La utopía social de la Saga de los Aznar
¿Comunismo, o falangismo?





Como es de sobra conocido, una de las pocas ucronías sociales, si no la única, existentes dentro de la ciencia ficción española es la popular Saga de los Aznar, obra del escritor valenciano Pascual Enguídanos (George H. White) y publicada entre 1953 y 1958 en la colección Luchadores del Espacio, la cual sería objeto veinte años más tarde de una profunda reescritura y posterior continuación.

Habitualmente se ha venido considerando a la Saga como una utopía comunista, dado que en ella no existen ni el dinero ni la propiedad privada, subviniendo el Estado todas las necesidades de los ciudadanos -dentro, eso sí, de una opulencia tecnológica y material que lo permite- a cambio, más por disciplina social que por verdadera necesidad, de un servicio de trabajo obligatorio de corta duración y sospechosamente parecido, en sus requerimientos, al servicio militar, asimismo obligatorio en nuestro país hasta hace unos pocos años. Apoyando esta hipótesis estarían unas declaraciones del propio Enguídanos, pocos años antes de fallecer, en las que se declaraba de ideología izquierdista.

Sin embargo, he de confesar que para mí no es ni mucho menos tan evidente, y antes de dar mis razones, y para evitar posibles malentendidos, quiero dejar bien claro que no pretendo en modo alguno analizar las tendencias políticas de Pascual Enguídanos, fueran éstas las que fueran, sino las que aparecen reflejadas en la Saga, las cuales no tenían por qué coincidir necesariamente con aquéllas. Conviene no olvidar que la Saga fue publicada en pleno apogeo de la dictadura franquista, y que cualquier sospecha que pudieran haber tenido los censores acerca de un criptocomunismo, real o imaginario, habría supuesto su inmediata cancelación, lo que ciertamente condicionaba, y mucho, los resultados.

Quizá este criptocomunismo pudo llegar a existir, sobre todo teniendo en cuenta que José Soriano Izquierdo, responsable de las publicaciones de Editorial Valenciana y promotor, junto con el propio Enguídanos, de la colección Luchadores del Espacio, apoyó al Gobierno republicano durante la Guerra Civil; pero desde luego, no es ésta la imagen que da la lectura de estas novelas ya que a mí, y supongo que también a los censores de la época, lo que me recuerda es más bien una utopía falangista, algo por lo demás bastante obvio dadas las circunstancias en las que la Saga fue publicada. De hecho lo extraño hubiera sido lo contrario, y conste que esto no es en modo alguno un juicio de valor sobre Enguídanos o Soriano, máxime si tenemos en cuenta la férrea mordaza que atenazaba a la España de entonces y que el horno no estaba para muchos bollos ideológicos.

Les pido, por favor, que no se escandalicen por lo que acabo de decir... no, al menos, todavía. Me explicaré. Pese a que el comunismo está obviamente en las antípodas políticas del falangismo o de cualquier otro tipo de fascismo, esto no impide que ambos presenten -o presentaran entonces- ciertas similitudes, sobre todo en lo relativo a su, podríamos denominarlo así, política social. No olvidemos que el falangismo original, y no el pastiche que años después cocinó Franco para barnizar su dictadura personal, era revolucionario, antimonárquico, anticapitalista y antiliberal, rechazaba de plano lo que desdeñosamente calificaba como democracia burguesa y se mostraba decididamente partidario del sindicalismo y de la clase obrera... lo cual no era demasiado diferente de lo propugnado por los comunistas de su época, pese a su radical aversión mutua.

Es evidente que existían diferencias profundas entre los falangistas y los comunistas, pero éstas radicaban básicamente en el férreo nacionalismo de los primeros, que chocaba frontalmente con el internacionalismo marxista, y en su aceptación del catolicismo como esencia fundamental de la nación española en oposición al anticlericalismo tradicional de la izquierda, por más que no simpatizaran demasiado con una Iglesia estrechamente alineada con los sectores más conservadores y tradicionalistas del país. Insisto en que me estoy refiriendo a los postulados básicos de los fundadores de la Falange y no a su evolución posterior, dado que Franco, que era esencialmente un reaccionario ultraconservador, acabaría convirtiéndola en una mera caricatura de sí misma, mezclándola con elementos tan dispares como los carlistas, los monárquicos, la derecha tradicional, los clericales o los simplemente conservadores, con todos los cuales lo único que había tenido en común fue el rechazo frontal al régimen de la II República.

