Posteridad



Belisario Rodríguez era un escritor aficionado, uno de tantos que siempre han pululado por los difíciles campos de la literatura sin conseguir más reconocimiento -y a veces a regañadientes- que la lectura de sus originales por parte de algunos de sus íntimos. Por supuesto él estaba convencido de que la culpa de que no triunfara en el parnaso literario no era suya, sino de aquellos -en este saco metía a editores, agentes literarios, envidiosos escritores rivales, libreros, concejales de cultura y algún que otro individuo de similar ralea- que, incapaces de reconocer su valía o renuentes a hacerlo a causa de la envidia, se habían conjurado para boicotear a su genio.

Pero no importaba. Gracias a internet tenía las puertas abiertas sin necesidad de tener que pasar por las humillantes horcas caudinas de las editoriales... o al menos, eso creía. Se lanzó con entusiasmo a bombardear con sus cuentos a las múltiples páginas alentadas por aficionados que surgieron en la red a principios del nuevo siglo, e incluso llegó a conseguir que le publicaran algunos; por supuesto sin cobrar un solo céntimo, pero eso era lo de menos; él no escribía para comer -aunque no le hubieran venido nada mal unos ingresos extras- sino por la gloria, algo infinitamente más imperecedero aunque no resultara tan nutritivo.

Para su disgusto, pronto descubrió que internet no era ni mucho menos la jauja que él creyera. Sí, sus cuentos estaban ahí a disposición de todo aquél que quisiera leerlos; pero por desgracia, no dejaban de ser una brizna de paja perdida en un inmenso pajar. Así pues intentó presionar a sus editores para que le dieran primacía sobre el resto de los colaboradores, lo que le acabó costando más de una bronca -la diplomacia no era precisamente uno de los fuertes del frustrado escritor- e incluso el borrado fulminante de alguno de sus cuentos, lo que le llevó al convencimiento de que la mafia literaria también extendía sus ominosos tentáculos por la red.

La crisis económica, que causó el cierre de la mayoría de las páginas y revistas electrónicas de ciencia ficción -¿había olvidado decir que Belisario cultivaba exclusivamente este género?- se encargó de rematar a los pocos relatos suyos que lograron sobrevivir a sus tormentosas relaciones sociales. Vuelto a la casilla de partida, Belisario no se arredró lo más mínimo; si la montaña no iba a él, él iría a la montaña.

Rebañando en su magra economía compró un dominio y un alojamiento propios y, exprimiendo sus escasos conocimientos de diseño de páginas web, pergeñó mejor o peor una tosca paginita que, no obstante, cumplía perfectamente con su misión de albergar la totalidad de sus relatos, los cuales por fortuna para él, al tratarse de sólo texto y estar convertidos al formato pdf, ocupaban relativamente poco espacio, pudiendo caber todos ellos en la memoria que tenía contratada.

Puesto que el servidor le mandaba puntualmente información estadística sobre las visitas a la página, Belisario se dedicó a seguirla con todo detenimiento, en el convencimiento de que en poco tiempo éstas se dispararían haciendo de él un escritor conocido.

Por supuesto, esto no ocurrió. Y cuando, frustrado por las magras cifras, escribió indignado al departamento de atención al cliente protestando por la escasa calidad del sistema, sus responsables se limitaron a responderle que se trataba de un servicio contratado a una prestigiosa empresa internacional que se cedía de forma gratuita a los clientes, por lo que ellos no eran en modo alguno responsables de la metodología utilizada aunque no dudaban de su fiabilidad. No obstante, si no estaba conforme podía rescindir el contrato en las condiciones que venían contempladas en el apartado tal, etc., etc., etc.

Pese a su profundo enfado Belisario no lo hizo, por si acaso. Pero sí se dedicó entonces a buscar por internet posibles alternativas estadísticas ajenas a su servidor; pero tras probar con varias diferentes, lo único que consiguió fue un bombardeo de spam y cifras aún más ridículas de visitas. Así pues, convencido una vez más de la ingratitud del mundo, acabó resignándose a su aurea mediocritas, o a lo que él tenía por tal.

