Un trabajo de Hércules



-¿Nombre?

El funcionario de la oficina de empleo estaba malhumorado, y no se molestaba en disimular su disgusto. No le faltaban motivos para ello: de entre todos los empleados encargados de atender al público, le había tenido que tocar a él la china de bregar con esa especie de gorila, un gigantón de aspecto tosco y brutal, que se hallaba sentado enfrente suyo; y desde luego, tampoco ayudaba demasiado que su único atavío fuera una mugrienta y pestilente piel de vete a saber qué animal, o que hubiera dejado apoyado en el borde de la mesa un grueso y amenazador garrote sospechosamente parecido a la porra del Rey de Bastos y que no tenía aspecto de ser utilizado por su dueño precisamente para apoyarse al caminar.

Aunque lo peor de todo era el intenso olor que emanaba del individuo... que no era precisamente a rosas.

-Tengo varios -gruñó el gigantón con tono gutural, articulando dificultosamente las palabras-: Heracles, Hércules, Alcides, Melkart, Ogmios... pero puede poner Hércules, que es como soy más conocido.

-¿Apellidos?

-¿Qué? ¡Ah, sí! No... no tengo apellidos, aunque si le sirve de ayuda soy hijo de Zeus -proclamó orgulloso.

-Está bien -suspiró el funcionario conteniendo a duras penas las arcadas ante las continuas oleadas de efluvios corporales que fustigaban su nariz-. Pondré Hércules Zeus -era evidente que no estaba demasiado ducho ni en mitología clásica ni en el sistema patronímico utilizado por los antiguos griegos, aunque sí estaba sobradamente familiarizado con los estrambóticos nombres esgrimidos por muchos demandantes de empleo extranjeros.

-¿Profesión? -volvió a preguntar en tono aséptico.

-Yo... soluciono problemas -fue su desconcertante respuesta, al tiempo que acariciaba la porra.

-¿Problemas? ¿Qué clase de problemas? -el funcionario se encontraba cada vez más molesto.

-¡Oh, pues de todo! -y soltó una estentórea carcajada cuyos efectos colaterales, en forma de nauseabunda halitosis, acabaron de rematar a la castigada pituitaria del sufrido empleado-. Me llaman, me dicen lo que tengo que hacer... y yo lo hago. Así de sencillo.

Y volvió a reír antes de que su interlocutor tuviera tiempo de retirar la cara, preocupado como estaba por haberse convertido, muy a su pesar, en el foco de atracción de todos los ocupantes de la vasta sala.

-“O sea, un matón” -se dijo para sus adentros una vez fue capaz de reaccionar-. “Y ahora, ¿qué hago yo con este tío?”.

Jurando mentalmente en arameo, se armó de paciencia y explicó:

-Lo siento, pero necesito que me especifique en qué consistieron sus trabajos y quienes fueron sus empleadores; a no ser, claro está, que disponga de su vida laboral... porque en el ordenador no aparece nada con el nombre que usted me ha dado.

-Bueno... -meditó el gigantón haciendo notorios esfuerzos por exprimir sus neuronas- han sido muchos, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces. Déjeme recordar. A ver... sí. Maté al león de Nemea; ésta es su piel, por cierto -explicó orgulloso exhibiendo su repelente atavío-. Maté a la Hidra de Lerna, capturé a la cierva de pezuñas de bronce, capturé al jabalí de Erimanto, limpié los establos del rey Augías, maté a los pájaros del lago Estínfalo, capturé al toro de Creta, robé -nueva carcajada- las yeguas de Diomedes, el cinturón de Hipólita, el ganado de Gerión y las manzanas del Jardín de las Hespérides, y hasta saqué de los infiernos a Cerbero delante de las mismísimas narices de Hades. Además maté a varios gigantes, entre ellos el invulnerable Anteo; separé las dos rocas del estrecho que desde entonces empezó a ser conocido por mi nombre -al llegar aquí abombó el impresionante pecho-, derroté en combate al mismísimo Ares, participé en la expedición de los Argonautas, fundé varias ciudades que con el tiempo acabarían siendo famosas, creé los Juegos Olímpicos... ¿Le parece poco? -interpeló con gesto torvo a su interlocutor al apreciar el ademán escéptico de éste.

-Yo... no me interprete mal -musitó con un hilo de voz el desgraciado administrativo, que en ese momento nada hubiera deseado más que la tierra se abriera bajo sus pies y se lo tragase; ¿dónde demonios estaba el vigilante?-. No dudo en absoluto de su... ¡hum! valía, pero necesito... necesitaríamos -se corrigió- los documentos acreditativos de todos esos trabajos que usted ha solicitado, con objeto de incorporarlos a su expediente.

