa, también en Indonesia, en 1883. Más antigua, y por lo tanto peor estudiada, fue la erupción de Santorini, en el mar Egeo, que entre los años 1628 y 1530 AC arrasó esta isla haciéndola volar por los aires y provocando el colapso de las civilizaciones del Mediterráneo oriental, entre ellas la cretense.

Todavía más destructivas son las erupciones de los supervolcanes. La del Toba, en la isla de Sumatra, tuvo lugar hace entre 70.000 y 75.000 años, calculándose que provocó un invierno volcánico -similar en efectos al nuclear- durante varios años. En otro supervolcán, la caldera de Yellowstone situada en los Estados Unidos, se han registrado tres supererupciones hace 2.100.000, 1.300.000 y 640.000 años. No son los únicos, y en ocasiones estas gigantescas erupciones capaces de alterar el clima han sucedido en épocas en las que el hombre ya existía, como la de los Campos Flégreos (Italia, 40.000 años), la del Taupo (Nueva Zelanda, 26.500 años) o la de la caldera Aira (Japón, 22.000 años).

A diferencia de todo lo anterior, demasiado lento para la escala humana o demasiado rápido e impredecible, existen otros factores que también influyen en el clima mucho más constantes y evaluables. Es el caso, por ejemplo, de las corrientes marinas. Es conocida la diferencia de temperatura existente entre las costas europeas, bañadas por la cálida corriente del Golfo y las americanas situadas a latitudes similares, que lo están por la mucho más fría corriente del Labrador. En el Pacífico se encuentran, entre otras, las corrientes de Humboldt y del Niño, responsable esta última del fenómeno climático homónimo. También las hay en el Índico, el Ártico y el Antártico, sin olvidarnos de la corriente Ecuatorial del Norte y su contrapartida, la Ecuatorial del Sur, comunes para el Atlántico y el Pacífico. Basta con el ejemplo ya comentado de la diferencia de temperatura entre las costas atlánticas de Europa y Norteamérica para constatar que estas gigantescas corrientes marinas transportan una cantidad tal de energía, que un cambio en el rumbo o en la temperatura del agua puede ser capaz de provocar alteraciones tan notables como la ya comentada del Niño.




Prrincipales corrientes marinas. Gráfico tomado de la Wikipedia


Pasando de los océanos a la atmósfera nos encontramos con el caso similar de las corrientes de aire. Muchos lugares están sometidos a un régimen de vientos regular que, si se altera por alguna causa, afecta a la meteorología. En España estamos bajo la influencia del sobradamente conocido anticiclón de las Azores, cuyo comportamiento normal consiste en descender de latitud en invierno, dejando entrar las borrascas y los frentes lluviosos procedentes del Atlántico, y subir de latitud en verano, haciendo de tapón y creando un ambiente más seco y caluroso. Si no fuera por él la práctica totalidad de España tendría un clima atlántico y húmedo, en vez de mediterráneo y seco excepto en Galicia, el Cantábrico y el norte de Portugal. Irregularidades en este régimen, habituales al menos desde las épocas históricas más remotas, hacen que el clima español sea mucho más inestable que el de nuestros vecinos europeos, con ciclos tri o tetraanuales de sequía separados por períodos húmedos de entre 11 y 18 años de duración.

Fenómenos similares se repiten en otros lugares, con consecuencias tan espectaculares como los dos grandes cinturones de desiertos que circunvalan el planeta, uno en cada hemisferio, a la altura de los trópicos de Cáncer y de Capricornio, separando la zona tropical de sus respectivas zonas templadas. Están causados por los vientos alisios -que a su vez son consecuencia de la rotación de la Tierra- y han variado mucho en extensión, en más o en menos, a lo largo del tiempo. De hecho el desierto del Sahara, actualmente en expansión, era una sabana hace tan sólo unos pocos miles de años. Otro caso conocido es el de los monzones, unos vientos estacionales húmedos en verano, y secos en invierno, que modelan el clima de gran parte de los territorios situados en la cuenca del océano Índico.




Distribución de las principales corrientes atmosféricas. Gráfico tomado de Monografías.com


Todavía existen otros factores a tener en cuenta. Los casquetes polares reflejan más la radiación, incluida la infrarroja, que la tierra, por lo que una variación en más o en menos de la superficie cubierta por el hielo puede afectar al clima. Las nubes impiden que parte de la radiación solar llegue a la superficie, por lo que un incremento de las mismas derivará en un enfriamiento. Por último, los mares y los océanos almacenan ingentes cantidades de calor que, en combinación con la atmósfera, pueden provocar fenómenos como los huracanes o las gotas frías.