Pasó entonces a una segunda fase que le permitiera autojustificarse. Como es sabido, muchos grandes creadores tuvieron la desgracia de ser unos adelantados a su tiempo siendo, por lo tanto, unos incomprendidos para sus contemporáneos. Estos precursores no consiguieron triunfar en vida -son conocidos, entre muchos otros, los casos de Franz Kafka o Vincent van Gogh- y con frecuencia arrastraron una existencia desgarrada, lo que no impidió que, con posterioridad a su muerte, acabaran alcanzando finalmente la gloria que se merecían.

A Bonifacio el rotundo refrán castellano que afirma rudamente aquello de A burro muerto, la cebada al rabo le dejaba completamente frío. Aunque desde un punto de vista religioso se le podía calificar de indiferente contumaz, por lo que no esperaba encontrarse con nada sobrenatural una vez hecho mutis por el foro en el teatro de la vida, irse de este mundo si no con la certeza, porque eso era imposible, sí con la esperanza de que, tarde o temprano, su obra literaria sería reconocida, bastaba para mantener vivo su entusiasmo.

Así pues, decidió adoptar las medidas necesarias para preservar su legado, en lo cual tropezó con varios inconvenientes. Puesto que carecía de familia -con sus pocos parientes lejanos ni siquiera se hablaba desde hacía años-, no podía contar con encomendar la custodia de sus obras a ningún heredero. Y por supuesto, en el momento en el que dejara de pagar las cuotas del alojamiento su presencia en la red se disolvería como un azucarillo en agua. En cuanto a la opción de los almacenamientos en la nube, tan fomentada entonces por las grandes compañías tecnológicas vete a saber con qué fines ocultos tras tan sospechosa generosidad, ni siquiera se la llegó a plantear, ya que era sabido que éstas podían cerrar en cualquier momento el huerto o bien hacer expurgues periódicos de páginas sin actividad, con lo cual tarde o temprano también acabaría quedando fuera.

La solución no era sencilla, y finalmente lo único que se le ocurrió fue recurrir a una cápsula del tiempo, en la que encerraría su preciado tesoro. Adquirirla resultaría fácil, ya que en internet podía encontrar todos los modelos que quisiera, desde las más espantosas horteradas hasta auténticas cajas fuertes blindadas capaces de resistir durante siglos, o al menos eso afirmaban sus fabricantes, las más rudas agresiones de cualquier tipo.

Finalmente compró una del modelo que le pareció más adecuado, procediendo a continuación a preparar su contenido. En un principio había pensado incluir sus relatos impresos en papel, pero amén de que un simple cálculo le hizo comprender que no cabrían en el recipiente, por algún sitio había leído que la tinta de las impresoras se borraba al cabo de un número determinado de años y que el propio papel, a diferencia del antiguo, también se deterioraba con rapidez a causa de su proceso de fabricación.

Por lo tanto, no le quedaba otra opción que la del almacenamiento digital, que tenía además la ventaja de ocupar muy poco espacio. Una vez solventado esto, la siguiente cuestión fue la del soporte. ¿Discos ópticos? ¿Disco duro externo? ¿Memoria USB? Belisario era consciente de la gran volatilidad de los periféricos informáticos, tanto a causa de la omnipresente obsolescencia programada, como por la propia fragilidad de los materiales con que estaban fabricados. Así pues, ¿quién le garantizaba que pasado cierto tiempo sus preciados relatos no quedaran ilegibles?

El dilema no era baladí. Indagando más allá de los meros artículos de divulgación descubrió que se estaban realizando ensayos con varias tecnologías que, al menos desde un plano teórico, garantizarían una preservación indefinida de la información almacenada en su interior. De todas ellas la que más le llamó la atención fue la de la grabación en cristales de cuarzo, con una capacidad de almacenamiento inmensa y, al menos en teoría, prácticamente indestructibles y resistentes al paso del tiempo. La música sonaba bien, pero la letra... porque según todos los indicios, tales cristales tardarían todavía mucho en ser comercializados, si es que llegaban alguna vez a serlo.