En cualquier caso, una sociedad sin dinero, sin propiedad privada y sin clases, al tiempo que bastante jerarquizada cuando no militarizada, tanto encaje podría tener en un modelo comunista como en uno falangista. Pero hay más diferencias.

Si nos fijamos en La horda amarilla, que es la primera novela de la Saga en la que aparece descrita la utopía que estamos analizando, nos encontraremos con detalles significativos. Por ejemplo, y por si pudiera haber alguna duda acerca del talante dudosamente democrático, como poco, de los gobernantes occidentales en el avanzado siglo XXVII, leamos un fragmento de la conversación mantenida entre la coronel norteamericana Ina Peattie y Richard Balmer, uno de los de los compañeros de Miguel Ángel Aznar, cuando todos ellos retornan a la Tierra seis siglos y medio después de haber iniciado su viaje por las profundidades del cosmos, momento en el que el autor nos explica las peculiaridades de esta sociedad del futuro:


-En los Estados Unidos y en la Federación Ibérica no se puede vivir de otro modo. Quien no quiera sujetarse a esas reglas, quien atente contra la felicidad común, es llevado a la Luna y se le deja allí algún tiempo hasta que haya madurado bien sus ideales.

-O sea, que el Estado policía lo rige todo hasta los ideales y los pensamientos han sido forzados a encauzarse por una línea recta.

-Creo que así ocurre, en efecto. Pero esto es como todas las cosas. A nuestros antepasados les debió costar mucho conformarse a la supresión de la personalidad y de la propiedad individual. Nuestra generación adaptada a este estado de cosas vive contenta y feliz.

-¿Comunismo?

-Cristianismo -dijo la coronela sonriendo-. Ésta y no otra es la diferencia existente entre Oriente y Occidente. Diferencia de ideologías que dan diferente modo de vivir. Aquí el orden, la paz y la felicidad. Allá el desorden, la lucha por sobrevivir sobre los demás y, por consiguiente, la inestabilidad e intranquilidad. La horda amarilla, sin los principios básicos cristianos de mutuo respeto, se agita arrastrada por sus malas pasiones como los gusanos sobre el cadáver de un ciervo. Todos quieren chupar más que el individuo inmediato, aunque ya estén hartos. No se conforman con lo que tienen. Propugnan la ley del más fuerte sobre el más débil, y sólo el temor y el castigo es capaz de hacerles retroceder. Por eso les llamamos la horda amarilla. El tiempo libre que nosotros ocupamos en recrear nuestro espíritu lo emplean ellos en planear guerras y nuevas conquistas. Es la imperiosa necesidad humana de entregarse a la actividad lo que les empuja hacia la locura. Nosotros, con nuestra intensa vida espiritual, ocupamos esa necesidad de actividad en el estudio y la reflexión.


Aparte de que la entonces peligrosa palabra comunismo es la única vez que aparece en toda la novela, resulta llamativa su contraposición al cristianismo como símbolo del mundo occidental, sobre todo si consideramos que tan sólo podría tener sentido en este contexto apelando el espíritu de la cristiandad primitiva o a lo predicado por reformadores como san Francisco de Asís, pero no desde luego tomando como ejemplo a la conservadora y politizada Iglesia de la posguerra, la misma que pocos años antes había llegado a bendecir la Guerra Civil tildándola de cruzada.

Es muy probable que éste fuera tan sólo un guiño dirigido a calmar o despistar a la censura, pero encuentro significativo que, pese a encontrarse entonces en pleno auge la Guerra Fría y estando todavía calientes tanto los rescoldos de la Guerra de Corea como el propio cadáver de Stalin, Enguídanos planteara la situación prebélica con la que se encuentran los protagonistas de la novela no como un conflicto entre occidente y el mundo comunista, tal como era habitual en las novelas de la época incluyendo varias posteriores suyas, sino como un enfrentamiento a muerte entre la cultura cristiana -recalco lo de cristiana, puesto que este adjetivo aparece continuamente en la novela- y la barbarie oriental. Barbarie asiática, y no comunista ni rusa ya que, pese a dominar la totalidad de Europa a excepción de la Península Ibérica, el enemigo mortal es -y aquí el propio título de la novela ya es en sí mismo una declaración de principios- la horda amarilla, lo que nos retrotrae al recuerdo de pasadas invasiones asiáticas, tales como la de los hunos, la árabe, la mongola o la turca, antes que a la entonces amenazante y temida intervención del bloque soviético, el cual había bloqueado en 1948 los accesos a Berlín y sofocado una sublevación en Alemania Oriental en junio de 1953, apenas unos pocos meses antes de publicada esta novela. ¿Casualidad?