Mucho menos conocida es la posible influencia climática de fenómenos tales como la alteración del campo magnético terrestre, que es el escudo natural que nos protege de la radiación cósmica y del viento solar. Al hecho de que su magnitud no es constante se suma el inquietante fenómeno de la inversión de la polaridad, que suele ocurrir con una frecuencia media de unos 200 ó 300.000 años, aunque el tiempo transcurrido desde la última inversión detectada, 780.000 años, ha rebasado con creces esta cantidad. No se conocen con precisión las consecuencias de estas alteraciones y ni siquiera si las inversiones son lentas y graduales -entre 1.000 y 10.000 años- o rápidas -tan sólo unos meses-, pero hay razones para sospechar que podrían ser la causa de importantes alteraciones climáticas.


c) El efecto invernadero

Se conoce como efecto invernadero al fenómeno físico mediante el cual la superficie de la Tierra irradia por la noche menos energía de la que recibe por el día, con lo cual se calienta. En esencia, se debe a que algunos de los gases de la atmósfera, al igual que ocurre con los cristales de un invernadero -de ahí su nombre-, dejan entrar a la radiación solar en mayor medida de la que le permiten escapar reteniendo principalmente la radiación infrarroja, lo que provoca un incremento de la temperatura. Como curiosidad histórica, cabe reseñar que por este motivo a los invernaderos se les conocía antaño con el significativo nombre de “estufas”.

Ninguno de los gases predominantes en la atmósfera, el oxígeno y el nitrógeno, ni tampoco el argón, tercero en importancia y presente en aproximadamente un 1 %, producen efecto invernadero. Sí lo hacen algunos componentes minoritarios como el CO2, el metano, el vapor de agua, el N2O, el ozono, el hexafluoruro de azufre y los compuestos organohalogenados, o freones, todos los cuales se encuentran en pequeñas cantidades: alrededor de un 1 % el vapor de agua, un 0,037 % el CO2 y el resto en proporciones todavía menores.

El efecto invernadero no es en modo alguno desdeñable, y en condiciones favorables puede llegar a alcanzar unos valores desorbitados. En el planeta Venus la temperatura media superficial rebasa los 450º, muy por encima de los 160º de Mercurio pese a estar bastante más alejado que éste del Sol y unos 400º superior a la que le correspondería en caso de haber contado con una atmósfera similar a la terrestre. Esto se debe a que su atmósfera está compuesta en un 96 % de CO2 y tiene además una presión 90 veces mayor que la de la Tierra. Aunque el efecto invernadero de la atmósfera terrestre, unos 15º, es insignificante comparado con el de su análoga venusiana, sí es lo suficientemente importante como para influir en el clima, como veremos más adelante.


CO2, el “malo” de la película


Antes de nada, conviene puntualizar una cuestión que muchas veces aparece reflejada en los medios de comunicación de forma ambigua o equívoca, cuando no falseada de forma quizás deliberada: el CO2 no es en modo alguno un gas contaminante, ni resulta pernicioso para la salud salvo que, en un ambiente saturado de este gas y -esto es fundamental- carente de oxígeno corriéramos el riesgo de perecer asfixiados, tal como puede ocurrir, por ejemplo, en un pozo sin ventilación; pero la asfixia no sucedería por la presencia de CO2, sino por la ausencia de oxígeno. De hecho el CO2 es el residuo de la respiración, por lo que este gas está presente en nuestro organismo de forma natural. Asimismo lo ingerimos sin el menor problema -salvo quizá una dispepsia si tenemos delicado el sistema digestivo- cada vez que tomamos una bebida con gas sea cerveza, vino espumoso o un refresco.

Por el contrario, el DRAE define contaminar como “Alterar nocivamente la pureza o las condiciones normales de una cosa o un medio por agentes químicos o físicos”. Es decir, un contaminante es algo intrínsecamente dañino o perjudicial, generalmente para la salud. Aunque hay muchos tipos de contaminación, en lo que al tema que nos ocupa se refiere pedemos identificar a la contaminación del aire con una serie de sustancias nocivas que no deberían estar ahí y son producidas habitualmente -aunque no siempre, los volcanes contaminan lo suyo- por la actividad humana: gases como los óxidos de nitrógeno, los óxidos de azufre, el monóxido de carbono o CO -no hay que confundirlo con el CO2-, el ozono, los compuestos organoclorados o los residuos de combustión; las partículas en suspensión que causan los humos, y otros residuos de actividades mineras o industriales, en especial los peligrosos metales pesados como el plomo o el mercurio.

Esta puntualización no está en modo alguno de más. Primero porque la gente no tiene por qué tener conocimientos de química, y segundo porque ha habido intentos descarados de engaño, como cuando hace unos años se vendió la idea -y con ella los coches- de que los motores diésel eran más “ecológicos” -el entrecomillado es mío- que los de gasolina porque, al emitir menos CO2 -lo que era cierto-, “contaminaban” menos. El resultado, años después, no puede ser más deplorable: el parque móvil de vehículos diésel se disparó gracias a una conjunción de intereses de las compañías petroleras y los fabricantes de coches mientras los gobiernos hacían la vista gorda ante tamaño despropósito, lo que condujo a un aumento alarmante de la contaminación sobre todo en las grandes ciudades. Ahora, por el contrario, los motores diésel están demonizados -a buenas horas, mangas verdes- y ya se habla de su futura prohibición, pero hasta que se consiga renovar la totalidad del parque móvil tendremos que estar todavía muchos años tragando malos humos.