-¿Documentos?

-Sí, papeles, certificados... algo que justifique que usted realizó realmente esos trabajos.

-¿Acaso duda de mi palabra? -rugió el gigante en tono amenazador al tiempo que asía la empuñadura de la porra.

-Yo, no... en absoluto -musitó con un hilo de voz su atemorizado interlocutor al tiempo que se encogía cuanto le era posible en su asiento- . Es que son las normas...

-Pues vaya normas más idiotas -resopló el anfitriónida soltando el arma- ¡Claro que no tengo papeles! ¿Cómo voy a tenerlos, si ni siquiera se habían inventado entonces? Cuando yo mataba a un monstruo lo que hacía era cortarle la cabeza, desollarlo o quedarme con alguna parte suya que me pudiera servir de trofeo, y cuando robaba algo eso mismo era lo que me servía como prueba; aunque en realidad nunca fue necesario, ya que la fama de mis hazañas siempre me precedía. Pero papeles... -bufó desdeñoso.

-Está bien, no se preocupe, de momento le inscribiré como demandante de primer empleo y lo otro ya lo arreglaremos más tarde -contemporizó el funcionario, impaciente por quitarse el muerto de encima.

Y siguiendo con el cuestionario, preguntó:

-¿Edad?

-Urgg... eso es difícil de saber -reconoció el olímpico-. No recuerdo mi fecha exacta de nacimiento, entonces la gente no se preocupaba demasiado por estas cosas, pero calculo que debió de ser hacer aproximadamente unos tres mil cuatrocientos años, siglo arriba o abajo.

Edad, cincuenta años”. Tecleó el administrativo en su ordenador, cuidándose mucho de que se enterara ese energúmeno. ¡Tres mil cuatrocientos años! ¿Acaso le había tomado por un imbécil?

Y ante el mudo asentimiento del interpelado, continuó:

-Ya casi hemos terminado -sería difícil saber cual de los dos lo deseaba más-. Ahora necesito que me diga en qué desea trabajar, o bien aquello para lo que cree que posee mayor experiencia o destreza.

-Yo... La verdad es que no tengo preferencias, siempre me adapto a lo que me piden... bueno, la verdad es que disfruto mucho cazando monstruos o capturando bandidos... -concluyó el semidios sonriendo de oreja a oreja.

-Monstruos no deben de quedar ya muchos -respondió el empleado en un inesperado arranque de cinismo-, y los pocos que todavía pudiera haber lo más probable es que estén catalogados como especies en peligro de extinción, y hayan prohibido su caza. Y en cuanto a los bandidos, mucho me temo que estando como están metidos en la política, no sea tampoco demasiado fácil meterles mano.

Pero como su interlocutor parecía ser bastante duro de mollera, y además tampoco resultaba conveniente hablar demasiado mal de los políticos en su centro de trabajo, interrumpió bruscamente sus reflexiones en voz alta. Viendo que Hércules le miraba con perplejidad, añadió:

-Bueno, en realidad no tiene demasiada importancia; como no puedo asignarle un perfil especializado, le abriré un expediente como demandante de trabajos sin cualificación. Lo malo es que la oferta de este tipo de empleos es cada vez más reducida...

-¿Entonces? -preguntó el gigantón.

-Estoy mirando a ver qué pudiera ofrecerle, pero no le puedo prometer nada; las cosas están muy mal últimamente. Supongo que su principal habilidad estriba en la fuerza física, ¿me equivoco?

Difícilmente podía hacerlo viendo los poderosos bíceps del visitante... pero un poco de diplomacia nunca estaba de más.

-Bien -continuó explicado, tras dar por aprobatorio el mutismo de su interlocutor-. Para vigilante jurado no hay nada... Portero de discoteca, tampoco. Guardaespaldas no, para ello necesitaría una licencia que supongo no tiene. Veamos descargador en el mercado central... ¡Vaya, sólo quieren a menores de cuarenta años! Boxeador... ¡hum! El tema está de capa caída, e incluso llevan tiempo amenazando con prohibirlo...

Se quedó pensativo durante unos instantes y añadió:

-Quizá como militar... normalmente suelen preferir gente más joven, pero al parecer ahora andan muy mal de reclutas; además, con su físico sería una estupidez rechazarle. No en una unidad corriente, claro está, pero quizá usted pudiera tener cabida en la Legión o en algún otro cuerpo de élite similar.