La opción no era otra que la de esperar. Al fin y al cabo él era todavía bastante joven, por lo que salvo que se cruzaran en su camino un imprevisible accidente o una enfermedad traicionera, era de suponer que le quedara mucha vida por delante. Y mientras tanto, podría seguir escribiendo. En cuando a la cápsula del tiempo, ésta pasó a formar parte de la caótica decoración de su casa.

Y así continuó durante muchos años en los que Belisario, salvo por el envejecimiento natural, siguió llevando exactamente el mismo tipo de vida. Seguía manteniendo su página web, a la que actualizaba con sus nuevos relatos, pero ya no le importaban en absoluto sus escuálidas estadísticas; todo su afán se centraba en conseguir grabar su opera magna en los escurridizos cristales de cuarzo. Éstos hacía ya tiempo que se habían desarrollado y estaban operativos, pero para frustración suya no fueron dedicados al consumo doméstico. ¿Para qué querría alguien un ordenador equipado con un cristal de esos, cuya capacidad de memoria equivalía a la de varios cientos de discos duros convencionales? Sobre todo, teniendo en cuenta lo elevado de su precio.

Por esta razón los cristales de memoria fueron dedicados a otras utilidades más profesionales sin que llegaran a ser comercializados como productos de gran consumo. Ciertamente se podían comprar si así se deseaba, pero resultaban prohibitivos para una economía tan modesta como la suya, sobre todo teniendo en cuenta su obsesión por la redundancia.

Así que siguió esperando. Con el tiempo los cristales de memoria se desarrollaron y se abarataron relativamente, pero siguieron siendo una innovación tecnológica pensada para usos de alta tecnología, por lo que seguían estando fuera del alcance de Belisario.

Hasta que sonó la flauta. Uno de sus contactos, que trabajaba en la empresa que importaba para España los cristales fabricados en China, le comunicó que disponía de un lote no apto para la venta del cual le podría proporcionar algunos cristales a un precio asequible. Según le explicó estos cristales no habían pasado los controles de calidad y habían sido retirados con objeto de destruirlos, pero alguien -probablemente su mismo contacto- los había sustraído con intención de venderlos bajo cuerda. Los cristales funcionaban perfectamente, su único problema consistía en que tenían parte de su capacidad de almacenamiento mermada. Pero dado que ésta era inmensa, quedaba suficiente espacio libre para almacenar en cada uno de ellos, incluso en el más dañado, el equivalente a varias bibliotecas completas.

Por supuesto los posibles interesados en estos artilugios eran, en su gran mayoría, frikis de la informática que deseaban trastear con una tecnología todavía poco conocida por el gran público; pero Belisario vio el cielo abierto al comprobar que le era posible comprar una cantidad razonable sin necesidad de empeñarse. En total, y tras múltiples regateos, fueron trescientos cristales los que pasaron a su poder. Parecía mentira, se decía cuando los tuvo entre sus manos, que un disco transparente de la forma y el tamaño de una moneda pudiera tener esa increíble capacidad de almacenamiento de datos; pero al fin y al cabo hasta los obsoletos ordenadores de los años ochenta habrían causado la misma sorpresa tan sólo unas pocas décadas antes.

Tan sólo quedaba ya grabarlos. Los grabadores-reproductores eran, como cabía suponer, igualmente caros, por lo que negoció con su proveedor el préstamo o alquiler de uno de ellos. Al fin y al cabo tan sólo lo iba a necesitar una vez, al menos para el grueso de su producción, y el proceso era rápido aun cuando se tratara de una cantidad de cristales relativamente elevada.

Tuvo suerte, y tan sólo por un relativamente módico sobreprecio su proveedor le citó en su casa para proceder al grabado. Todo movía a pensar que debía haber despistado temporalmente la máquina de su lugar de trabajo aprovechando su condición de vigilante nocturno, pero eso era algo que a Belisario no le importaba en absoluto.