Así pues, ha de quedar meridianamente claro que el CO2 no contamina en absoluto. Cuestión aparte es el tema del efecto invernadero que, como ya he explicado, tiene en el CO2 uno de sus principales agentes, así como su posible influencia en el clima; no la del CO2 en sí mismo ya que siempre ha estado presente en la atmósfera, sino la del incremento de su concentración provocado por la actividad humana durante los últimos dos siglos y medio. Pero no nos adelantemos todavía.




Estructura de la molécula de CO2. Negro, carbono. Rojo, oxígeno
Imagen tomada de la Wikipedia


¿Qué es el CO2, anhídrido carbónico o dióxido de carbono, que de todas estas maneras se le conoce? Pues una molécula química muy sencilla formada por un átomo de carbono y dos de oxígeno, muy importante en todos los procesos biológicos puesto que forma parte fundamental de los mismos al ser el “alimento” de las plantas verdes, que con CO2 y agua sintetizan, merced a la función clorofílica, ingentes cantidades de materia viva que posteriormente sirve de sustento a los animales. Éstos a su vez excretan CO2 con la respiración, a modo de residuo de sus propios procesos metabólicos. En consecuencia existe un ciclo del CO2 el cual, si fallara alguno de sus eslabones, podría llegar a romperse.

Se sabe que en la atmósfera de la Tierra primitiva no había prácticamente nada de oxígeno libre -actualmente es alrededor de la cuarta parte del aire que respiramos-, ya que estaba constituida principalmente por una mezcla de nitrógeno y dióxido de carbono similar a la existente en otros planetas del Sistema Solar. El oxígeno actual fue producido en su mayor parte por la actividad metabólica de las plantas verdes primitivas, lo que permitió la aparición de animales capaces de respirarlo. Se sabe también que a lo largo de las diferentes eras geológicas el nivel de oxígeno en la atmósfera, y por lo tanto también el del CO2 al estar ambos interrelacionados a causa de los seres vivos, experimentó variaciones significativas en uno u otro sentido que se tradujeron en alteraciones climáticas.

Y aquí llegamos al meollo del asunto. Además de la respiración de los seres vivos, otra fuente posible de CO2 atmosférico es la combustión de compuestos orgánicos, todos los cuales contienen carbono como componente principal de sus moléculas. En realidad si un bosque arde, aparte de los daños ambientales y ecológicos, su efecto sobre el balance total del anhídrido carbónico es mínimo, puesto que ese carbono que vuelve a la atmósfera es el mismo que unos años antes le quitaran los árboles quemados al crecer. El problema estriba en que llevamos muchas décadas quemando de forma indiscriminada cantidades ingentes de combustibles fósiles, carbón y derivados del petróleo fundamentalmente que, aunque en su origen también formaron parte de organismos vivos, éstos murieron hace tantos millones de años que el carbono que contenían había quedado fuera del ciclo del CO2, a diferencia de la madera quemada de un árbol. Dicho con otras palabras, desde que con la Revolución Industrial se comenzó a utilizar el carbón mineral como combustible hemos estado alterando artificialmente, y de forma significativa, el ciclo natural del CO2 al introducir en la atmósfera grandes cantidades de este gas que hasta entonces habían estado “secuestradas” desde hacía muchos millones de años en las entrañas de la Tierra.




Variación de la concentración de CO2 en la atmósfera durante los últimos 2.000 años
Gráfico tomado de The Myth of Dangerous Human-Caused Climate Change de R.M. Carter


Por esta razón se sabe con certeza que durante aproximadamente los dos últimos siglos y medio, y a causa del consumo masivo como combustible de carbón primero, y de gas natural y derivados del petróleo después, la cantidad de CO2 presente en la atmósfera ha pasado del 0,028 % de 1750 al 0,037 % actual, lo que supone un incremento del 32 %, aproximadamente un tercio más. Éste es un hecho incontrovertible, aunque conviene no olvidar -las estadísticas mal aplicadas pueden conducirnos a conclusiones equivocadas- que incluso con este 0,037 % tan sólo una de cada dos mil seiscientas moléculas del aire es de CO2. Es decir, por alto que haya sido su incremento la presencia de CO2 en la atmosfera sigue siendo muy minoritaria.

Esto no quiere decir que la variación sea despreciable; no lo es en absoluto, ya que bastaría con un aumento significativo del mismo, aunque la cantidad total siguiera siendo pequeña, para que la temperatura media se incrementara en algunos grados, no muchos pero sí los suficientes como para alterar el delicado equilibrio en el que nos movemos. Sin embargo, conviene no olvidar que el CO2 no es en modo alguno el único malo de la película, ya que otros gases presentes en la atmósfera también producen efecto invernadero.

De todos ellos el más abundante es con diferencia el vapor de agua, cuya proporción media en la atmósfera -aunque varía mucho de unos lugares a otros- es de casi 30 veces la del CO2. Puesto que, para una misma concentración, su un efecto invernadero es también superior al del CO2, la conclusión obvia es que es el vapor de agua, y no el CO2, el principal causante del mismo.