Una lectura cuidadosa de la novela nos revelará todavía más sorpresas. En un principio los protagonistas, a bordo del autoplaneta Rayo, arriban a los Estados Unidos dado que ésta era la nacionalidad de la mayor parte de ellos, por lo que la sociedad utópica descrita tan minuciosamente por Enguídanos es la anglosajona, no la española, la cual es descrita como cristiana pese a tratarse técnicamente de herejes protestantes todavía no aceptados por la Iglesia Católica, ya que habría que esperar hasta el Concilio Vaticano II para que ésta reconociera la libertad de cultos. Tras la ruptura de hostilidades con los asiáticos Miguel Ángel Aznar y sus compañeros acceden a ayudar a sus huéspedes norteamericanos, logrando la victoria en una apocalíptica batalla aérea; pero ante las reticencias de éstos frente a su propuesta de atacar al tirano asiático en su propio cubil siberiano, deciden viajar a España o, mejor dicho, a la Federación Ibérica, para ofrecer sus servicios a los compatriotas de Miguel Ángel Aznar.

Y es aquí donde se despejan todas las dudas que pudiéramos haber albergado hasta el momento. Aunque en ningún momento se dan detalles sobre la sociedad española, salvo para decir que es más simpática y hospitalaria que la de allende el Atlántico, queda claro que su organización es esencialmente similar a la norteamericana. En lo que sí se explaya Enguídanos es en las facetas claramente nacionalistas del régimen ibérico, que no sólo ha conseguido reagrupar a todos los hijos pródigos independizados en el siglo XIX, incluyendo al irredento Portugal, sino que además está regido por un Generalísimo Ávila que, huelga decirlo, es un más que evidente trasunto del entonces inquilino del palacio del Pardo. ¿Otro guiño a la censura? Así lo creo, dado que ni en esta novela, ni en las posteriores, vuelve a insistir Enguídanos en la organización política de la Federación Ibérica, de la que no obstante exalta su ardor guerrero.

Una vez consolidado el triunfo del cristianismo -algo impensable en un régimen comunista- sobre los asiáticos, Enguídanos no se detiene demasiado en la nueva estructura política y social de la Tierra, dado que enseguida entrarán en acción los hombres grises o thorbods que, por ser alienígenas y enemigos mortales de la humanidad, no resultan representativos en nuestro análisis político y social. Tras ser sojuzgada la Tierra por los thorbods, Miguel Ángel Aznar huye del Sistema Solar tras acoger en el Rayo a varios miles de refugiados españoles -¡faltaría más!-, con los cuales llegará varias décadas más tarde a una nueva tierra de promisión, el planeta Redención.

Aunque no es mi intención extenderme en los diversos avatares por los que atravesará la futura humanidad en la obra de Enguídanos, permítaseme no obstante entresacar algunos puntos que demuestran, según creo, el tinte falangista -eso sí, cada vez más difuminado- que arrastra la Saga hasta el final de la misma. En Redención los fugitivos españoles rememoran la gesta épica de los conquistadores de América colonizando el inmenso planeta a la par que civilizan a los nativos, a los que asimilan con total facilidad a su cultura. Más adelante, y gracias al feliz hallazgo narrativo del autoplaneta Valera, tendremos ocasión de contemplar en detalle la evolución de la sociedad utópica salida de la imaginación de Pascual Enguídanos, básicamente la misma que aparece descrita en La horda amarilla pero con una serie de aspectos propios que merecen ser tenidos en cuenta.