Una vez en la guarida del vigilante, y yéndosele la vista tras el tosco grabador -básicamente un paralelepípedo de plástico negro conectado a un ordenador mediante un cable USB-, Belisario comenzó a sacar de la cartera su tesoro, los trescientos cristales de memoria cada uno de los cuales venía cuidadosamente embalado dentro de una cajita acolchada en todo similar a las de las joyerías. Porque joyas eran, al menos para él, infinitamente más valiosas que si se hubiera tratado de diamantes o esmeraldas.

Su anfitrión no compartía su entusiasmo sino, muy al contrario, se mostraba huraño ante el temor de que el préstamo fuera descubierto antes de que tuviera ocasión de restituirlo. No era fácil puesto que él lo había sacado del almacén evitando coger los de uso cotidiano, pero nunca se sabía...

La grabación fue rápida. El aparato disponía de un carril en el que se insertaba un peine con veinte alvéolos en los que se colocaban otros tantos cristales, ordenados conforme a un sistema de muescas que impedían que quedaran rotados o dados la vuelta. Luego los iba cargando uno por uno, grababa la información correspondiente -que Belisario había llevado en un disco duro externo- y pasaba al siguiente. Cuando se gastaban los veinte de un peine se cambiaba éste por otro y vuelta a empezar. De esta manera, tras treinta sesiones cada una de ellas de unos diez minutos de duración, el legado de Belisario quedó listo para pasar a formar parte de la eternidad. Tan sólo hubo problemas con dos o tres cristales, al parecer demasiado dañados, o dañados en zonas claves, a los que no fue posible grabar, lo cual se solventó con otros tres con los que los reemplazó el proveedor, ni sin antes mantener previamente una agria discusión con su cliente al pretender cobrárselos de nuevo.

Anochecía cuando, casi seis horas más tarde, Belisario retornaba a su domicilio estrechando fuertemente entre los brazos la cartera en la que custodiaba su tesoro, temeroso de que cualquiera de los cansados y apáticos viajeros que compartían con él el vagón del metro pudiera ser un ladrón en potencia.

El siguiente paso consistía en introducirlos en la cápsula del tiempo. En teoría con un único cristal hubiera bastado, ya que en todos y cada uno de ellos se repetía la misma información: sus obras completas junto con una breve introducción en la que explicaba los motivos de la iniciativa. Pero como nadie sabía lo que podría deparar el futuro, había optado por esa enorme redundancia -los datos estaban repetidos trescientas veces- de modo que, con que tan sólo un único cristal de cada lote pudiera llegar intacto a sus lejanos destinatarios, se pudiera perpetuar su legado. Al fin y al cabo, se decía, muchísima documentación antigua, empezando por las maravillas que albergara la Biblioteca de Alejandría, se había perdido a causa de diferentes desastres, naturales o provocados por el hombre, algo que no hubiera sucedido de disponerse de suficientes copias. Y por supuesto, Belisario no quería que a él le sucediera lo mismo.

Por esta razón colocó los trescientos cristales de memoria en el interior de la cápsula del tiempo. Pero todavía no la enterró, ya que tenía la pretensión de actualizarla periódicamente -los cristales de memoria eran regrabables- con los nuevos relatos que fuera escribiendo, cosa que pudo hacer cada vez con mayor facilidad conforme esta tecnología se fue abaratando. Llegó, incluso, a comprarse un grabador en los últimos años de su vida.

Belisario ya había llevado adelante la casi totalidad de su plan; tan sólo faltaba cerrar definitivamente la cápsula y encerrarla en su escondrijo, el cual tenía ya preparado desde hacía tiempo: una especie de pequeño sarcófago de hormigón armado, forrado interiormente de plomo, que enterró a dos metros de profundidad en un rincón del patio de su casa, al pie de unos bucólicos rosales. Pero esto último no lo llevaría a cabo hasta el último momento, no fuera a ser que se le ocurriera con posterioridad alguna obra maestra y no pudiera incluirla a las demás; porque cuando el sarcófago quedara cerrado y sellado, hasta a él le resultaría difícil abrirlo sin destrozarlo.

