El hallazgo en la calle de Diego de Torres de una
tumba perteneciente a la desaparecida parroquia de Santiago ha puesto en
candelero una parte de la historia de nuestra ciudad que sin duda será
desconocida para buena parte de los alcalaínos, una historia triste como
lo son todas aquéllas que recogen la pérdida de una parte de
nuestro patrimonio. Porque, si bien se ha echado la culpa a guerras y a
desamortizaciones de la desaparición de edificios y de obras de arte en
nuestra ciudad, no menos dañina ha sido una desidia que en fechas bien
recientes se llevó por delante, sin que mediaran circunstancias
excepcionales, edificios tales como el antiguo palacio de la calle de Santa
Úrsula (donde hoy está el bingo), la mayor parte del colegio de
Irlandeses, media iglesia del Carmen Calzado o la propia parroquia de Santiago,
junto con buena parte del yacimiento romano de Compluto que se sabe fue
arrasado por las excavadoras antes de que se pudiera enterar alguien... Y eso
sin hablar de actuaciones que se llevaron por delante bien edificios o
construcciones dañados pero perfectamente recuperables (antigua
parroquia de Santa María, palacio arzobispal, puente Zulema medieval)
bien elementos arquitectónicos interesantes en restauraciones
-por llamarlas algo- tan discutibles como las de los colegios de San Pedro y
San Pablo o de Jesuitas.
Pero sin duda, si hubo un edificio en Alcalá al
que pueda considerarse paradigma de tan gratuitas destrucciones, éste no
es otro que el de la antigua parroquia de Santiago, una iglesia que realmente
tuvo gafe a lo largo de su secular historia. No es mi intención hacer
aquí un estudio histórico de la misma ya que otras personas han
tratado recientemente, y bastante bien por cierto, este tema; así pues,
si tienen interés en él les remito a los artículos
publicados en este semanario por Luis Miguel de Diego (18-3-1995) y José
García Saldaña (18-7-1995, 22-7-1995 y 29-7-1995), así
como a los libros Alcalá de Henares, arquitectura de su siglo de
oro, de José María Málaga y Manuel Laredo, un
artista romántico en Alcalá de Henares, de Josué Llull
Peñalba. Les recomiendo encarecidamente estos trabajos ya que todos
ellos nos ayudan a formarnos una cabal idea sobre una parroquia que siempre
estuvo sumida en una mediocre existencia.

La parroquia de Santiago (al fondo, a la derecha) vista desde la
torre de las Agustinas.
Se puede apreciar el frontón y el
campanario.
¿Por qué razón? Bien, cuando
Alcalá abandonó la Edad Media contaba sólo con dos
parroquias, la de San Justo y la de Santa María, y al iniciarse el
Renacimiento probablemente no necesitaba más ya que en aquella
época existían en la ciudad numerosas iglesias propiedad tanto de
los conventos como de los colegios universitarios. La parroquia de Santiago fue
creada en 1501 por el cardenal Cisneros movido no por las necesidades
demográficas de Alcalá, sino probablemente por un intento de
cristianizar un barrio que hasta entonces había estado ocupado por la
población musulmana de Alcalá. De hecho Cisneros no sólo
aprovechó el edificio de la antigua mezquita sino que además, de
entre todo el santoral, eligió como titular de la parroquia precisamente
al apóstol Santiago y no en su advocación de peregrino, sino en
la de Matamoros, lo cual no puede ser atribuido a la casualidad.
Si a esto añadimos que Cisneros pobló el
barrio, haciéndolos parroquianos de la recién fundada iglesia,
con moriscos granadinos recién convertidos al cristianismo, es
fácil deducir que los alcalaínos de entonces, muy celosos como
cabía esperar de su condición de cristianos viejos, quizá
miraron con recelo a la nueva parroquia evitando en lo posible su
vinculación con la misma.
Fuera por esta razón, o fuera por que las dos
parroquias antiguas se resistieron a ceder parte de su territorio, que era lo
mismo que decir de sus rentas, lo cierto es que ya desde su fundación la
nueva parroquia de Santiago arrastraría una existencia gris y segundona;
tanto es así, que el mismo año de su fundación hubo que
agregarla a la parroquia de Los Hueros para que pudiera disfrutar de unas
rentas que permitieran su existencia. De la poca importancia que en
Alcalá tuvo esta parroquia da fe un censo de 1768, recogido por Luis
Miguel de Diego en su artículo, según el cual en esa fecha la
parroquia de Santiago contaba tan sólo con catorce parroquianos,
cantidad ridícula si se tiene en cuenta que la población estable
de Alcalá era entonces de varios miles de personas.
En aquella época la parroquia no se asentaba ya
sobre el vetusto edificio de la antigua mezquita, arruinado por las
inundaciones a finales del siglo XVI, sino sobre una sencilla iglesia de nueva
planta construida en estilo barroco la cual no descollaba en absoluto en una
ciudad en la que multitud de iglesias de conventos o de colegios le aventajaban
en valía artística. Y continuaba siendo pobre, como lo demuestra
el hecho de que estando privada de retablo en el altar mayor, desaparecido al
parecer durante la invasión francesa, éste se sustituyó a
finales del siglo XIX por un retablo fingido pintado por Manuel Laredo.
Josué Llull nos da varios datos interesantes sobre los momentos finales
de esta iglesia: Privada del rango parroquial en 1808, en 1891 fue agregada
como filial a la parroquia de Santa María, siendo clausurada
definitivamente en 1935 tras una etapa en la que ya estaba prácticamente
abandonada de hecho. Volviendo a José García Saldaña,
leemos que la iglesia fue violada en 1936 perdiéndose la práctica
totalidad de los objetos que aún conservaba en su interior y, aunque el
edificio no sufrió daños, una vez terminada la guerra civil se
acrecentó su abandono siendo utilizado para fines tales como
almacén de trigo o depósito de las carrozas de ferias.