Pese a que Valera es una nave generacional con todas las de la ley y con una población fija que nace, vive y muere en su seno, se trata de un inmenso navío militar en el que la totalidad de sus habitantes están sometidos a la disciplina castrense, lo cual le convierte en la práctica en una inmensa nación-cuartel muy del gusto de la ideología fascista, o falangista en nuestro caso. Sólo en el episodio final de la Saga original, Lucha a muerte, Valera logrará su independencia liberándose del yugo militar, pero la interrupción de la serie impediría a sus lectores vislumbrar sus posibles nuevos derroteros. Habría que esperar casi treinta años, hasta 1975, para averiguarlo, pero por entonces habían cambiado mucho las cosas en España y Enguídanos tendría ya otros planes, probablemente muy distintos.

La jerarquía máxima -militar, por supuesto- del Valera clásico es el Superalmirante, un cargo en teoría sometido a la dinámica del escalafón pero en la práctica acaparado casi siempre por los miembros de la familia Aznar, convertida casi en una dinastía hereditaria... lo cual, se mire como se mire, no cuadra demasiado bien con el falangismo, pero todavía menos con el comunismo si hacemos abstracción de la esperpéntica excepción de Corea del Norte. El caudillaje de los sucesivos Aznar es prácticamente continuo y, las pocas veces que éste queda interrumpido, suelen ir acompañadas de trastornos y tribulaciones sin cuento.

Más verosímil resulta, dentro de nuestra hipótesis, la manifiesta aversión que muestra Enguídanos hacia el tiránico imperio nahumita, derrotado en varias ocasiones y al cual se intentará en vano cristianizar, y hacia la estrambótica monarquía feudal implantada por el clan Balmer -rival tradicional de los Aznar- en El coloso en rebeldía, algo que encaja mejor con la tradición antimonárquica tanto del falangismo como del comunismo.

Claro está que la guinda final vendrá cuando el Miguel Ángel Aznar de turno se arrogue el derecho de dar un golpe de estado en toda regla -y no en Valera, sino en la propia Tierra- en la novela La Bestia capitula, ante la negativa del gobierno democrático terrestre a emprender una costosa campaña armamentística en previsión de un posible ataque de alguno de los seculares enemigos de la humanidad. Convertido en dictador Miguel Ángel Aznar someterá a la Tierra a su autoridad omnímoda, imponiéndole durante más de veinte años un frenético rearme a costa de sacrificios de todo tipo para la totalidad de la población del planeta.

Que finalmente aparezcan los thorbods dispuestos a buscar la revancha de sus pasadas derrotas, y que tan sólo gracias a la previsión de Miguel Ángel Aznar se consiga conjurar el peligro, no puede ocultar que éste actuara despóticamente aplicando la conocida y discutible máxima de que el fin justifica los medios. Y aunque en cuestión de quitar de en medio a una democracia incómoda tanto el comunismo como los diferentes fascismos siempre se han solido mostrar diligentes, en el caso concreto de España todavía estaba bastante reciente -y vivito y coleando- el ejemplo del libertador que había salvado al país de todos los peligros exteriores e interiores, el cual, evidentemente, de comunista tenía más bien poco... y en realidad tampoco de falangista, aunque eso procuraba disimularlo.

En cualquier caso, vuelvo a insistir una vez más, no quisiera que nadie pensara que este artículo es una crítica ideológica ni hacia Pascual Enguídanos -cuya obra admiro- ni tan siquiera hacia la propia Saga, tan condicionada por la asfixiante censura franquista que resultaría de todo punto injusto juzgarla con nuestros criterios -y nuestra libertad de opinión- actuales, casi sesenta años después de que ésta comenzara a ser publicada.

Conviene no olvidar tampoco que cuando Enguídanos abordó su reedición veinte años más tarde, y pese a que Franco no había fallecido aún, dentro de la profunda revisión a la que la sometió, que en ocasiones alcanzó a ser una reescritura completa, siempre procuró limar cuanto pudo todas estas aristas ideológicas, lo que indica bien a las claras que, al menos entonces, no eran en absoluto de su agrado. Posteriormente procedería a escribir un buen puñado de episodios -casi tantos como los de la edición original- en los que sí se le puede considerar ya responsable de las ideas vertidas en ellos, que ya no son en modo alguno falangistas. Pero aun cuando un estudio de esta segunda parte resulte ser tan interesante como el de la primera, será preferible dejarlo para otro artículo por separado, dado que ni España, ni posiblemente tampoco el propio Enguídanos, eran ya los mismos.


Publicado el 13-3-2013