Durante sus últimos años de vida una duda le carcomió con frecuencia. ¿Qué ocurriría si, una vez descubierta su cápsula en un futuro lejano, a sus descubridores les resultaba imposible descifrar su contenido? El problema era doble, no sólo lingüístico -era ingenuo suponer que el idioma no evolucionara con el tiempo hasta convertirse en algo completamente inteligible- sino también tecnológico; si en el plazo de unas pocas décadas Belisario había sido testigo de la obsolescencia implacable de varias generaciones de material informático en sus dos vertientes, tanto los equipos como los programas, ¿cómo podría tener una mínima seguridad de que sus preciados cristales de memoria no acabaran siendo sino el fruto ilegible de una tecnología olvidada?

Contra ello nada podía hacer, y a la postre confiaba en que los científicos del futuro fueran capaces de desentrañar el presente. Al fin y al cabo, con tan sólo el auxilio de unas metodologías rudimentarias, aunque no por ello menos ingeniosas, ya en el siglo XIX se habían logrado descifrar alfabetos tan extraños y completamente olvidados tales como el jeroglífico egipcio o el cuneiforme mesopotámico, en ambos casos sin poder contar con la ayuda no ya de un equipo informático, sino ni tan siquiera de una simple calculadora.

Así pues convenía confiar en la capacidad de las gentes del futuro, indudablemente superiores cultural y tecnológicamente a sus contemporáneos.

Cuando Belisario Rodríguez falleció, con la cápsula del tiempo enterrada en el sarcófago por sus propias manos, lo hizo feliz.


* * *


Ñwei era el mejor cazador de su tribu. Aunque todavía era demasiado joven no ya para retar al jefe, sino incluso para ganarse su derecho a hacerlo peleando previamente contra los demás pretendientes, tenía la certeza de que tarde o temprano le llegaría su hora. Mientras tanto, libre de las preocupaciones de los guerreros mayores, siempre enzarzados entre ellos en disputas por las mejores piezas o por las mejores mujeres, él se dedicaba a fortalecer su cuerpo al tiempo que cultivaba la astucia, habilidad ésta sumamente útil en los tiempos que corrían.

El territorio que la tribu de Ñwei recorría a lo largo del año siguiendo la pauta del ciclo estacional era lo que los geólogos del siglo XXI habrían calificado como clima semiárido. En realidad, aunque esto Ñwei no tenía modo alguno de saberlo, gran parte del planeta, incluso las antiguas regiones ecuatoriales, presentaba un clima similar... salvo aquellas zonas desérticas frente a las cuales el antiguo Sahara habría parecido casi un vergel a su lado.

La vida era difícil en los tiempos de Ñwei, y de la otrora pujante humanidad tan sólo quedaban ahora pequeños grupos nómadas dispersos por todas aquellas regiones a las que todavía les era posible alentar un remedo de vida. Por supuesto no había quedado registrado ningún testimonio de la catástrofe que había arrasado al planeta llevando al hombre no sólo hasta su práctica extinción, sino también borrando de un plumazo milenios de civilización que, a modo de reset cultural, había dejado reducidos a los míseros descendientes del otrora orgulloso dominador del planeta a un estado muy similar al de sus remotos antepasados.

Pero claro está, ni Ñwei ni ninguno de sus contemporáneos eran mínimamente conscientes de ello. Con sobrevivir un día más, siempre luchando contra el hostil entorno, tenían ya más que suficiente.

Esa mañana Ñwei había salido a cazar. Los exploradores habían avistado las huellas de un jabalí y, si pudiera apresarlo, la tribu entera podría hartarse de carne durante varios días al tiempo que él vería acrecentado su prestigio. Pero, claro está, se trataba de una presa sumamente esquiva, e incluso peligrosa en caso de tratarse de un gran macho. Pero Ñwei no tenía miedo, y había rechazado la ayuda ofrecida por otros guerreros. Quería cazarlo él solo y alzarse con toda la gloria del triunfo.