El problema estriba en que la cuantificación de su influencia en el clima resulta muy difícil de evaluar. Al igual que el CO2 el vapor de agua está sometido a unos ciclos complejos, pero a diferencia de éste el agua se presenta en los tres estados, sólido, líquido y gaseoso, lo que dificulta extraordinariamente su estudio ya que al efecto invernadero del vapor hay que sumar la ingente cantidad de calor acumulado en los océanos, así como el intercambio de éste con la atmósfera. Para complicar todavía más las cosas también el hielo, en especial el de los casquetes polares, afecta al clima a causa de la reflexión de parte de la radiación solar recibida, un fenómeno que conocen bien los esquiadores.

Sin ser tan complejos -en condiciones ambientales normales el CO2 se encuentra únicamente en estado gaseoso-, los ciclos que regulan el equilibrio de este gas distan mucho de estar bien estudiados. Para empezar, y en contra de lo que habitualmente se cree, la función clorofílica es realizada de forma mayoritaria no por las plantas terrestres sino por las algas marinas, o lo que es lo mismo, el pulmón del planeta no está en las selvas tropicales -lo que no disculpa en absoluto la catástrofe medioambiental que está provocando su tala indiscriminada-, sino en los océanos.




Caliza fosilífera. Fotografía tomada de la Wikipedia


No es éste el único ciclo en el que está involucrado el CO2. Muchos animales, especialmente invertebrados marinos tales como los moluscos o los corales, lo fijan en sus conchas o en sus exoesqueletos en forma de carbonato cálcico. Aunque a primera vista pudiera parecer un fenómeno poco importante, para hacerse una idea de la capacidad de retención del CO2 por esta vía basta con comprobar la extensión de los arrecifes de coral o, todavía más, los grandes yacimientos de piedra caliza formados por depósitos de antiguos caparazones fosilizados, a los que se suma la ingente cantidad de este mineral, uno de los más abundantes en la corteza terrestre, de origen sedimentario.




El Torcal de Antequera, uno de los más conocidos macizos calizos de España
Fotografía tomada de la Wikipedia


Pero el gran depósito de CO2 libre no está en la atmósfera sino, con gran diferencia, en los océanos, donde se estima que hay acumulado unas 60 veces más de este gas que en el aire. Aunque todavía no se conoce suficientemente bien el mecanismo de absorción del CO2 por el agua marina y aparentemente su concentración se mantiene constante, una alteración en las propiedades físicas o químicas del agua del mar tales como la salinidad, la acidez o la temperatura podrían alterar este equilibrio con consecuencias significativas en el clima.

Todavía es posible hacer una reflexión más. Puesto que estos ciclos están aparentemente equilibrados y gozan de estabilidad dentro de ciertos límites, cabe suponer que puedan contar con unos mecanismos de autorregulación capaces de corregir de manera automática las posibles desviaciones que pudieran surgir en un sentido o en el contrario, tal como ocurre habitualmente en muchos sistemas físicos o químicos. Así, un aumento de la cantidad de CO2 presente en el aire debería favorecer el crecimiento de las plantas, y el consiguiente incremento de la función clorofílica reduciría la cantidad de CO2 hasta alcanzar de nuevo el equilibrio, al menos a relativamente corto plazo -a escala geológica la situación es diferente- siempre que no se rebasaran los márgenes de tolerancia.

Por esta razón, ni siquiera podemos estar seguros de que el aumento en la concentración de CO2 en la atmósfera se deba exclusivamente a la actividad humana ya que podría provenir, al menos en parte, de causas naturales tales como las apuntadas. Asimismo, cabría preguntarse si un incremento del 0,009 % es suficiente para alterar el clima de forma significativa.

Cierto es que en caso de duda conviene ser precavido, pero ¿está realmente justificado el alarmismo de estos últimos años? Antes de reflexionar sobre ello, conviene que repasemos lo que se conoce sobre las fluctuaciones naturales del clima.


El paleoclima


A la hora de estudiar la evolución del clima a escala planetaria tropezamos con el problema de que los registros sistemáticos de parámetros tales como la temperatura, la pluviosidad, la humedad o el viento no se remontan más allá de la segunda mitad del siglo XIX, y eso tan sólo en los casos mas afortunados ya que en muchas regiones del planeta no se comenzaron a medir hasta mucho más tarde. Los datos más antiguos registrados en España fueron tomados en el Real Observatorio Astronómico de San Fernando (Cádiz) en 1805, pero están muy incompletos. Aunque se conservan mediciones del siglo XIX, las series estadísticas datan aproximadamente de 1900 y la Agencia Estatal de Meteorología no dispone de series completas -y sólo en algunos casos- anteriores a 1920.

Por esta razón, cuando los periodistas afirman alegremente que el recién terminado año, pongo por caso, ha sido “el más caluroso de la historia”, en realidad hay que entender -normalmente no suelen añadir esta coletilla- que se refieren tan sólo a los datos registrados, y eso en el mejor de los casos, tan sólo durante el último siglo y pico.