También José García Saldaña nos aporta el dato de
que hacia 1950 el sacerdote don Rafael Sanz de Diego intentó evitar el
abandono de la antigua iglesia proponiendo que fuera convertida en parroquia
castrense, iniciativa que a pesar de ser bien acogida por el Ejército no
fue llevada finalmente a cabo.

Portada de la parroquia de Santiago poco antes
de ser derribada.
Fotografía de Baldomero
Perdigón.
Decididamente la parroquia de Santiago no tenía
suerte, y así llegó el año 1965 en el cual un hundimiento
parcial de la torre llamó la atención sobre el precario estado de
conservación del edificio. A pesar que desde entonces sólo han
pasado treinta y un años, ni en Alcalá ni en prácticamente
ningún otro lugar de España existía la
concienciación que hay actualmente sobre la conservación del
patrimonio. Alcalá empezaba por entonces a crecer desmesuradamente, sus
problemas eran muchos y el interés de las entidades de la ciudad por la
conservación de una antigua iglesia ruinosa era muy pequeño, por
no decir nulo... En concreto, la prioridad de la Iglesia era la creación
de nuevas parroquias en los barrios (de esa época datan las del Santo
Ángel, San Isidro, San Diego y la nueva de Santiago), mientras el
ayuntamiento estaba interesado en ensanchar la estrecha calle de Diego de
Torres a costa de una parte del solar de la iglesia...
En resumen, la parroquia de Santiago quedó
sentenciada derribándose no la parte ruinosa, sino la totalidad del
edificio. El ayuntamiento recibió su parte de solar, que utilizó
para ensanchar la calle, entregando a cambio al arzobispado un solar en las
antiguas Eras del Muelle sobre el cual se construyó la actual parroquia
homónima, que hasta entonces había estado ubicada
provisionalmente en la iglesia del convento de las Adoratrices. Y por supuesto,
salvo alguna acción aislada tan loable como infructuosa,
prácticamente nadie en Alcalá se preocupó lo más
mínimo por intentar evitar esta dentellada que se asestó a
nuestro patrimonio.
Pero no acabaron aquí las cosas. Perdido
irremisiblemente el edificio, al menos quedaba su solar como más que
interesante yacimiento arqueológico; pero vendido éste a una
empresa constructora, sobre él se edificaría el actual edificio
allá por los primeros años setenta sin que nadie sepa qué
se encontró allí al excavar el sótano y los cimientos;
porque huelga decir que no sólo no se hizo la menor prospección
arqueológica sino que de aparecer algo, que seguro que apareció,
acabó en algún vertedero anónimo sin que se supiera nada
de ello.
Triste final para una parroquia que, sin tener una
gran historia y sin contar con un edificio excepcional, hubiera merecido no
obstante un mejor trato y, por supuesto, la conservación y
restauración de su templo. Desaparecida sin dejar más rastro que
una columna de la antigua lonja, incrustada en el edificio vecino y por ello
salvada del derribo, la también físicamente extinta parroquia de
Santiago continuó dándonos sorpresas, y no siempre agradables. A
principios de los años ochenta, creo recordar que concretamente en las
navidades de 1981, la Telefónica procedió a excavar una zanja en
la acera de la calle de Diego de Torres, justo al lado de donde ahora ha
aparecido la tumba. Puesto que la calle había sido ensanchada bastante
la acera discurría por encima de lo que había sido solar de la
parroquia, pero al haber sido incorporada a la calle no había sido
tocada cuando se construyó el edificio. Como era de esperar allí
aparecieron numerosos enterramientos, y como cabía temer no se hizo el
menor estudio arqueológico perdiéndose de nuevo parte de lo poco
que nos quedaba de la parroquia.
Y así llegamos a lo que ya todos ustedes
conocen. Gas Natural abre una zanja paralela a la anterior de la
Telefónica, esta vez sobre la calzada, y aparecen primero restos de la
cimentación de la parroquia y un par de días después
diversos enterramientos incluyendo la espectacular lápida de piedra.
Como el gato escaldado huye del agua fría y yo vivo a escasos metros del
lugar, al igual que lo hicieron otros ciudadanos corrí a advertir al
concejal de cultura de la posibilidad de que allí hubiera restos
arqueológicos de interés; afortunadamente los tiempos han
cambiado y Gas Natural sí realizó las prospecciones
arqueológicas pertinentes, lo que nos ha permitido salvar los que
probablemente son los últimos vestigios de la parroquia de Santiago
excepto quizá la cimentación del muro lateral, que debe de estar
frontero a los enterramientos y cubierto por el asfalto.
Magra cosecha es, ciertamente, lo conservado de una
iglesia que jamás debió derribarse y cuyo solar tendría
que haber sido excavado al menos antes de construir el edificio y las zanjas;
pero si no pudimos salvarla, al menos debería servir de ejemplo para que
hechos tan lamentables como su pérdida no se vuelvan a repetir y para
que las nuevas restauraciones, o reconstrucciones, sean respetuosas con el
aspecto original del edificio, evitándose que caigan en manos de ciertos
arquitectos presuntamente restauradores pero que en realidad pueden
llegar a ser más peligrosos y dañinos que las guerras, las
revoluciones o el abandono secular. Por fortuna en estos últimos
años intervenciones tales como las de las iglesias de Basilios, Carmen
Calzado y Caracciolos, o la más reciente reconstrucción de la
cúpula de las Juanas, han seguido el camino correcto; esperemos que este
espíritu continúe en un futuro.
Publicado el 20-7-1996, en el nº 1.487 de Puerta de
Madrid
Actualizado el 30-10-2006