El rastro del animal se internaba en una de aquellas zonas salpicadas de montículos y de restos informes que jalonaban periódicamente el territorio de su tribu. Aunque Ñwei no lo sabía se trataba de las ruinas de una de las antiguas ciudades de nombre olvidado, brutalmente aradas por la erosión secular. Éstas eran la principal fuente del hierro con el que los nativos construían sus toscas armas, aunque al desconocer la técnica del forjado se limitaban a seleccionar los fragmentos que mejor se adaptaban a sus necesidades, golpeándolos si era necesario con piedras para moldear sus bordes cortantes. Ciertamente se oxidaban con rapidez incluso en un clima tan seco como éste y pronto dejaban de ser útiles, pero nunca había habido dificultades para reemplazarlos por nuevos fragmentos afilados.

Ñwei no creía en las historias que relataban los chamanes acerca de que en las tierras malas -así denominaban a las ruinas- moraban espíritus malignos; eso podría estar bien para asustar a las viejas o a los rapaces, pero no a un guerrero orgulloso como él. Además, se había internado infinidad de veces en ellas y jamás había tenido mayores percances que algún que otro encuentro con serpientes venenosas o con chacales.

De repente se dio cuenta de que había perdido de vista a su perro... o lo que fuera aquel lejano descendiente de los antiguos cánidos domésticos después de tantas generaciones perrunas marcadas por la desdomesticación. Tras buscarlo con la mirada lo descubrió, a unos centenares de metros de distancia -para él varias lanzas-, excavando con frenesí bajo un pequeño montículo cuya base había sido descarnada por el pequeño torrente cuyo reseco cauce discurría a sus pies.

Intrigado se acercó a él y tras apartarlo, lo que le valió un amenazador gruñido castigado con un fuerte golpe del astil de la lanza en el hocico, pudo comprobar qué era lo que había llamado la atención del animal. Él esperaba haberse encontrado con la boca de una madriguera, quizá de conejo quizá de tejón, tanto daba puesto que ambos eran igualmente comestibles, pero lo que vio fue una superficie dura, de color grisáceo, que sobresalía del hoyo excavado en la tierra por el perro.

Ñwei no tenía ni la menor idea de lo que pudiera ser aquello, pero poseedor de una curiosidad innata muy superior a la de sus congéneres, decidió averiguarlo pese a tener el convencimiento de que no podía tratarse de comida. Así pues se dispuso a continuar la tarea iniciada por el perro; el jabalí podría esperar, tenía localizado su rastro y con el día más avanzado sería más fácil atraparlo, puesto que se encontraría adormilado por el sofocante calor.

Aunque carecía de herramientas adecuadas, disponiendo tan sólo de la lanza, de un cuchillo que se partió a las primeras de cambio y de sus propias manos, no tardó mucho en desenterrar lo que resultó ser un objeto de forma aproximadamente cúbica y de alrededor de medio metro de arista, aunque Ñwei lo midió mentalmente en pies. Descubrió que no se trataba de una roca de aspecto extraño ya que al golpearlo con la contera demostró estar hueco, pero sin embargo le resultó imposible encontrar el menor vestigio de una posible apertura. Ñwei, evidentemente, desconocía la existencia del hormigón.

Pero no le faltaba inteligencia. Presumiendo que dentro pudiera haber algo de interés, comenzó a golpearlo primero con la contera de la lanza y posteriormente, al no haber obtenido resultados, con gruesas piedras recogidas del entorno. Ñwei tenía bastante fuerza, y además se dio la circunstancia de que el hormigón estaba muy envejecido a causa del paso del tiempo, razón por la que descubrió que éste comenzaba a agrietarse. Redoblando sus esfuerzos vio con satisfacción que la superficie superior se fragmentaba en varios pedazos, lo que le permitió retirarlos descubriendo una segunda capa de algo que parecía metálico pero que, a diferencia del hierro de sus armas, resultó ser extremadamente blando. Ñwei tampoco sabía lo que era el plomo.