Por fortuna existen métodos indirectos que nos ayudan a remontarnos en el tiempo a través de estudios de la erosión, las variaciones del nivel del mar, las capas de hielo de los glaciares y los polos, el crecimiento de los corales, el polen fósil, los anillos de los árboles o las capas de sedimentos, gracias a los cuales resulta posible, si no hacer mediciones precisas, sí evaluar razonablemente las variaciones climáticas a lo largo del tiempo. También pueden ser útiles, a nivel cualitativo, las crónicas antiguas que relatan catástrofes naturales tales como sequías, inundaciones, epidemias o hambrunas.

Vamos, pues, a resumir la evolución del paleoclima.




Variación del clima de la Tierra en los últimos 500 millones de años
Gráfico tomado de la Wikipedia


Si nos remontamos a través de las eras geológicas nos encontramos con unas fluctuaciones enormes durante los 4.600 millones de años de existencia de la Tierra, incluyendo siete grandes eras glaciales -de magnitud mucho mayor que las glaciaciones- y períodos con un clima mucho más caluroso que el actual. En los últimos 500 millones de años están registradas unas variaciones en la temperatura media de cerca de 20º, con un máximo en el Eoceno (≈ 50 millones de años) y un descenso continuo de unos 18º a lo largo de la Era Terciaria hasta hace un millón de años.

Ya en el Pleistoceno nos encontramos con las famosas glaciaciones, de las que se han descrito al menos cuatro: Günz (1.000.000 a 750.000 años), Mindel (580.000 a 390.000), Riss (200.000 a 140.000) y Würm (80.000 a 10.000), separadas por otros tantos períodos interglaciales cálidos. Finalizada la glaciación de Würm hace unos 10.000 años la Tierra inició un nuevo período cálido, o interglacial, que dura hasta nuestros días. Puesto que el último período interglacial (el Riss-Würm) duró 60.000 años y los dos anteriores 190.000 y 170.000, cabe suponer que estamos en una fase de calentamiento -lo que concuerda con la evidencia meteorológica- y que ésta se mantendrá presumiblemente durante bastante tiempo, ya que apenas hemos recorrido la sexta parte del interglacial Riss-Würm y todavía menos de los otros dos.

En los diez mil años de período interglacial transcurridos desde el final de la glaciación de Würm, coincidentes -y probablemente no por casualidad- con el desarrollo de la civilización humana, también ha habido fluctuaciones climáticas de menor magnitud. Entre el 6000 y el 2500 AC transcurrió el Óptimo Climático del Holoceno, durante el cual el Sahara era una sabana, no un desierto, tal como atestiguan las pinturas rupestres de Tassili, en el Sahara argelino. Fue durante este período cálido cuando hace 5.000 años surgieron las primeras culturas sedentarias en el Creciente Fértil (Egipto y Mesopotamia), unos territorios ahora mucho más secos.




Variación del clima de la Tierra en los últimos 5.000 años
Gráfico tomado de The Myth of Dangerous Human-Caused Climate Change de R.M. Carter


Hacia el año 2200 AC está documentado un brusco aumento de la aridez en el clima de Egipto que provocó la caída del Imperio Antiguo. Avanzando en el tiempo, ya en plena época histórica nos encontramos con varios ciclos cálidos: el minoico (c. 1500 AC), el romano (c. 200 AC), el Óptimo Climático Medieval (700-1400) y el actual a partir de 1850.

Intercalados con ellos existieron ciclos fríos como el de los años 500-700, que en 535-536 marcó el mínimo de temperatura en el hemisferio norte de los últimos dos mil años y fue causado presumiblemente por una erupción volcánica. Pese a lo breve de su duración, en los años posteriores provocó hambrunas, migraciones de pueblos nómadas y, según algunos autores, la epidemia de peste conocida como la Plaga de Justiniano. No obstante el período frío mejor conocido es la Pequeña Edad de Hielo, que abarcó aproximadamente desde 1400-1500 hasta mediados del siglo XIX, con tres mínimos de temperatura en 1450-1550 (Mínimo de Spörer), 1645-1715 (Mínimo de Maunder) y 1790-1830 (Mínimo de Dalton), los cuales coincidieron con fases inusualmente bajas de la actividad solar.

Aunque desde 1850 nos encontramos en un ciclo cálido, la existencia de registros meteorológicos nos permite afinar más. Así pues, y con menores fluctuaciones de temperatura que en los casos anteriores, se puede catalogar al ciclo 1880-1949 como cálido, al 1950-1979 como frío, y al que desde entre 1980 llega hasta nuestros días de nuevo como cálido.




Variación de la temperatura media de la Tierra desde 1860 hasta la actualidad
Gráfico tomado de The Myth of Dangerous Human-Caused Climate Change de R.M. Carter


El hecho de que las variaciones climáticas de los últimos siglos no hayan sido tan acusadas como las de épocas anteriores no quiere decir que no hayan sido significativas. Cuando los vikingos descubrieron Groenlandia a finales del siglo X, en pleno Óptimo Climático Medieval, la bautizaron con el llamativo nombre de “Tierra Verde”, lo que indica que en ella era posible practicar la agricultura, cosa que no ocurre ahora. La colonia vikinga prosperó durante varios siglos hasta que a finales de la Edad Media desapareció sin dejar rastro, víctima de los ataques de los esquimales y del avance de los hielos. Más o menos por la misma época en Inglaterra se cultivaba la vid y se elaboraba vino, algo completamente impensable en nuestros días con las cepas y los medios de entonces.