-Olvídelo -rezongó el desempleado- Ya lo he intentado, y me respondieron que ya habían pasado los tiempos en los que el Ejército necesitaba carne de cañón. Al parecer, ahora hasta el último soldado debe tener una preparación técnica de la que yo carezco. Con lo bien que me manejaba yo con mi clava... -suspiró al tiempo que acariciaba la empuñadura de su gigantesca porra.

-Pues vaya... esto nos cierra la última puerta, me temo.

-Quizá no -sonrió Hércules mostrando su desastrada dentadura-. Se me acaba de ocurrir una idea. Pero usted no podrá ayudarme, ya que es algo que se escapa de su competencia.

-Bueno, si usted lo dice... -condescendió el funcionario, satisfecho al vislumbrar la posibilidad de quitarse el muerto de encima- no obstante, ya sabe que estamos aquí para todo cuanto pudiera necesitar.

-¡Oh, gracias! -exclamó el gigante antes de soltar otra de sus estentóreas carcajadas- Pero si sale bien, no tendré que venir a molestarles de nuevo. Y no se preocupe; si tiene interés por mí -el empleado no lo tenía en absoluto, pero prefirió dar la callada por respuesta- le aseguro que se enterará por los periódicos.

“¿Qué pretenderá hacer este cabeza de chorlito?” -se preguntó su interlocutor; en cualquier caso no era problema suyo, por mucho calibre que pudiera tener su futura barrabasada.

Y satisfecho como estaba por haber conseguido lidiar el embrollo, despidió amablemente al grandullón. Eso sí, en cuanto éste traspuso la puerta, corrió a llamar a la señora de la limpieza para que desinfectara el asiento que había ocupado.


* * *


Pasó el tiempo. El probo funcionario se había olvidado por completo de su pintoresco visitante, pese a que durante los primeros días se viera obligado a soportar las rechiflas de sus compañeros. Pero un día, al abrir el periódico...

Era él, no cabía la menor duda; su aspecto físico era inconfundible, incluyendo la sonrisa bobalicona, por más que ahora apareciera embutido en un traje pretendidamente elegante -y sin ningún género de dudas caro- que, pese a los presumibles esfuerzos del sastre, le sentaba exactamente igual que un frac a un gorila. También coincidía el nombre, Hércules, aunque el apellido había variado; ahora aparecía como Joviano, a saber por qué. Pero eso era, en el fondo, algo que no le importaba.

Lo que sí le llamó la atención, y mucho además, fue que el pobre patán, aparentemente, había logrado ver hecha realidad su promesa... con pingües resultados además, a juzgar por su aspecto.

La noticia de la que se hacía eco el periódico era que el nuevo concejal de Seguridad Ciudadana -el susodicho Hércules- prometía luchar sin contemplaciones contra la delincuencia y el vandalismo que asolaban a la ciudad. “Si es necesario -afirmaba con rotundidad- seré yo mismo quien me líe a garrotazos con toda esa chusma” -concluía. Y tenía toda la pinta de ser sincero.

En ese momento -todavía faltaban algunos minutos para que se abriera al público la oficina- un compañero suyo pasó por su lado y vio la foto por encima de su hombro.

-Oye -preguntó con un cierto tono irónico-, ¿no es ese el fulano apestoso que tuviste que atender hace algunos meses?

Y ante su respuesta afirmativa, continuó:

-Pues parece que ahora no le va nada mal; vaya cómo se lo ha montado el tío metiéndose en política, cuando tenía todo el aspecto de no saber hacer la O con un canuto. Pero no es eso lo peor -continuó-; con un poco de suerte, hasta le acabaremos viendo de ministro.

Agitando con desánimo la cabeza, se encaminó hacia su mesa.

Sí, se dijo el funcionario cerrando el periódico; tal como estaban las cosas el mejor trabajo era sin duda el de político, el único donde carecer de estudios y de currículum no sólo no era un inconveniente sino, en muchas ocasiones, incluso una ventaja. Amén de que, dada la talla intelectual media de quienes gobernaban el país, nada inducía a pensar que ese Hércules, en su nuevo trabajo, fuera a hacerlo peor que muchos otros; puede que incluso hasta lo hiciera mejor, vistos los precedentes.

El reloj marcó la hora y el conserje procedió a abrir la puerta. En la oficina de empleo -otro de tantos eufemismos- comenzaba una nueva jornada. Y, a juzgar por los últimos datos estadísticos, aun maquillados éstos por el gobierno, iban a tener más trabajo -¡qué ironía!- que nunca.


Publicado el 26-3-2014