Cortar la capa interior de plomo le resultó bastante más fácil, ya que le bastó con utilizar la punta de la lanza. Lo retiró, sorprendiéndose de su pesadez, y dentro descubrió por fin el objeto que ocupaba el interior del nicho: una caja de hierro, o de algo que se le parecía bastante, herméticamente cerrada.

Ñwei la sacó de la cripta y la sopesó sosteniéndola con las dos manos. No era demasiado grande -aproximadamente un pie de lado- y tenía todos los indicios de estar asimismo hueca, puesto que no pesaba demasiado. Además al agitarla le pareció oír cierto ruido en su interior, lo que indicaba que no estaba vacía. Tras escudriñar todas sus caras en busca de un posible sistema de apertura, decidió renunciar a su anterior método. Llamó al perro, que mientras tanto se había entretenido en cazar y devorar una rata tal como denunciaba su hocico sanguinolento, y cogiendo su trofeo bajo el brazo emprendió el camino de regreso hasta el campamento de la tribu, donde podría manipular su trofeo con mayor comodidad. Tiempo habría para rastrear al jabalí, y a él le tenía intrigado tan insólito hallazgo. Era probable que alguno de los guerreros le reprochara su falta de interés por la caza, pero ya sabría responderle convenientemente; habría más jabalíes, pero era probable que no volviera a encontrar otra caja.

Pasaron varios días hasta que Ñwei, que mientras tanto había conseguido cazar al jabalí acallando así cualquier tipo de críticas a su, para muchos de sus compañeros, insólito comportamiento, pudiera abrir la antigua cápsula del tiempo, gracias a una mezcla de fuerza e ingenio insólita por aquellos pagos. Para entonces ya había logrado concitar el interés de parte de los miembros de la tribu, y si bien los guerreros mostraban desdeñosamente su desinterés y las mujeres se limitaban a realizar sus tareas habituales, en el momento en el que cedió la vieja cerradura se encontraba rodeado por el jefe, el chamán y varios ancianos, además de la inevitable y bulliciosa rapacería.

Ansioso alzó la tapa con el chirriante quejido de las bloqueadas bisagras, encontrándose en su interior con las trescientas cajitas cuidadosamente apiladas en las que se conservaban los cristales de memoria de quien en vida fuera Belisario Rodríguez, convertido en polvo desde hacía milenios. Ñwei no tuvo dificultad en abrir las cajitas -aunque destrozó irremediablemente varias de ellas antes de dar con el sencillo mecanismo de solapa- encontrando en su interior los rutilantes cristales de cuarzo que constituían la preciada memoria de la obra literaria del difunto autor, y que motivaron el asombro de todos sus compañeros incluyendo a los reticentes guerreros.

Huelga decir que en la Tierra del futuro no existía la menor posibilidad de leer el contenido de los cristales, amén de que hacía incontables generaciones que se había perdido de forma irreversible el arte de la escritura; pero los miembros de la tribu de Ñwei supieron sacarle partido a tan fascinantes objetos, que convirtieron en preciadas joyas para ornato de sus cuerpos. Como tales perdurarían durante generaciones hasta que las pérdidas accidentales, los intercambios con otras tribus, los robos o los enterramientos de guerreros ilustres fueron menguando poco a poco su número, de modo que pasados muchos años desde los solemnes rituales funerarios de Ñwei, fallecido a edad avanzada -alrededor de unos cuarenta años- tras ostentar durante mucho tiempo la jefatura de su tribu, los cristales de memoria acabarían cayendo definitivamente en el olvido.

En cualquier caso, lo que no se le puede negar en modo alguno al desaparecido Belisario Rodríguez es que su obra literaria fue con creces la última en desaparecer de la memoria del planeta, por más que su última etapa no resultara todo lo brillante que a él le hubiera gustado. Pero nada es perfecto.


Publicado el 5-3-2016