Casi tres siglos antes de la expedición vikinga, a principios del siglo VIII y coincidiendo con la invasión musulmana, la Península Ibérica padeció una larga y pavorosa sequía, con la subsiguiente hambruna que provocó, quizá más que los conflictos bélicos, una importante despoblación de vastas áreas de la misma, principalmente en el antaño próspero valle del Duero. Más adelante, ya durante la Pequeña Edad de Hielo, el Ebro se heló en varias ocasiones entre los siglos XVI y XVIII, y en esa época resurgieron los glaciares de los Pirineos, los Picos de Europa y Sierra Nevada que habían desaparecido durante el período cálido medieval.




Los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia patinando en el estanque de la Casa
de Campo de Madrid en 1910. Fotografía tomada de Secretos de Madrid


Incluso terminada ya la Pequeña Edad de Hielo nos podemos encontrar con detalles curiosos. Recuerdo que en una ocasión me sorprendió ver, en una fotografía fechada en 1910, a Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia patinando en el lago de la Casa de Campo. Y no debía de ser algo excepcional, ya que en otra de 1914 aparece un nutrido grupo de madrileños haciéndolo en el lago del Palacio de Cristal del Retiro, en pleno centro de Madrid.




Patinadores en el estanque del Palacio de Cristal del Retiro de
Madrid en 1914. Fotografía tomada de Secretos de Madrid


Repetir esas fotos sería ahora impensable, ya que las heladas nocturnas más crudas no van más allá de dejar una capa de escarcha en los parabrisas de los coches. Cierto es que, a diferencia de hace un siglo, Madrid es lo que los meteorólogos denominan una isla de calor, un lugar en el que las actividades de diferente tipo generan tanto calor que éste eleva la temperatura por encima de la del entorno; pero incluso sin este fenómeno -basta con alejarse lo suficiente para comprobarlo- resulta evidente que los inviernos son ahora menos rigurosos que entonces.

Así pues resulta evidente, por éste y por otros muchos indicios, que el clima actual se está calentando. La cuestión es si el calentamiento global se debe exclusivamente a los ciclos naturales que hemos estado considerando o si, tal como defienden algunos, sido provocado, o cuanto menos acelerado, por la actividad humana a través del incremento de la concentración de CO2 en el aire. Y es aquí donde surge la polémica.


La polémica está servida


Durante estos últimos años hemos sido testigos de una encarnizada lucha, por fortuna hasta ahora incruenta, entre quienes denuncian y quienes descartan la posible influencia humana en el cambio climático, con opiniones para todos los gustos aunque, a mi modo de ver, con un desequilibrio marcado en beneficio de los primeros, con mucho mayor apoyo incluso académico -en el siguiente apartado tocaremos este tema- que los escépticos, tildados peyorativamente de negacionistas pese a que por lo general no suelen negar la evidencia de un cambio climático sino que se limitan a cuestionar el grado real de la influencia humana en el mismo. Pese a que esta actitud es inherente al método científico y como tal está sujeta a posibles revisiones conforme aparezcan nuevas pruebas fehacientes que las justifiquen, los escépticos han sido acusados con frecuencia de tener detrás a determinados intereses económicos.

Las evidencias, por el contrario, demuestran que estos defensores del calentamiento global antropogénico, más aficionados por lo general a los dogmas de fe que al riguroso método científico, suelen estar aliados con ese entramado político y social que podemos calificar -dejo al arbitrio del lector la aplicación o no del tono peyorativo- como progre-izquierdismo de salón que acostumbra a ir a la contra de casi todo sin ofrecer a cambio unas alternativas viables y justificadas. Si a ello sumamos el talante neoinquisitorial cada vez más frecuente en estos tiempos que corren, la conclusión no puede ser otra que la de que la discusión sobre un tema esencialmente científico está siendo de todo menos académica y, mucho me temo, poco o nada objetiva. Pero no nos adelantemos a las conclusiones.

El problema, en definitiva, no es otro que el hecho de que una cuestión como ésta, que como tal debería haber sido abordada dentro del marco científico, está sufriendo interferencias por todos lados, muchas de ellas difícilmente justificables aunque tan sólo sea por lo de zapatero a tus zapatos.

Para empezar, nos tropezamos ya con las interferencias políticas. Es una realidad patente que, al igual que ocurriera en otros campos tales como los derechos humanos, el feminismo, la homosexualidad, el ecologismo o la protección animal, se ha producido una polarización radical en el sentido izquierda → antiemisiones de CO2 ⇔ derecha → negacionista... como si una cuestión como ésta tuviera que depender de la ideología, real o fingida, de cualquiera.

Todavía peores, aunque mucho más prosaicas, son las económicas. Se de la circunstancia de que a cuenta del cambio climático de origen presuntamente antropogénico hay mucha gente ganando dinero, por lo general al abrigo de una presunta defensa del entorno ambiental que siempre queda más guay. Un caso sintomático es de Al Gore, vicepresidente de los Estados Unidos entre 1993 y 2001 que, una vez dejado este cargo, se involucró en una intensa campaña contra las emisiones de CO2 que le rindió, como se supo más tarde, pingües beneficios, eso sin contar con que, en contraste con lo que predicaba, se descubrió que su consumo energético era muy superior a la media.

Más discretos por no involucrar a personajes conocidos, pero no por ello menos escandalosos, son todos los tejemanejes montados en torno al mantra de la reducción de las emisiones de carbono, con todo un activo mercado de compraventa detrás tal como se puede leer en la página oficial del Ministerio de Transición Ecológica -pintoresco nombre- español: El derecho de emisión es el derecho a emitir, desde una instalación afectada por este régimen, una determinada cantidad de gases a la atmósfera. El derecho de emisión es transferible; se puede comprar o vender. Y no sólo entre particulares, ya que también se permite el trapicheo internacional de forma que los países que no cubren su cupo de emisiones -obviamente pertenecientes al tercer mundo- tienen la posibilidad de “vender” -el entrecomillado es mío- la parte que les sobra a otros países desarrollados que, previo pago del correspondiente canon, tienen la posibilidad de seguir emitiendo CO2 alegremente como si nada pasara. Mayor cinismo, dentro de un marco favorable a la reducción de las emisiones de CO2, imposible, sobre todo si tenemos en cuenta además que a su abrigo a surgido un floreciente plantel de empresas intermediarias que están haciendo literalmente su agosto... y no sólo las empresas, si nos atenemos a esta noticia publicada en septiembre de 2016:


Suecia se ha propuesto comprar derechos de emisión dentro del mercado europeo (ETS) con el objetivo de que suba el precio de la tonelada de carbono. El plan de Suecia; que parece que puede ser secundado por otros Estados Miembros, como Alemania, Holanda, Reino Unido y Noruega, consiste en hacer subir el precio de los derechos de emisión de dióxido de carbono.

El principio de “quien contamina paga” no se está cumpliendo en el caso del CO2. Y es que, después de la Cumbre de París, el coste por emitir una tonelada de dióxido de carbono pasó de 8,22 € a 31 de diciembre de 2015, a los 4,75 € en los que estaba el mercado a mediados de febrero de este año. Frente a las estimaciones de entre 25-30 €/t CO2 que se calcularon al poner en marcha el EU ETS, parece que el excedente, cada vez mayor, de derechos de emisión desde el inicio del tercer período 2012-2020, causado por una oferta inicial excesiva y por la recesión económica, ha provocado que el precio del carbono haya ido cayendo hasta situarse por debajo de los niveles de eficacia previstos en el momento de la creación de este sistema.


Sin comentarios. Si me permiten el símil, es como si dos estudiantes se presentaran a un examen, uno sacara un 8 y el otro un 4, y el primero le vendiera al segundo un punto, con el consentimiento del profesor, para que de esta manera ambos pudieran aprobar.




Países comprometidos con el Acuerdo de París. Azul claro, firmado y ratificado.
Azul oscuro, Unión Europea (firmado y ratificado). Amarillo, firmado y no ratificado.
En 2017 Estados Unidos anunció su retirada. Gráfico tomado de la Wikipedia


Eso sí, los organismos internacionales se han tomado gran interés en marear la perdiz, que es lo que mejor saben hacer; desde que en 1992 se constituyera la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), operativa a partir del 21 de marzo de 1994, se han celebrado un total de 24 Conferencias sobre el Cambio Climático, la primera en 1995 y la última por ahora en diciembre de 2018. Por el camino se han redactado compromisos para reducir las emisiones de CO2, en teoría vinculantes, como el Protocolo de Kyoto (1997) y otros convenios similares como el Acuerdo de París (2016), y sin que bastantes de los grandes emisores, en especial Rusia, China o los Estados Unidos parezcan estar demasiado dispuestos a cooperar. En resumen, y como era de esperar, el resultado de estas pomposas iniciativas se ha limitado a hacer buena la conocida frase “Mucho ruido y pocas nueces”.

Lo irónico del caso es que todos estos adalides del buenrollismo ecológico etc., etc., etc., parecen no ser conscientes, o si lo son lo disimulan hipócritamente, de algo tan evidente como que, al igual que no existen los Reyes Magos, tampoco hay -salvo en la ciencia ficción- una sola fuente de energía que sea completamente inocua, incluyendo las eufemísticamente calificadas de renovables. La hidroeléctrica, por ejemplo, inunda valles, destruye paisajes y patrimonio y altera ecosistemas enteros. La construcción de la presa de Asuán supuso el desplazamiento forzoso de 90.000 personas, inundó numerosos monumentos antiguos y yacimientos arqueológicos de los que tan sólo algunos como Abu Simbel o el templo de Debod pudieron ser salvados, causó un impacto severo en la flora y la fauna de la región e interrumpió de forma irreversible las crecidas periódicas del Nilo provocando una retención de sedimentos aguas arriba de la presa, la pérdida de la agricultura tradicional en el curso bajo y un aumento de la erosión y la salinización en el delta.

Todavía peores han sido los daños provocados por la Presa de las Tres Gargantas, que inundó 630 km2 de superficie afectando a 19 ciudades y 322 poblaciones menores habitadas por casi dos millones de personas. Pese al hermetismo de las autoridades chinas se sabe que las pérdidas culturales han sido inmensas y los daños ecológicos devastadores, incluyendo la extinción de especies como el delfín del Yangtsé, una de las contadas especies de cetáceos de agua dulce. Y todo este desaguisado para generar apenas el 3 % del consumo eléctrico de China.

También la energía eólica y la solar afectan profundamente al paisaje; ya me dirán ustedes lo estético que resulta ver un campo sembrado de paneles solares o unos montes erizados de aerogeneradores. Además ninguna de ellas es regulable, dependiendo su rendimiento de los imprevisibles vaivenes de la meteorología aún más que en el caso de la energía hidroeléctrica, donde el agua recogida en las épocas lluviosas puede ser aprovechada durante los períodos de sequía. Y si bien en los paneles solares la ausencia de sol -aunque no de luz- se traduce en una caída en su rendimiento, en los aerogeneradores la situación es todavía peor, ya que a la carencia de producción de electricidad cuando no hay viento y los álabes están parados se suma el problema adicional de que dentro de un régimen de fuertes vientos, y pese a estar éstos a pleno funcionamiento, en ocasiones tienen que ser desconectados de la red eléctrica al ser ésta incapaz de almacenar la totalidad de la energía generada.

Nos guste o no, mantener nuestro nivel de vida tiene su coste, por lo que hay que intentar que éste sea lo menos gravoso posible para el medio ambiente sin dejarnos arrastrar por utopías irrealizables y sin adoptar poses hipócritas, porque estoy a la espera de encontrar -posiblemente Diógenes lo tuvo más fácil en su búsqueda de un hombre honrado- un solo ecologista -bueno, alguno hay, pero son contados y no suelen meter bulla- capaz de renunciar a todas las comodidades de la vida moderna perjudiciales para el medio ambiente adaptándose a vivir, tampoco lo pongo tan difícil, como lo hacían nuestros bisabuelos.


Conclusiones


Pese al tono crítico de mi artículo y a mis profundas reservas hacia quienes opinan sobre unos temas científicos sobre los que no entienden, y todavía más hacia quienes entendiendo o no están aprovechando para sacar tajada, estaría equivocado quien creyera que soy de los que propugnan -que también los hay, incluyendo alguna que otra multinacional- la inocuidad de las emisiones de carbono y, en general, de las mil y un perrerías que le estamos haciendo al planeta.

Partiendo de la base de que resulta extremadamente difícil calibrar el impacto de la actividad humana en algo tan cambiante y complejo como el clima, lo verdaderamente importante es que, por precaución y por otras muchas razones, tenemos que intentar por todos los medios reducir la orgía de consumismo desenfrenado, irresponsable y en gran parte innecesario en la que está sumida nuestra sociedad, incitada en buena parte por unos intereses económicos de los que tan sólo se benefician unos pocos al tiempo que las consecuencias nos perjudican a casi todos nosotros.

No es sólo el problema de los combustibles fósiles, también lo son la contaminación desatada, la obsolescencia programada, la generación incontrolada de residuos, el expolio de los recursos naturales... todos los cuales podrían ser evitados, o cuanto menos minimizados, sin necesidad alguna de renunciar a nuestro nivel de vida, tan sólo comportándonos de una manera más racional que prescindiera del despilfarro y de todo aquello que resultara superfluo.

Por desgracia tan sólo nos solemos acordar de santa Bárbara cuando truena o cuando nos dicen que truena, razón por la que en el fondo quizá resulten adecuadas todas estas amenazas apocalípticas de cambio climático provocado por la actividad humana, por más que muchas de ellas me parezcan simples mentiras piadosas. Eso sí, siempre y cuando no sean utilizadas para desviar la atención de problemas no menos acuciantes, pero quizá menos “interesantes” para los consabidos poderes fácticos. En cualquier caso, lo importante sería que se consiguiera cambiar la irresponsable conducta consumista de nuestra sociedad actual, algo en lo que la mayoría de la gente, mucho me temo, no está muy por la labor.

En definitiva, tenemos la obligación ineludible de ser responsables con independencia de que con nuestros actos podamos estar cambiando o no el clima y sin necesidad de que nadie nos amenace con la venida del lobo. Éste es el verdadero reto que tenemos que afrontar, por mucho que pretendan convencernos de lo contrario tanto los ecologistas de salón como quienes están medrando a costa de la buena fe de la gente.

Y así nos va.


Publicado el 11-7-2007
Actualizado el 22-3-2019